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La reinvención de Morel Versión 1, Caracas, Question, julio de 2003 Este texto forma parte del libro
El debate político en Venezuela Jorge Luis Borges hubiera quedado pasmado ante estos cuatro años de Venezuela. Quiero decir, literariamente. Adolfo Bioy Casares también, y sobre todo Bioy. En su novela La invención de Morel Bioy cuenta de una isla en donde unas máquinas reproducen proyecciones holográficas convincentes de falsas realidades que se repiten insaciablemente. En esa isla todo está en duda porque puede ser generado por la máquina oculta que reproduce una realidad sobre la realidad. Hasta lo supuestamente real es ilusorio en la medida en que no se sabe si es real, como en El Quijote, en donde Cervantes logra el prodigio de convertir al autor y a sus lectores en personajes «desta tan verdadera historia», que, por este genial artificio, termina siendo de hecho verdadera. Presagios de esa versión aguada que es The Matrix (ver RHM, Literatura y periodismo. Buenas noticias para la gente inteligente y Chávez y Sancho Panza). La posteridad tendrá al menos, conjeturo, dos opciones sobre este presente venezolano: tender sobre él un manto de piadosa vergüenza o admirar pasmada tanta creatividad por igual estúpida y perversa. Los medios de comunicación venezolanos han llegado al paroxismo histérico de inventar realidades inexistentes, imponerlas en nuestro rededor y, lo más atroz, que haya estúpidos ilustrados que las crean.
Los medios de comunicación venezolanos han relegado la mejor literatura fantástica a balbuceo inane; Borges y Bioy incluidos. Con razón Jean Baudrillard ha escrito un libro titulado La guerra del Golfo no tuvo lugar (la Guerre du Golfe na pas eu lieu). Se ha cumplido el sueño de William Randolph Hearst cuando su corresponsal en Cuba le informó en 1897 que no había guerra sobre que informar. Hearst le mandó un telegrama: «Envíen las imágenes, que yo envío la guerra» (ver Manual del perfecto amarillista, Question Nº 3, diciembre de 2002). No es la única vez que la mentira provoca el aumento de la audiencia. El periodista César Miguel Rondón, durante la tragedia de avalanchas del Estado Vargas en diciembre de 1999, informó por su programa de radio que había un damnificado, Luis Landaeta, tapiado con su familia en un sótano. La historia se aliñaba con la presencia de la suegra muerta del atribulado Landaeta, con sus niños presenciando el espectáculo, etc. Según el cuento, Landaeta llamaba a Rondón, desesperado, a través de su teléfono móvil celular. Pasaban los trabajos y los días y venían las preguntas obvias: ¿cómo tenía señal si estaba sepultado en un sótano bajo toneladas de concreto? ¿Cómo le duraba la batería tantos días, si no tenía electricidad? Rondón tartamudeaba un patatín patatán poco convincente. Con todo, persuadió a varias cuadrillas de salvamento para que rastrearan la zona en busca de los tapiados. Desde el presidente Chávez hasta la empresa de teléfonos móviles se preocuparon por el asunto en un operativo especial, ejecutado por una cuadrilla de élite escogida por el Primer Mandatario en persona. Finalmente la empresa telefónica ubicó al «damnificado» en Caracas, a varios kilómetros de distancia, libre, sano y salvo, riéndose de la humanidad. No sé si Rondón se reía también cuando declaró que había sido sorprendido en su buena fe (ver dos documentos sobre el caso, en archivos del diario El Nacional de esos días). ¿Sonrió cuando la audiencia de su programa aumentó considerablemente ante aquel reality show radial? No creo que riera también al percatarse de la cantidad de vidas que esas cuadrillas hubieran podido salvar en esas horas en que todo era urgente si no hubieran estado ocupadas con un damnificado fingido. ¿Estaba remedando a Orson Welles en su Guerra de los Mundos? Más bien «causa mala impresión», como hubiera dicho José Ignacio Cabrujas al menos a mí. Aun si no pensamos mal de Rondón, habrá que preguntarse por qué no fue más riguroso en el desbroce de las dudas más que razonables sobre cómo podía Landaeta comunicarse debajo de toneladas de hormigón y cómo podía durarle tanto la batería del celular. Para que aclare si no fue el aumento de su audiencia lo que debilitó su rigor deontológico y epistemológico. En otros países los periodistas que descaradamente falsifican informaciones pierden su carrera. Así pasó hace pocos años con uno del Wall Street Journal que utilizaba el diario para hacer especulaciones financieras en complicidad con un corredor de bolsa, que también perdió su profesión. Janet Cooke, brillante periodista merecedora del Premio Pulitzer, debió devolver el galardón cuando se descubrió que había inventado un niño adicto a la heroína. Si hubiera declarado que el niño era una ficción para ilustrar hechos reales, hubiera bordeado la literatura, que miente pero no engaña, para parafrasear a Antonio Machado. Igual acaba de ocurrir con Jayson Blair, periodista de The New York Times, que confesó haber falseado informaciones de todo tipo y hasta se jactó de su majeza. Esto provocó su destitución inmediata y la renuncia de varios directivos del diario. Todos dejaron de ser periodistas. La ética es cruel. Salvo en Venezuela, donde, al menos para algunos, no existe. Solo parece estar afectando a José Domingo Blanco, «Mingo», a quien quitaron brutalmente su programa en Globovisión porque alguien, ¿quién?, filtró una conversación telefónica con su madre, en donde se entrega al denuesto en 360º y llega a decir: «¡Hay que buscar un poco de muertos, coño! ¡Una mierda!». Pero ¿fue eso lo que molestó a los directivos del canal, o lo fue que injuriase a varios dirigentes de oposición, a comentaristas del mismo canal, se refiriera desconsideradamente de Alberto Federico Ravell, su director, y sobre todo que dijera que prefería quedarse con Chávez a que los adecos regresasen al poder? La que sí muestra un gran sentido de la ética periodística es la madre de Mingo, su interlocutora, quien en todo momento le recomienda ponderación y equilibrio. Bonita concepción de la libertad de expresión que tanto defienden. Hugo Prieto, de El Nacional, informa que el canciller de la República Roy Chaderton no acudió a la recepción celebrada en la Nunciatura Apostólica por los 25 años de Juan Pablo II en el pontificado. Era falso porque Chaderton, cristiano confeso, sí asistió. Alba Sánchez, defensora del lector, reclama el asunto. El periodista Prieto responde con virulencia y desparpajo que lo que pasó fue que tres asistentes le informaron la ausencia Chaderton, que él no verificó. O sea, confiesa que comunicó un chisme, ¿y qué? Alba Sánchez le responde en un tono igualmente vehemente. Sergio Dahbar, uno de los directivos de mayor jerarquía del diario, reprende públicamente a Sánchez por el tono desconsiderado con que trató a Prieto. O sea, Prieto inventa, miente, desorienta al lector y a quien reprenden es a Alba Sánchez, que honestamente reconoce ante el lector que hubo un engaño. He decidido tirar a la basura mis libros de Molière y de Valle Inclán, por principiantes y desmañados, ante este ejemplo magistral de esperpento. Está en El Nacional en los días de octubre y noviembre de 2003. Los ejemplos pueden multiplicarse. Aquí mismo en Venezuela ocurrió cuando un periodista impaciente ignoro su nombre anunció por Radio Caracas Televisión la muerte del ex presidente Rómulo Betancourt horas antes de que ocurriera el 28 de febrero de 1981. Nunca he sabido más de ese desdichado periodista, que quiso tener una exclusiva y más bien obtuvo una desgracia. El animador de variedades Guillermo González, que transmitía su habitual basura en ese momento, convocó a un minuto de silencio. Cuando se supo minutos después que la noticia de la muerte de Betancourt había sido muy exagerada, González celebró «la buena nueva», pues el show debe continuar, aprovechando al máximo las horas en que Betancourt seguía vivo, aunque agonizante, porque nadie se muere la víspera. Siempre hay que aprovechar las oportunidades, ¿verdad? Aquel gran periodista se adelantó a su tiempo, en más de un sentido; hoy sería más bien premiado, como tal vez lo será Juan Fernández, el dirigente del sabotaje petrolero, que inventó que en la refinería de El Palito, durante el sabotaje petrolero de diciembre y enero pasados, hubo un muerto a causa de mal manejo por impericia del pueblo que se adueñaba en esos días de Petróleos de Venezuela. El mismo día en que El Nacional publicó la noticia, el pesidente Chávez reveló en su programa dominical ¡Aló, Presidente! que el muerto gozaba de buena salud. ¿Hablamos de las impericias de la «meritocracia» de Petróleos de Venezuela durante el sabotaje petrolero de diciembre de 2002? O, entre tantos que se podrían citar, el autor de la falsificación más grotesca y alevosa de la historia de la televisión venezolana: el video de Llaguno que decíamos arriba, premiado por el Rey de España, usado, como siempre, cual monigote político por los que verdaderamente mandan. Hoy el periodista que mató a Betancourt antes de tiempo sería una estrella de los medios. Cuestión de tiempo. Propongo la reivindicación inmediata de este profesional ejemplar y que en consecuencia el año próximo le sea otorgado, por imperativo categórico, el Premio Nacional de Periodismo y, más aún, el Premio Rey de España, amén del Pulitzer.
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