//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
La gramática imaginaria Caracas, 9 de julio de 2001
Ver también Hedonismo cotidiano
No he querido apoyarme en autoridades, porque para mí la sola irrecusable autoridad en lo tocante a una lengua es la lengua misma.
en Venezuela se habla una variedad dignísima del castellano. Gramática: complicado instrumento que te enseña la lengua pero te impide hablar. Introducción ¿Se dice alineo o alíneo? ¿Adecuo o adecúo? ¿Paradisiaco o paradisíaco? ¿Un taller es automotor o automotriz? ¿Estamos sometidos a la ley de la gravedad o a la Ley de la Gravedad? ¿Una cosa es accequible, accesible o asequible? ¿Se dice «ya se supiera» o «ya se sabría»? ¿«Le vi» o «la vi»? ¿«Creo que es así» o «creo de que es así»? La censura de las opciones consideradas «incorrectas» ha sido siempre un modo y medio de vida, sancionado en un cuerpo de doctrina por la Real Academia Española. Tratándose de algo cambiante, heterogéneo, inestable e inconsistente como la lengua, ese cuerpo gramatical ha resultado igual e inevitablemente cambiante, heterogéneo, inestable e inconsistente. Las opciones no autorizadas han sido generalmente estigmatizadas por atribuirse al sector compuesto por «personas incultas», «rústicas», del «bajo pueblo», etc., es decir, aquellas que se encuentran al extremo opuesto de los aparatos del Estado. Las autoridades adoptan invariable y acríticamente las preferencias de la Real Academia, que no son más que la entronización de cierto dialecto artificial del castellano, guiso recocido y recosido con distintos dialectos de España, con epicentro en Madrid y algunas indulgentes concesiones ultramarinas. Es un entrevero político en que un minúsculo sector se propone imponer a sus congéneres un dialecto que estos no pueden o no desean seguir o simplemente ni están enterados siquiera de que deben hacerlo, entre otras razones porque o ignoran su existencia o saben de ella desde muy lejos o simplemente no sienten que les incumba. El minúsculo sector procede entonces a estigmatizar al vasto. El liliputiense dialecto surge de las normas de la lengua escrita, generalmente vinculada con la administración y la educación, es decir, el poder, por lo que, para quienes no lo profesan, resulta agobiante, tedioso y despótico. Es propiamente un engorro kafkiano: nos obliga a hablar de un modo ajeno y si, como es de esperarse, nos equivocamos, entonces nos injuria. Afortunadamente la mayoría de la gente ni se entera de esa coacción. Y es así como evolucionan las lenguas. Es así como el latín vulgar, contra las admoniciones de los gramáticos latinos, se volvió lo que ahora llamamos español, francés e italiano, modulados en calles, tabernas, academias, mercados, nidos de amor, zaguanes, conventos, mancebías, plazas, trastiendas, talleres, hogares, trascorrales, estadios, cabarets, tribunales, cuarteles, circos, puertos, cárceles, abacerías. Lugares de la vida corriente, infame o sublime donde la gente decidora las más de las veces tiene quehaceres más inaplazables que acordarse de los puristas. Ciertamente el prestigio del «habla culta» tiene límites y no alcanza como para sacar de su trabajo a la gente para dedicar su vida a saber el uso correcto del gerundio y evitar el que galicado. Siempre hay gazapos agazapados esperándonos. Los cometen incluso los puristas porque no son un gremio uniformado y siempre hay un error esperándote donde menos lo esperas, por más que te creas Dios. Por eso no le enmiendo el hablar a nadie, porque si los puristas cometen gazapos, ¿qué quedará para los que andan distraídos en las cosas verdaderamente importantes de la vida? Es un entrevero político que parte del principio de Nebrija de que «la lengua es compañera del imperio». Así decía Antonio de Nebrija a mediados de 1492, en víspera del viaje de Colón, a la Reina Isabel la Católica en el prólogo de su gramática: Cuando bien conmigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante los ojos el antiguedad de todas las cosas que para nuestra recordación i memoria quedaron escriptas, una cosa hallo i saco por conclusion muy cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio». Y: Cuando en Salamanca di la muestra de aquesta obra a Vuestra Real Majestad, i me pregunto que para que podia aprovechar, el mui reverendo padre Obispo de Avila me arrebato la respuesta, i respondiendo por mi dixo: que, despues que Vuestra Alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos barbaros i naciones de peregrinas lenguas, entonces por esta mi Arte podrian venir enel conocimiento della, como agora nos otros deprendemos el arte dela gramatica latina para deprender el latin. Son poquísimas las lenguas imperiales: aimara, árabe, chino, español, francés, griego, hindi, inglés, latín, náhuatl, portugués, quechua, ruso... Ellas son un eje expresivo estratégico que se quiere inequívoco para que las leyes se expresen sin confusiones. Desarrollan, además, un dialecto riguroso, que se suele llamar «norma culta», «lengua de cultura» y otras denominaciones encubridoras de sus fines políticos, en que el término cultura, sus variantes y sinónimos son el eufemismo, es decir, el nombre estratégico del poder. Generalmente conminan a ese eje lingüístico imperativo y centralizado a una comunidad heteróclita, tumultuosa y poco disciplinada, a la que se quiere contener entre corondeles. No siempre fue inútil este esfuerzo, que a veces se hizo con genio, como lo cumplió Andrés Bello. Uno de esos procesos se dio precisamente en América, donde, como consecuencia, se usa en todas partes un hilo verbal sorprendentemente uniforme, con variantes regionales comprensibles y enriquecedoras. No es malo, pues instaurar una lingua franca, válida para todos los hablantes de una lengua, pero sí es malísimo estigmatizar toda otra variante de esa lengua. Los custodios del proceso denuncian es su oficio, con encarnizado escándalo el desgarrón permanente de ese hilo. Así, la lengua española está en permanente peligro de extinción desde su aparición. Decir diábetes, en lugar de diabetes, es un síntoma de que el español en Venezuela se dirige a la ruina en solo una generación. Al mismo destino apocalíptico conducen la neutralización l/r, la personalización del verbo haber, decir puesía en vez de poesía, yerna en vez de nuera. Y no hablemos del policía que dice que declaró a un reo, para significar que le tomó una declaración. Decir permisología en lugar de permisería es una catástrofe que confirma la Decadencia de Occidente. Vamos, como se ve, derecho al epitafio. Un joven de la Plaza de Catia en Caracas dice jeva en lugar de muchacha, señorita, joven o, mejor, doncella, doncellidueña, zagala, damisela o moza, y, encima, llega a declarar que «en esa casa tengo a una jeva inquieta», en lugar de exponer anestésicamente, cual académico: «En esa casa hay una púber que hace aspavientos palmarios de corresponder a mis protestas de amor». Como se ve, vamos recto al Descalabro Final, luego del cual solo vienen inexorables la tiniebla enceguecedora, el caos primigenio, el guayuco inverecundo, la caverna inhóspita y el grito pelado. ¿Por qué es tan malo decir haiga en lugar de haya y no lo es decir traiga en vez de traya, o trayo, como dicen que decía Don Quijote?: «Todo es menester, para el oficio que trayo» (I:XXV). Tal aparece en algunas ediciones, no así en la príncipe y otras que le son fieles, en donde dice: «Todo es menester, para el oficio que traygo». La edición príncipe escribe traygo y es posible que de ahí venga la confusión que hace que algunas editoriales pongan trayo. Lo importante no es que Cervantes atribuyera o no haber dicho trayo al de la Triste Figura, sino que este uso ha sido admitido por numerosas editoriales, con sus respectivos tipógrafos, y pasado por alto por otros tantos correctores de pruebas e incontables lectores. Trayo es, pues, de uso factible. Algunos niños, que no han estabilizado aún las agrestes reglas de conjugación de los verbos irregulares, suelen decir trayo, igual que dicen pusió o ponió por puso o pusiería por pondría. Pasamos años estudiando que las lenguas no necesitan academias, que durante cientos de miles de años la gente habló sin libros de gramática ni ortografía que no había alfabeto, que las lenguas evolucionan y el latín vulgar se volvió catalán, provenzal y rumano, que igual pasó al protoindoeurpeo, y entonces nos alarmamos porque sigue pasando eso precisamente. Montamos una gramática hipotética, imaginaria más bien, a partir de un estado de lengua dado en un lugar y un tiempo controlados y pretendemos luego que debe ser inamovible. Es más, insultamos con los peores improperios a todo el que ose quebrantarlo. Improperios que dudaríamos en asestar a los peores criminales. La gramática es la peor de las intolerancias. En estos trabajos prescindiré, como se ve, de toda valoración preceptiva, esto es, política. No me ocuparé de cuántas divisiones y fusiles tienen los sectores que usan una u otra forma, o de si son «incultos» o literati, calificaciones que, amén de ajenas a la lingüística y a toda ciencia, son arbitrarias y no tienen validez epistemológica. Como humanos que somos, siempre nos es grato y ventajoso privilegiar abusivamente como culto al que profesa nuestra cultura, es decir, nuestro zócalo simbólico, nuestra «infratextura generativa» (Morin, 1962:264). Se suele llamar Cultura con C mayúscula el código del poder. En realidad es parte del código del poder, que es la legitimidad. Entre los recursos de la legitimidad está la cultura ilustrada, la que habitualmente se denomina Cultura, con C mayúscula. Esa Cultura es la porción sacralizada del orden simbólico general. Y, en tanto que sacralizada, es intocable, intachable e inmarcesible, que es como se considera al lenguaje llamado «culto», limpio, fijo y esplendoroso. El poder es una dimensión de lo humano que conozco demasiado bien como para permitirme desatender cuánto perturba toda heurística. Mi comisión en la vida no consiste en la adjudicación de privilegios simbólicos. Más bien si de algo llega a valer mi vida es por haberla dedicado al derrumbamiento de privilegios simbólicos o menos simbólicos. Por ello someteré a estudio la dimensión lingüística del poder a propósito de la elección del pronombre de segunda persona (tú/usted). Pero como objeto, no como sujeto epistemológico. No para ejercer el poder, sino para estudiarlo como parte del fenómeno humano. Todos hemos incurrido en esta perversa ingenuidad policial de pesquisar usos que están en lo que una vez se llamó «el genio de la lengua». No es extraña esta conducta, pues para ella fuimos formados los que hemos estudiado la palabra: para ser garantes del primado del uso oficial y excluyente del lenguaje. En vez de estudiarla para custodiarla, la lingüística nos ha enseñado a librarnos de esta onerosa comisión, pero los viejos hábitos son pertinaces y más de una vez, bajo cualquier pretexto, nos pillamos ejerciendo el antipático oficio de enmendar el hablar ajeno estudiando y custodiando. Esta actitud preceptista es un obstáculo epistemológico estratégico para la constitución de una ciencia lingüística. Es algo difícil de decidir, ciertamente, porque el mantenimiento de la koiné o lengua común exige una disciplina que, como tantas disciplinas, tiende a pervertirse, es decir, a desnaturalizarse y a instrumentar a la lingüística como amanuense del poder. Esa koiné, buena para los usos académicos e internacionales, no tiene por qué serlo para todo y ciertamente no lo es para la expresividad privada, callejera o afectiva, esto es, no ligada con los compromisos administrativos del poder. Tiene la función de mantener la comunicabilidad internacional. Nada menos, pero no nada más. ¿Podrá por ese camino y a largo plazo volverse la «culta» una lengua muerta, tal vez litúrgica, como pasó con el latín? Responderé a esto como respondió John Maynard Keynes: «A largo plazo todos estaremos muertos». Todo esto se agrava cuando los usos estigmatizados forman parte del sistema de la lengua y son a veces clásicos, como el campesino de cualquier rincón de América, que dice truje en lugar de traje o ansina en lugar de así, como se decía siglos atrás. Se vitupera como incorrecto lo que forma parte del sistema de la lengua. Ante puristas tales, me quedo con estudiosos inteligentes del lenguaje como Ángel Rosenblat, cuando decía: ¿Qué es entonces lo bueno en materia de lengua? Lo que ha triunfado. La historia de la lengua es un poco desmoralizadora, como en general la historia (1960:I, 108). Toda palabra, cualquiera sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico o humano. Como el médico, el filólogo procede sin gazmoñería, con absoluta austeridad e inocencia (1960:I, 11). A veces me acosa la idea de que la lingüística embrutece. Autores como Bello, Chomsky y Rosenblat me mitigan ese temor. Mi adopción del dialecto académico estándar para escribir esta y otras cosas no quiere ser un compromiso valorativo con respecto a otros modos de decir ello explica mi desaprensión en el empleo de ese dialecto insociable, que siempre sustituyo por cualquier otro cuando la demasiado humana expresividad lo exige. Lo elegí porque no parece pertinente ni útil ni cortés adoptar otro en el medio en que este trabajo está destinado a circular, y porque es sumamente útil y recomendable como koiné o lingua franca internacional, pero no por una devoción discriminatoria ante otros dialectos, que también respeto. No todo es malo en el dialecto académico, por cierto. Históricamente ha servido de lanzadera de todos los demás. Es más: ese dialecto sería uno más, con una utilidad nada despreciable a la hora de hablar todos con todos, si no se distinguiera también porque se lo quiere imponer universal y exclusivamente mediante la violencia simbólica. Los que intentan esto son, de hecho, sus peores enemigos, porque junto a concitarle odio, lo congelan, es decir, paradójicamente lo matan para imponerlo como lengua viva. Los puristas casi siempre gente del gobierno, voto a Nebrija suelen autorizar como «correcta» una y solo una de estas opciones. Yo en cambio creo, aprendiendo de Edward Sapir, que «hay algo falso en su corrección» (whom did you see? is correct, but there is something false about its correctness (Sapir, 1921:VII). «Whom did you see? es correcto, pero hay algo falso en su corrección»). Es tan correcto o incorrecto, me parece, como cualquier otra variante dialectal. Es más: el concepto de corrección no tiene ninguna validez científica y por tanto lo dejamos en el camino como indicio de una violencia simbólica ajena a la ciencia lingüística. Estudiar la lengua a partir de las normas académicas es como estudiar la vida salvaje en un zoológico. Las lenguas deduzco de la teoría del drift (deriva) de Sapir (1921:VII) parecen desenvolverse en un desequilibrio permanente también llamable equilibrio inestable que jalona su diacronía. Los ejemplos históricos sobran; esbozaré uno bien notorio, solo a título ilustrativo, para mostrar mediante un ejemplo lo que es posible extraer de algunos datos consabidos: la reducción de las antiguas cuatro sibilantes a dos en la mayor parte de España y a una en toda América, Canarias y Andalucía, aproximadamente a partir del siglo XVI. Silbando en la oscuridadComo es sabido, los conquistadores que llegaron a América en 1492, la época de Nebrija, proferían cuatro sibilantes, que sonaban [s], [z], [ts], [ds], representadas por las grafías ss, s, ç y c-z, respectivamente. En parte de España las dos primeras se volvieron /s/ y las dos segundas /q/, representadas por las grafías s y c-z, respectivamente, pues la grafía ç dejó de emplearse al final de ese proceso, cuando ya no tuvo oficio ni beneficio, es decir, cuando desapareció la pronunciación que representaba. Sin simplificar demasiado, diremos que en América se redujeron a una sola: /s/, representada indistintamente por las letras s, c y z. Los lingüistas llamaron «seseo» este fenómeno. En Andalucía unos sesean como en América y en Canarias y otros cecean, es decir, pronuncian las antiguas cuatro sibilantes solo con la interdental sorda [q], que los demás españoles representan con las grafías z y c. También han elegido cecear muchos llaneros y nororientales venezolanos, lo que parece ser fenómeno reciente, tal vez no ligado históricamente al ceceo andaluz, pero sí un avatar más de la inestabilidad sibilante general de la lengua española. Constatamos sin que tengamos ninguna explicación para ello que algunas personas de distintos sectores sociales cecean a pesar de pertenecer a una comunidad seseante, sin que ello parezca atribuible a idiosincrasia fisiológica alguna. Cabe decir que el ceceo no perturba la compresión, es decir, no tiene valor fonológico estricto, pues aun los que distinguen s y z entienden lo que hablan tanto el ceceante como el seseante. Seseantes, ceceantes y distinguidores se entienden todos entre sí. Los hispanohablantes de aquellos tiempos conquistadores presentaban una vacilación bien documentada en el uso de estos cuatro fonemas, titubeo que se resolvió como dijimos. Y, sin embargo, parecen persistir algunas indisciplinas sibilantes: seseo/ceceo indecisos en Andalucía y algunos lugares de América y aspiración o eliminación de la s en final de sílaba en América. En algunas tierras altas del mal llamado Nuevo Mundo tiende a mantenerse una s bastante estable y académica en todas las posiciones; en otras tierras altas la s no se aspira al final sino al comienzo: yo se lo dije se suele pronunciar yo je lo dije; en las bajas, especialmente del Caribe, es frecuente la aspiración y hasta la elisión completa en posición final de este fonema arisco. ¿Quién es entonces más «culto»? ¿El purista que vitupera al que aspira o elide la s o el que aspira o elide la s y está situado en el proceso diacrónico de la lengua española? ¿El que se aprendió unas lecciones de memoria o el que está sumergido en el río profundo que el primero debiera conocer? ¿Por qué vituperar al hispanohablante por cumplir el proceso de elisión de s en posición final, que ya cumplió el francófono desde hace siglos? ¿Por qué no pensar que tal vez se trata de una deriva, un drift, como la que sugiere Sapir (1921:VII)? Estos fenómenos son el portal hacia los procesos de transformación diacrónica. Parece persistir una dialéctica que consiste en resolver desequilibrios con desenlaces que no pocas veces conducen a nuevos desequilibrios, y así sucesivamente. Por eso empleamos el lenguaje en estado de vértigo permanente, como Heráclito. La inestabilidad está en la naturaleza misma del lenguaje. Si no fuera así hablaríamos todos la misma lengua, sin variantes ni siquiera personales: la primera que habló homo sapiens cuando apareció. Espero en lo que sigue ilustrar esta dialéctica con un grado variable de detalle, según sea el estado en que se encuentren los conocimientos presentes sobre los diversos casos que registraremos. En algunos la lingüística ha hecho avances elocuentes; otros aguardan análisis más penetrantes. Muchos permanecen inabordables, como un desafío al conocimiento futuro. Seguramente estudiosos venideros lograrán desanudarlos, a medida que la lingüística desarrolle nuevos instrumentos teóricos y metodológicos. No me propongo ser exhaustivo ni resolver todos los casos; sólo ahondaré en aquellos que más conozco y que mejor ilustran esta tesis sobre el desequilibrio dialéctico y dialectal y la tensión entre la gramática real y la gramática imaginaria. Los expondré en función de esa tesis. Incertidumbre de principioCada incertidumbre en la elección de dos o más formas concurrentes, esto es, que se disputan un papel en la lengua (supiera/sabría, evacuo/evacúo), se debe a un elemento perturbador a veces invisible, planeta por descubrir que perturba la elipse de uno conocido. A menudo se trata, entre otros, de
En algunos casos no parece evidente el elemento perturbador, pero los visibles nos autorizan al menos a poner los poco visibles bajo observación hasta hallar el agente turbador, como el que Rosenblat llamaba «le expletivo» en sus clases de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, en el caso de frases como «yo no le temo a las ideas», cuando que lo «correcto» debiera ser «yo no les temo a las ideas», pues les representa ideas, que son plurales. ¿A qué se debe esta trasgresión en que prácticamente todo el mundo incurre? ¿Por qué cambiamos el pronombre les por el expletivo le? ¿Por qué no decimos «yo no temo a las ideas», sin expletivo, que sería más simple? Pero, como ha demostrado Chomsky, el lenguaje no siempre escoge las soluciones más simples. Por alguna razón reina allí ese le invariable para singular y plural que, de paso, solo parecen percibir los gramáticos más acuciosos y quienes, a poco que se descuiden, lo usan como cualquier parroquiano. En Caracas...Para evitar una metástasis expositiva que pondría tal vez estas páginas al borde de lo inteligible, y porque no creo que una sola persona normal así me creo sea competente para el análisis de todos los dialectos del español, he restringido mi campo de incumbencia principalmente a las hablas de Caracas. Estudiar todos los casos es teóricamente imposible, pues estos aparecen y desaparecen dinámicamente todo el tiempo, generalmente sin avisar. La elección de Caracas, la ciudad donde vivo desde mis diez años de edad y cerca de la cual nací (Valencia, Venezuela), es arbitraria desde el punto de vista puramente epistemológico, pero no así en cuanto a la disponibilidad de materiales, a los conocimientos de los estudiosos que tengo cerca y a los míos propios. Queda por establecer el grado de homogeneidad de eso que estamos llamando «hablas de Caracas». Se trata de una ciudad aluvional, como todas las Babilonias contemporáneas. Allí confluyen hablares procedentes del mundo entero, para no limitarnos solo al mundo hispanohablante. Es condición que viene a añadirse a todos los sociolectos y demás variantes propias de cualquier ciudad. Digamos que los usos que intento tratar aquí no son siempre exclusivos de Caracas pero en todo caso se dan en al menos una de las distintas hablas de esta ciudad. No limito mi fuente a la lengua hablada, pues creo que el lenguaje es un fenómeno complejo que incluye también las variantes escritas. De otro modo, además, no podría tratar fenómenos como la ortografía. Espero, sin embargo, que este testimonio caraqueño prodigue alguna luz sobre el castellano que se habla bajo otros soles, a que aludiré cuando parezca pertinente. He intentado recoger todos los casos caraqueños de vacilación, pero, como ya dije, estoy consciente de que, tratándose por antonomasia de fenómenos muy lábiles, más de un lector echará de menos casos que le constan y que se me ocultaron. Él tiene obviamente una experiencia distinta de los hablares que resonaron en mi aire inmediato. He intentado observar más allá de la experiencia del oyente espontáneo, ingenuo; he intentado estar alerta, he vadeado recopilaciones, he consultado a los estudiosos, pero el lenguaje cambia todos los días y los míos son contados, como los de todo el mundo. Dadas estas excusas, invoco la indulgencia del lector acucioso. Sus observaciones y correcciones, sin embargo, me serán de gran provecho y, obviamente, las agradezco de antemano. Pueden enviármelas a roberto@analitica.com. Crestomatía (solo para este prólogo)Edgar Morin. 1962. LEsprit du temps, París: Grasset. Ángel Rosenblat. 1960. Buenas y malas palabras, Caracas-Madrid: Edime. Sapir, Edward. 1921 Language, Nueva York: Harcourt, Brace & World. En español: México: Fondo de Cultura Económica. Índice
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |