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Sección: Bitblioteca
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Inmigrantes desechables Caracas, sábado 13 de mayo de 2006 Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)
Los sueños del capitalismo engendran monstruos. Por ejemplo, manos y brazos que trabajan sin cuerpo y sin alma. Ocurre con los inmigrantes: exhortados a desplazarse cuando su esfuerzo hace falta, expulsados cuando ya no. Y algo más perverso, que actualmente se discute tanto en Francia como en los Estados Unidos: una mayor precarización. Una parte de los inmigrantes es declarada ilegal mediante mil subterfugios y entonces se la condena al «trabajo negro», es decir, como la autoridad no permite contratar al inmigrante «ilegal», el patrono lo reduce al mínimo indispensable, con remuneraciones paupérrimas y trato infame. La excusa es la ley, pero en esto la ley es como aquella que denunciaba Anatole France: «La ley es igual para todos: prohíbe a ricos y pobres dormir bajo los puentes». También se prolonga la condición de inmigrado a infinitas generaciones. En Francia, por ejemplo, si eres bisnieto de inmigrante, eres inmigrante, así hayas nacido en Francia y poseas un pasaporte que acredita tu nacionalidad francesa. Como decía Roland Barthes: «Si ocupas el lugar de H, eres H. No importa que digas que eres otra cosa, la estructura dice que eres H. La estructura es como una burocracia, nadie puede litigar contra la estructura» (Fragments dun discours amoureux). Fueron esos descendientes los que protagonizaron la violencia suburbana en Francia el año pasado. Pero no es así. Un inmigrante, lo hemos visto en Venezuela, es una persona que trae un equipaje que no es evidente a primera ojeada: una cultura, es decir, afectos, emociones, recuerdos, tradiciones, maneras de cocinar, modos de accionar las manos, lengua, saberes, sabores, sonidos, una riqueza inestimable, en fin, que fertiliza la vida en el país de destino. Ese inmigrante, a su vez, fecunda su vida con la riqueza del país a donde acude. Son modos que tiene la humanidad de conversar consigo misma, de contarse las versiones de sus aventuras y experiencias en distintos parajes. Todos somos inmigrantes, salvo los habitantes de Kenia, donde apareció la especie humana. Cuando solo interesa la plusvalía que sus manos construyen, se mutila a ese ser y se lo condena a existir solo como una cosa invisible que trabaja. ¿Has considerado la humanidad del haitiano que te vende un helado? ¿Sabías que hay heladeros haitianos?
Artículos de política del autor
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