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Sección: Bitblioteca
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Imágenes Letras, jueves 10 de diciembre de 1998 Roberto con su hija Hannah en los jardines del Me pregunto si aparte del venezolano hay otro gobierno que sostenga una revista de alta calidad gráfica y de espléndido contenido, que incluya discos de guarachas y boleros, ilustrados y analizados por ensayos tan informativos como despejados. Esa revista existe en Venezuela, se llama Imagen y está a la orden, a la mitad de lo que cuesta un disco cualquiera, y con el añadido de textos entusiasmados e impecables como los de Juan Carlos Báez, Carmen Elena Balbás, José Balza, Salvador Garmendia, Luis Barrera Linares, Mónica Montañés, Alberto Naranjo, Federico Pacanins, Lil Rodríguez, Tania Ruiz y Milagros Socorro. Las instituciones del estado publican libros de lujo gráfico y conceptual que luego regalan. En Venezuela los libros más caros se regalan. Por otro lado el estado mantiene, por ejemplo, dos editoriales de importancia estratégica en la cultura latinoamericana: la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila. La primera publica los textos fundamentales de la literatura y el pensamiento latinoamericanos y Monte Ávila textos claves de la cultura venezolana y mundial. Para no hablar de las editoriales universitarias, cuyo único defecto es su carácter semiclandestino, gracias a una distribución que no es tal. Confundimos publicar con imprimir. Publicar es entregar al público, me dijo una vez Pero Grullo. Y para no hablar tampoco de las editoriales privadas porque es otro cuento. ¿A qué se debe este fenómeno? Tal vez las causas sean las mismas que explican la existencia de instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional, el Museo de los Niños. No todo es tribu judicial en Venezuela. Por un lado está una doctrina difusa y jamás formulada explícitamente: la glorificación de la cultura como producto sublime, sobrenatural, respetable como Dios: por encima de todas las cosas. Y por el otro la paradoja: cultura es también producto popular que incluye telenovelas, juegos de chapita y techos de cartón. A pesar de gobiernos ladinos que han reducido el presupuesto cultural para financiar sus trapacerías, este fenómeno embrollado, entre sublime y vulgar, que hemos convenido en llamar cultura, se mantiene a flote con productos como el que indicamos al comienzo. Hay en Venezuela unos intelectuales tan exquisitos, tan sublimes, que raras veces escriben, pintan o componen. Algunos se enorgullecen de no hacerlo jamás. Pero se mantienen en una elevación social solo comparable a la del héroe del "Diente Roto" de Pedro Emilio Coll. A veces los ayudan los apellidos. Y hay, junto con ellos, otros intelectuales a quienes, como a Terencio, nada humano es extraño. Los primeros no tienen ninguna incidencia social salvo los chicos de vida extraviada por el Área III de la Escuela de Letras de la UCV, o la sonrisita paralizante de algunos de sus mandarines, que han hecho de la catatonia un manifiesto estético. Pero a ellos, con su exitosa proclamación de la cultura como zona intangible, debemos que los segundos puedan producir sus maravillas. Debemos ser agradecidos.
Otras obras y artículos Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.
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