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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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La reinvención de Morel

Versión 1, Caracas, Question, julio de 2003
Versión 1,01, revisado el viernes 18 de noviembre de 2005
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Este texto forma parte del libro
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RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...

El debate político en Venezuela
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Jorge Luis Borges hubiera quedado pasmado ante estos cuatro años de Venezuela. Quiero decir, literariamente. Adolfo Bioy Casares también, y sobre todo Bioy. En su novela La invención de Morel Bioy cuenta de una isla en donde unas máquinas reproducen proyecciones holográficas convincentes de falsas realidades que se repiten insaciablemente. En esa isla todo está en duda porque puede ser generado por la máquina oculta que reproduce una realidad sobre la realidad. Hasta lo supuestamente real es ilusorio en la medida en que no se sabe si es real, como en El Quijote, en donde Cervantes logra el prodigio de convertir al autor y a sus lectores en personajes «desta tan verdadera historia», que, por este genial artificio, termina siendo de hecho verdadera. Presagios de esa versión aguada que es The Matrix (ver RHM, Literatura y periodismo. Buenas noticias para la gente inteligente y Chávez y Sancho Panza).

La posteridad tendrá al menos, conjeturo, dos opciones sobre este presente venezolano: tender sobre él un manto de piadosa vergüenza o admirar pasmada tanta creatividad por igual estúpida y perversa.

Los medios de comunicación venezolanos han llegado al paroxismo histérico de inventar realidades inexistentes, imponerlas en nuestro rededor y, lo más atroz, que haya estúpidos ilustrados que las crean.

  • Han rumiado una dictadura donde no ha habido nunca más libertades, de las cuales se ha incluso más que abusado; por ejemplo:
  • Un político mienta impunemente por televisión la madre del Presidente, el más catastrófico insulto que se puede proferir en la cultura venezolana, y denuncia entonces el totalitarismo del «régimen» del mentado Presidente.


José Ignacio Cardenal Velasco firmando al lado de Pedro Carmona Estanga.

  • El 12 de abril de 2002 José Ignacio Cardenal Velasco fue el segundo en rubricar ante la humanidad entera el acta de usurpación de todos los poderes por parte de Pedro Carmona Estanga —el primero en firmar— y después el prelado aseguró que solo firmó un papel en blanco. Ciertamente en la foto se ve claramente que está firmando sobre un papel suelto y no sobre el libro rojo (¿dónde estará ese libro?). Pero entonces hizo algo peor que haber firmado: ser nada menos que un impostor que hizo creer a su grey que hacía lo que no hacía. Porque la firma no es solo el garabato debido en el lugar debido, sino también —y él debió saberlo— la liturgia del acto solemne en la hora solemne de la usurpación: levantarse, caminar hasta el escritorio carmoníaco y estampar allí su rúbrica (L.S.), ante aquel Presidente con aquel semblante arduo en un momento o beatífico en otros. Y así engañó incluso a su propia gente, haciéndoles creer que los respaldaba con su firma. ¡Tan feliz que se veía! Todos lo estaban, salvo el policía de civil a la derecha del monarca Carmona, mulato y atareado. He aquí la foto:

  • La palabra apoteosis se inventó para esas ocasiones, como aquella en que Carmona se acantonó por unas horas en el palacio presidencial de Miraflores, autoproclamado dictador, abrogó todos los poderes públicos, especialmente los de elección popular, todo en nombre del rescate de la democracia. Con ese acto Carmona asumió él solo la soberanía nacional, sin precisar ante quién respondería.
  • El Centro Nacional del Libro, organismo del Estado, invitó a varios intelectuales a participar en la Feria Internacional del Libro de Caracas entre mayo y junio de 2003. Algunos de esos intelectuales, de oposición trastornada, rechazaron la convocatoria alegando, entre otras cosas, que el gobierno los excluye. O sea, si entendí bien, ellos se excluyen porque el gobierno que los incluye los excluye. ¿Será así el razonamiento? ¿Es eso un razonamiento? ¿No es un caso de disociación sicótica? Todo hay que decirlo: otros intelectuales, también de oposición, pero cuerdos, acudieron y expresaron libremente cuanto quisieron sobre el gobierno y acerca de todo aquello que les pareció conveniente opinar. Pero los estúpidos ilustrados respondieron con intolerancia, acusando de intolerancia a un gobierno que estaba mostrando tolerancia en el acto mismo de invitarlos a sabiendas de su posición política. Luchan contra una intolerancia que no es tal redoblando la intolerancia de ellos ante el gobierno que de hecho se está mostrando tolerante, acusándolo de intolerante. ¿Verdad que no se entiende? Es que la disociación sicótica, precisamente, no se entiende. Desbordar el mundo con intransigencia es el mejor modo de combatir la intransigencia. Estupidez ilustrada, ya se ha dicho —en Néstor Francia (2001), Antichavismo y estupidez ilustrada, Caracas: Rayuela.
  • Muchos de esos mismos ilustrados, del grupo Gente de Cultura, lanzaron el 11 de diciembre de 2002 un documento lleno de solecismos en los que declararon que la convocatoria a paro era parte de la una lucha «contra la imbecilidad». Otra vez la disociación sicótica porque se trata de un documento imbécil. Esa acción culminó en la proclamación de Carlos Ortega como apoteosis de la inteligencia, en un acto público celebrado apropiadamente el Día de los Santos Inocentes de 2002, en que Ortega declaró, cito textualmente: «La gente inteligente, como es el caso de este gobierno, creo que es mejor que se conviertan en brutos a ver si realmente nos respetamos los unos a los otros». Reproduzco a la letra el más hermoso de los solecismos de ese documento de Gente de la Cultura, mi favorito, entre tantos: «Es un paro nacional con la contundencia de ser el primer paro total de todas las operaciones de la primera industria del país» (subrayados míos). Tres redundancias en 23 palabras, ¿dónde estás, Guiness? Ahí firman hasta escritores que han recibido el Premio Nacional de Literatura. ¿Les dieron a firmar un documento redactado por algún cagatintas y ni siquiera lo revisaron antes? ¿Tanto los ha enceguecido el odio a Hugo Chávez como para rubricar cualquier zarandaja contra él? ¿Hasta ese punto perdieron el amor propio?
  • Cada vez que pasan sin cortes el video de Puente Llaguno el 11 de abril 2002 se comprueba que no disparaban sobre manifestantes indefensos sino sobre policías metropolitanos (de oposición) que habían abaleado previamente y seguían abaleando a mansalva la multitud que servía de escudo humano al palacio de Miraflores, ante la multitud de oposición desviada hacia allí. Desviada criminalmente porque no era de suponer que habría un encuentro amistoso entre ambas muchedumbres al rojo vivo de las pasiones políticas azuzadas por meses y meses de propaganda de guerra.
  • El 14 de agosto de 2002 el Tribunal Supremo de Justicia sentenció que el golpe de Estado que la humanidad contempló en vivo y en directo nunca ocurrió.
  • Luchan contra imaginarias amenazas a la libertad de expresión de un gobierno que no ha hecho sino respetarla escrupulosamente, incluso más allá de lo legal, pues los medios de comunicación han abusado sistemática y abundantemente de esa libertad. En cambio la oposición sí la ha violado,
    • Al prohibir durante varios meses el programa dominical del Presidente en 1999.
    • Al cerrar por la fuerza bruta a eso de las 8 de la noche el canal oficial como culminación del golpe de Estado, el 11 de abril de 2002, así como
    • al cerrar las radios comunitarias, cuyo personal fue perseguido, encarcelado y en varias ocasiones torturado durante el 12 y el 13 de abril de 2002, para no hablar de equipos destrozados.
    • Al provocar el cierre, mediante amenazas de muerte, de la emisora católica pero liberal Fe y Alegría durante el 12 y el 13 de abril de 2002.
    • Al destituir de Globovisión, la emisora insignia de la oposición, al entrevistador José Domingo Blanco «Mingo», por haber insultado a varios dirigentes de oposición en dos conversaciones telefónicas privadas con su madre, divulgadas por Internet (ver infra).
    • Al allanar el alcalde de oposición Alfredo Peña a CatiaTVe, emisora comunitaria, el jueves 10 de julio de 2003, mientras acusa al gobierno de violar la libertad de expresión. De nuevo la disociación sicótica.
    • Al expulsar de los medios a varios de los mejores columnistas del país, como Luis Britto García, Augusto Hernández, Carmen Cecilia Lara, Roberto Malaver, los caricaturistas Claudio Cedeño y Régulo Pérez, por solo nombrar algunos.
    • Al silenciar toda información durante la rebelión popular cívico-militar del 13 de abril de 2002, que devolvió al poder el gobierno legítimo depuesto la víspera; como si los medios de comunicación de las épocas respectivas hubieran silenciado la Toma de la Bastilla o la Batalla de Carabobo.
    • La presión continua y terrorista sobre los periodistas y artistas y otros profesionales para que escriban o manifiesten por las calles voceando lo que los dueños de medios ordenan. Los deshumanizan, como decía Jean-Paul Sartre, porque los vuelven traidores a su ética o los vuelven héroes. Los más ceden, otros, valientes, renuncian como Andrés Izarra de Radio Caracas Televisión ante las presiones para que mintiera y ocultara información durante los días del golpe de abril de 2002. Durante esos tres días se vio lo que esa gente verdaderamente piensa de la libertad de expresión. Lo demás es silencio.
    • La misma Radio Caracas Televisión destituye a los actores Simón Pestana y Nené Quintana por mostrarse favorables a Chávez.
    • Y un largo y cotidiano etcétera.

Los medios de comunicación venezolanos han relegado la mejor literatura fantástica a balbuceo inane; Borges y Bioy incluidos. Con razón Jean Baudrillard ha escrito un libro titulado La guerra del Golfo no tuvo lugar (la Guerre du Golfe n’a pas eu lieu). Se ha cumplido el sueño de William Randolph Hearst cuando su corresponsal en Cuba le informó en 1897 que no había guerra sobre que informar. Hearst le mandó un telegrama: «Envíen las imágenes, que yo envío la guerra» (ver Manual del perfecto amarillista, Question Nº 3, diciembre de 2002).

No es la única vez que la mentira provoca el aumento de la audiencia. El periodista César Miguel Rondón, durante la tragedia de avalanchas del Estado Vargas en diciembre de 1999, informó por su programa de radio que había un damnificado, Luis Landaeta, tapiado con su familia en un sótano. La historia se aliñaba con la presencia de la suegra muerta del atribulado Landaeta, con sus niños presenciando el espectáculo, etc. Según el cuento, Landaeta llamaba a Rondón, desesperado, a través de su teléfono móvil celular. Pasaban los trabajos y los días y venían las preguntas obvias: ¿cómo tenía señal si estaba sepultado en un sótano bajo toneladas de concreto? ¿Cómo le duraba la batería tantos días, si no tenía electricidad? Rondón tartamudeaba un patatín patatán poco convincente. Con todo, persuadió a varias cuadrillas de salvamento para que rastrearan la zona en busca de los tapiados. Desde el presidente Chávez hasta la empresa de teléfonos móviles se preocuparon por el asunto en un operativo especial, ejecutado por una cuadrilla de élite escogida por el Primer Mandatario en persona. Finalmente la empresa telefónica ubicó al «damnificado» en Caracas, a varios kilómetros de distancia, libre, sano y salvo, riéndose de la humanidad. No sé si Rondón se reía también cuando declaró que había sido sorprendido en su buena fe (ver dos documentos sobre el caso, en archivos del diario El Nacional de esos días). ¿Sonrió cuando la audiencia de su programa aumentó considerablemente ante aquel reality show radial? No creo que riera también al percatarse de la cantidad de vidas que esas cuadrillas hubieran podido salvar en esas horas en que todo era urgente si no hubieran estado ocupadas con un damnificado fingido. ¿Estaba remedando a Orson Welles en su Guerra de los Mundos? Más bien «causa mala impresión», como hubiera dicho José Ignacio Cabrujas —al menos a mí. Aun si no pensamos mal de Rondón, habrá que preguntarse por qué no fue más riguroso en el desbroce de las dudas más que razonables sobre cómo podía Landaeta comunicarse debajo de toneladas de hormigón y cómo podía durarle tanto la batería del celular. Para que aclare si no fue el aumento de su audiencia lo que debilitó su rigor deontológico y epistemológico.

En otros países los periodistas que descaradamente falsifican informaciones pierden su carrera. Así pasó hace pocos años con uno del Wall Street Journal que utilizaba el diario para hacer especulaciones financieras en complicidad con un corredor de bolsa, que también perdió su profesión. Janet Cooke, brillante periodista merecedora del Premio Pulitzer, debió devolver el galardón cuando se descubrió que había inventado un niño adicto a la heroína. Si hubiera declarado que el niño era una ficción para ilustrar hechos reales, hubiera bordeado la literatura, que miente pero no engaña, para parafrasear a Antonio Machado. Igual acaba de ocurrir con Jayson Blair, periodista de The New York Times, que confesó haber falseado informaciones de todo tipo y hasta se jactó de su majeza. Esto provocó su destitución inmediata y la renuncia de varios directivos del diario. Todos dejaron de ser periodistas. La ética es cruel. Salvo en Venezuela, donde, al menos para algunos, no existe. Solo parece estar afectando a José Domingo Blanco, «Mingo», a quien quitaron brutalmente su programa en Globovisión porque alguien, ¿quién?, filtró una conversación telefónica con su madre, en donde se entrega al denuesto en 360º y llega a decir: «¡Hay que buscar un poco de muertos, coño! ¡Una mierda!». Pero ¿fue eso lo que molestó a los directivos del canal, o lo fue que injuriase a varios dirigentes de oposición, a comentaristas del mismo canal, se refiriera desconsideradamente de Alberto Federico Ravell, su director, y sobre todo que dijera que prefería quedarse con Chávez a que los adecos regresasen al poder? La que sí muestra un gran sentido de la ética periodística es la madre de Mingo, su interlocutora, quien en todo momento le recomienda ponderación y equilibrio. Bonita concepción de la libertad de expresión que tanto defienden.

Hugo Prieto, de El Nacional, informa que el canciller de la República Roy Chaderton no acudió a la recepción celebrada en la Nunciatura Apostólica por los 25 años de Juan Pablo II en el pontificado. Era falso porque Chaderton, cristiano confeso, sí asistió. Alba Sánchez, defensora del lector, reclama el asunto. El periodista Prieto responde con virulencia y desparpajo que lo que pasó fue que tres asistentes le informaron la ausencia Chaderton, que él no verificó. O sea, confiesa que comunicó un chisme, ¿y qué? Alba Sánchez le responde en un tono igualmente vehemente. Sergio Dahbar, uno de los directivos de mayor jerarquía del diario, reprende públicamente a Sánchez por el tono desconsiderado con que trató a Prieto. O sea, Prieto inventa, miente, desorienta al lector y a quien reprenden es a Alba Sánchez, que honestamente reconoce ante el lector que hubo un engaño. He decidido tirar a la basura mis libros de Molière y de Valle Inclán, por principiantes y desmañados, ante este ejemplo magistral de esperpento. Está en El Nacional en los días de octubre y noviembre de 2003.

Los ejemplos pueden multiplicarse. Aquí mismo en Venezuela ocurrió cuando un periodista impaciente —ignoro su nombre— anunció por Radio Caracas Televisión la muerte del ex presidente Rómulo Betancourt horas antes de que ocurriera el 28 de febrero de 1981. Nunca he sabido más de ese desdichado periodista, que quiso tener una exclusiva y más bien obtuvo una desgracia. El animador de variedades Guillermo González, que transmitía su habitual basura en ese momento, convocó a un minuto de silencio. Cuando se supo minutos después que la noticia de la muerte de Betancourt había sido muy exagerada, González celebró «la buena nueva», pues el show debe continuar, aprovechando al máximo las horas en que Betancourt seguía vivo, aunque agonizante, porque nadie se muere la víspera. Siempre hay que aprovechar las oportunidades, ¿verdad? Aquel gran periodista se adelantó a su tiempo, en más de un sentido; hoy sería más bien premiado, como tal vez lo será Juan Fernández, el dirigente del sabotaje petrolero, que inventó que en la refinería de El Palito, durante el sabotaje petrolero de diciembre y enero pasados, hubo un muerto a causa de mal manejo por impericia del pueblo que se adueñaba en esos días de Petróleos de Venezuela. El mismo día en que El Nacional publicó la noticia, el pesidente Chávez reveló en su programa dominical ¡Aló, Presidente! que el muerto gozaba de buena salud. ¿Hablamos de las impericias de la «meritocracia» de Petróleos de Venezuela durante el sabotaje petrolero de diciembre de 2002? O, entre tantos que se podrían citar, el autor de la falsificación más grotesca y alevosa de la historia de la televisión venezolana: el video de Llaguno que decíamos arriba, premiado por el Rey de España, usado, como siempre, cual monigote político por los que verdaderamente mandan.

Hoy el periodista que mató a Betancourt antes de tiempo sería una estrella de los medios. Cuestión de tiempo. Propongo la reivindicación inmediata de este profesional ejemplar y que en consecuencia el año próximo le sea otorgado, por imperativo categórico, el Premio Nacional de Periodismo y, más aún, el Premio Rey de España, amén del Pulitzer.


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