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Ya no hay liceo que valga

Caracas, viernes 9 de mayo de 1986
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El debate sobre la cultura en Venezuela

RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...

¿Será que uno era superdotado o que tenía profesores como Áureo Yépez Castillo, que me enseñó casi todo lo que aún sé de historia universal? No sé. Pero sí que allá en el Liceo Luis Razetti un profesor como Yépez, copeyano y todo, hacía alardes de gracia para explicarnos los albores de la lucha de clases, entre patricios y plebeyos, desde «alea iacta est» hasta el «que coman tortas» de María Antonieta. Llegar más acá era peligroso, además, estábamos comenzando la década de los 60.

El liceo, por su parte, era coherente, una vieja casa presidencial, de campo (de Eleazar López Contreras, se decía), y un camino bucólico desde la avenida Morán hasta La Quebradita, sin contar un molino rumoroso, una vieja estación de trenes, una vieja casa en donde una dama burguesa, asomada al camino de los hortelanos portugueses, nos hablaba de la utopía suiza. Más allá era Artigas, el catalán Antonio Sanmartín de la Librería Sur en la avenida San Martín y Rosa Virginia Chacín cantándonos Cuando no sé de ti, entonces de moda, en una gala de fin de curso.

Uno no era superdotado, sino que así era la vida del liceo: con exposiciones y torneos de ajedrez Arturo Mullet. La única mancha la constituyó un director llamado Plinio que llamó a la policía, dicen, para que disparara sobre un liceo hasta entonces pacífico y desde entonces belicoso, hasta hoy, gracias al negro Castro y al catira Szinetar. De resto uno protagonizaba discusiones ateo-cristianas para demostrar la (in) existencia de Dios, en las clases de Filosofía. Y se leía Los documentos que hicieron historia, entonces recién editados por Ramón J. Velázquez, en una materia —aún, existe, creo—, que llamaban Historia de Venezuela Documental y Crítica.

Más tarde visité el liceo, un nuevo edificio, suerte de retén penal, albergaba profesores que no podían ya impartir una historia ni documental ni crítica, a juzgar por el resultado de una encuesta que recientemente hicimos en una escuela universitaria que no identificaré porque, para estos efectos, lo mismo da una que otra. Preguntábamos cosas de «cultura general», es decir, las que se aprenden para bachiller. Y contestaban los alumnos que da Vinchi (sic) es el autor de El nacimiento de Venus; Betolucci el de Ladrón de bicicletas; Cabrujas es director de cine y Chocrón de teatro. Y estos dos últimos son profesores de la escuela de que hablo. Pero nada debe extrañar si la autoría de Romeo y Julieta se la disputan Homero y «Chéspir».

Y uno les dice que sí, que está bien, que la culpa la tienen desde Emparan hasta la revolución educativa de Carlos Andrés Pérez. Pero ese no es problema ni de Vicente Emparan, ni de Rojas Paúl, ni de Juan Vicente Gómez. Ese es problema de ellos. Que demanden por estafa a sus maestros de castellano y literatura desde los tacos hasta el subjuntivo según Andrés Bello, o al Estado venezolano o al colegio privado correspondiente. Pero el problema sigue siendo de ellos. Que uno puede que sea neurótico porque no le regalaron una patineta cuando estaba chiquito, pero eso no le da derecho a pasarse la vida endilgando los fracasos a los padres.

De otro modo vamos a seguir pensando que lo que pasa es que somos así, que el subdesarrollo, que el componente negro, que si nos hubieran conquistado los ingleses, que si el imperialismo.

A veces tengo una pesadilla: me acaban de nombrar Ministro de Educación. Me despierto sudando frío, dando gritos de espanto y el susto me dura tres días. Con sus noches. Porque todo se decide en ese cargo, que tiene la modesta responsabilidad de administrar lo que por una simpática sinvergüenzura, muy nuestra, llamamos bachillerato. Y es razonable el susto, tampoco ningún ministro tiene la culpa individualmente, desde Emparan hasta él. Solo que, como en el caso del bachiller, el problema es de él, no de José Gil Fortoul ni de Joaquín Crespo.


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