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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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Cincuenta años de soledad

Revista Tópicos de Maravén, 1989

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Nuestra historia comienza antes de 1939, con el final de «nuestro Siglo XIX», que, por convención de nuestros historiadores, se ha fijado en 1935. Ese año muere Juan Vicente Gómez y al año siguiente tiene lugar no sólo el primer 23 de Enero del Siglo, sino la inauguración de Venezuela hacia la perspectiva del mundo, ante el mundo como escenario del cual ella también formaba parte sin saberlo.

Venezuela cae en cuenta entonces de que hubo una Revolución Rusa y otra Surrealista y antes Dada y anarquismo y nazi-fascismo y hasta revolución industrial, de la cual nosotros apenas conocíamos, con timidez, las primeras instalaciones petroleras y el vuelo extraviado de Lindbergh a estas costas. Las ciudades no tenían cloacas y su vida discurría entre recuas y chismes de parroquia, sin Aseo Urbano ni Radio Nacional. Nuestro principal acceso al cosmopolitismo vestimentario era un personaje misterioso y legendario llamado el Duque de Rocanegras, que se paseaba por la Plaza Bolívar ataviado de modo que combinara con los colores que el Ávila tenía esa tarde.

En 1936 surge, pues, el primer reventón de nuestro siglo XX, cuando ponernos al día se vuelve una tarea urgente y atormentada, con Rómulo Betancourt y Raúl Leoni declarados comunistas por el Gobierno de López Contreras, con una radiofonía y un cinematógrafo que ululaba El manisero y Arrabal amargo, o el merengue del «Packard y el Super Seis subiendo la cuesta de Guayas», anunciando que en la vida había mucho más que casabe con papelón y caudillos de pelo en pecho. El país estaba impaciente de ingresar al mundo de la industria y las revoluciones modernas, no más gamonales alzados: los nuevos dirigentes estudiantiles dividían sus admiraciones entre los Bolcheviques y los Falangistas de Francisco Franco.

Pero, con todo, nuestro pasado continuaba tirando hacia atrás, hacia las viejas tradiciones, hacia nuestra particular Edad Media, la Colonia y sus privilegios, la traición de Coche, cuando los liberales se confundieron para siempre con los conservadores, que todo el mundo creyó que habían derrotado. El asalto al siglo XX no solo estuvo entorpecido por un gobierno heredado del gomecismo, sino por un país entero heredado de formas simbólicas que se hunden en tiempos inmemoriales y que reclaman su puesto en nuestra vida cotidiana.

En ese pasado, por ejemplo, los rituales y los mitos, es decir, los signos, la cultura, estaban casi exclusiva y universalmente copados por la Iglesia, como centro administrador y de control de todo el orden simbólico, bien especificable dentro de lo que Alfredo Chacón (1976) ha llamado el ‘Campo Cultural Ilustrado’. La vida social estaba ritmada por el ciclo anual de fiestas religiosas, que cohesionaban todo el aparato de representación-organización de los individuos en tanto que interpelados (Althusser 1976:110) en su condición de miembros de un linaje, una clase, un sexo, un oficio, etc. Lo cual determinaba las coordenadas de la identificación personal (el ego) en términos cualitativos.

El presente, por su parte, está condicionado por el ‘Campo Industrial-Comercial’ (Chacón), particularmente a través de los medios de comunicación de masas, los regímenes de apuestas (hipódromo, lotería, etc.), el deporte-espectáculo, el bar y el centro comercial. La vida de cada individuo está regida por los ciclos anuales de festividades, algunas de orden religioso secularizado: Navidad, Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares, Día de los Enamorados, Día de la Madre, Día del Padre, etc., así como los momentos de transición de la vida: el matrimonio (listas de bodas), el nacimiento (la canastilla), etc. En ellos la tradición preindustrial subyace en la forma de justificador primigenio, pero condicionado a las necesidades específicas del proceso industrial-comercial. En ellos la individualidad es estadística, no personal, es decir, carece de dimensión cualitativa: las coordenadas no se cruzan para organizar cualitativamente sino cuantitativamente: soy interpelado como miembro de la multitud, sea que juegue al 5 y 6 ó que vea una telenovela o que vaya a un centro comercial. Ser madre el Día de la Madre no es una vinculación parental, sino un principio de clasificación en medio de una multitud de madres definidas, en su economía mínima, como personas a quienes se regalan cosas que habitualmente confirman su papel, también definido estadísticamente: lavadoras, equipos de cocina.

Todo esto produce un proceso de descohesión, de disgregación afectiva, de atomización de la estética en su raíz etimológica misma (del griego aisthenomai ‘sentir’). Dispersión del sentir que, ante la ausencia de dispositivos afectivos que aseguren la solidaridad social, desemboca en la ausencia de formas no policiales de cohesión y coerción, una suerte de proclamación de un nuevo Hombre Nuevo: el atracador.

Referencias

Louis Althusser, Idéologie et appareils idéologiques d'État, en Positions, París, Éditions Sociales, 1976.

A. Chacón, Ensayos de crítica cultural, Caracas, GAN, 1983.


Otras obras y artículos del mismo autor
Email: roberto@analitica.com

Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.

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