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Sección: Bitblioteca
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Volverse loco Últimas Noticias, sábado 22 de enero de 2005 Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)
Advierto a quienes van a leer El Quijote por primera vez que se van a volver locos. Cuando se lee esa novela se entra en un laberinto apetitoso que no se termina nunca. A medida que se va entrando en ella, uno percibe la locura del ingenioso hidalgo como algo externo, como qué absurdo este tipo, pobrecito, pelear con molinos de viento creyendo que son gigantes: «Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación». Pero a poco que uno va avanzando va percatándose, o a lo mejor ni se percata, de que Cervantes nos dejó un campo minado en que de trampa en trampa, de extravío en extravío, de seducción en seducción, terminamos aceptando la locura del hidalgo como algo natural, obvio, ¿cómo no ser loco como él? ¿Quién podría soportar la vida cotidiana en que vivimos? ¿Por qué no más bien halamos por los hierros y nos vamos a libertar naciones como Bolívar o a emprender revoluciones luchando contra molinos en Bolivia, como el Che? Otros, menos arriesgados, se lanzan en empresas atrevidas, como crear una fábrica de computadoras en un garaje, y revolucionar desde el modo de trabajar, comunicarse, jugar y hacer el sexo de la humanidad en medio de esa Cueva de Montesinos que llaman Internet. Así lo hizo Steve Jobs cuando hizo la primera computadora personal viable, la Apple. Lo demás es historia. Porque no hace falta leer El Quijote para ser quijotesco. Está en la naturaleza humana, si es que eso de naturaleza humana no es un paradigma perdido, como dice Edgar Morin. Pero ¿quién no ha soñado con limpiar viejas armas y humillar gigantes, liberar doncellas, desfacer tuertos? ¿No lo hacemos acaso cuando nos indigna una injusticia cualquiera? Por eso te invito a leer ese libro de libros, como me dijo mi padre: el libro más grande que jamás se escribió. Porque hacia el final te esperan unas cuantas sorpresas que ni Borges llegó a soñar. En el capítulo LXXII de la segunda parte se descubre que uno mismo es un personaje de la novela. Es el único caso exitoso que al menos yo conozca de confundir realidad con ficción. Te invito a volverte loco tú también, igual que Don Quijote, por andar leyendo libros...
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