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Sección: Bitblioteca
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Miseria de las naciones Caracas, domingo 23 de marzo de 1997 Ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo, José Ignacio Cabrujas, La nueva utopía y RHM Cuentos
A los fabricantes de salsa de tomate no les convienen los neoliberales. Ni a los de jabón de olor. La gente se está bañando y cepillando los dientes con jabón azul. Después de toda la jeremíada con la ecuación «aumento de sueldos = inflación», resulta que a las empresas no conviene continuarla porque la clientela ya no puede comer ketchup. Criaron cuervos. Como dice la futuróloga Hazel Henderson en la revista Wired de febrero de 1997, los economistas nunca son contratados por pobres, y terminan complaciendo neoliberalmente solo a los grandes aparatos financieros. Siempre he tenido la idea tranquilizadora de que hay gente que sabe más que yo, como los médicos que me han curado. O José Miguel Galia, el arquitecto que diseñó mi vivienda. Pero los economistas que han administrado el país en estas últimas décadas nos han puesto en esta ruina y por eso me envalentono a dudar de que saben más que yo. No saben explicar por qué si el salario es un componente tan pequeño de los costos, va a ser insoportable su aumento para las empresas, ni cómo se puede reactivar la oferta deprimiendo la demanda. Lo que sí saben es declamar disparates y luego dar excusas rebuscadas y echarse las culpas unos a otros. Uno los oye decir que ahora que el gobierno salió a aumentar los salarios va a reactivarse el parque industrial ocioso y provoca darles un besito en la frente. La economía es un ejercicio que se estrecha en cuatro ideas fijas nacidas en la City de Londres, que es la idea simple que se tiene de lo que es la vida. Toda la complejidad humana, en que los sistemas simbólicos son estratégicos, se disipa culpada en el confiado reduccionismo de los economistas. Su simplismo ignora toda la mitología que rige a los místicos que se consagran al dinero desinteresadamente, chapoteando en millones mientras están sometidos a la frugalidad monástica de los bolsistas londinenses. Entonces este asilo de la ignorancia aplica a culturas diversas el lecho de Procusto de la City. No saben que la economía funciona cuando funciona, por razones demasiado profundas para la London School of Economics. El gobierno japonés es más intruso que el venezolano, pero nos adoctrinan con que nuestra ruina es que el estado vive metido en todo. Los aumentos salariales nos llevarán a la ruina, dicen los neoliberales que se sobrecogen cuando hablan de Chile. Pero callan que en Chile los salarios aumentan según la inflación. Están indizados, para decirlo en su dialecto. Carteles como los del Japón no hay en Venezuela, pero no arruinan al Japón. A Venezuela sí. ¿Por qué? Porque en Venezuela lo que hay es si acaso el «capitalismo guasón» de que se burlaba José Ignacio Cabrujas. Es una sociedad venezolana cerrada, de aire feudal, con un sector económico y político de poderes absolutos, que no tiene ningún interés en sistemas abiertos como el capitalismo y la población creciente se le vuelve una carga y no una oportunidad de clientela porque tiene que compartir con ella lo que le saca al gobierno. Cierto que el capitalismo de verdad, el de allá, no es totalmente abierto, que cuatro grandes corporaciones tienen un poder enorme, pero no absoluto como aquí. En el capitalismo de verdad los banqueros no son impunes sobre todo los banqueros. En Venezuela sí, porque sus privilegios son más feudales que capitalistas. Por eso, amigo fabricante de salsa de tomate, asegúrese de que en el curriculum del próximo candidato a ingresar como economista en su empresa no figure un posgrado en la Universidad de Chicago o en alguna de sus sucursales tapa amarilla de Venezuela.
Ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo, José Ignacio Cabrujas, La nueva utopía y RHM Cuentos
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