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 Caracas, Wednesday, May 23, 2012
 

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Este festival de odio

Domingo 14 de noviembre de 1993, p. A-5

RobertoHannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela, ca. 1998.

Alguien (¿un encapuchado?, ¿un policía?, ¿un ser humano?) dispara desde el Gimnasio Cubierto, desde cualquier parte, y mata a un viandante en la Plaza Venezuela. Tal vez fue el mismo que dejó paralítica de un tiro a aquella niña, cerca del Clínico. No se me olvida.

Un par de vecinos entra a robar en una casa, ofreciendo un videojuego a un niño. Como este se opone, lo matan. Las televisoras, irrecuperables, especulan amplificando las abominaciones que van dichas. Y que vienen.

Un funcionario del Seguro Social hace una negociación fraudulenta con los fondos de pensionados y ya no hay mensualidad. Para unos viejitos, para unos inválidos.

Los mismos viejitos, los mismos inválidos, protestan y ni siquiera les hacen una demagogia, sino que les lanzan, víspera de un golpe, bombas lacrimógenas. El Marqués de Sade, según esto, era un filántropo.

Por indolencia de otro funcionario, los pacientes de diálisis ven un close-up de la muerte. Nadie les devuelve la semana de suspenso que mal vivieron.

Uno del entorno íntimo hace un terminal de autobuses contra la voluntad general. Como se preveía, el edificio rompe una tubería troncal. Él mismo construye un paseo playero, que, como se preveía, se desbarata. Ahora dice que el clamor de protesta que lo señala solo busca un chivo expiatorio. ¿Hubo fraude? No sé. No importa. Hubo odio, mucho odio, mucho desprecio por la humanidad, a la que él pertenece, eso sí sé. De eso trata este artículo: del desprecio por nosotros mismos. No hacía falta el fraude. Bastó el odio.

Quienes roban el maletero del edificio y desvalijan el automóvil son los vecinos. No los corruptos, no los malandros. Los vecinos.

Vamos a sacar un dinerillo de un cajero automático y cualquiera ha trabado la portezuela. Nos vamos indignados. Entonces viene, con su propia tarjeta, la persona humana que ha trabado el portillo y retira nuestro dinero, cómodamente.

Otro alquila un automóvil, igual al suyo, para sacarle una pieza costosa y sustituirla por una defectuosa de su propio vehículo. La empresa se la cobra al próximo que alquila ese auto.

Imposible retirar una cifra grande en un banco porque el cajero le birla una fracción, diez, veinte mil. Según. Recuerde que, ya separado de la taquilla, no hay reclamo.

Un cabecilla de niños de la calle, adulto, por aquí, cerca de mi casa, mata a uno de ellos, de seis, siete años, atado a un árbol a las orillas del río Guaire, porque le había birlado un botín, y de un solo golpe deja un vacío en la historia de la literatura, que llenaba Oliver Twist, novela desde hoy caduca. A Dickens, genio y todo, tampoco se le ocurrió que las bandas mataran niños en sus ajustes de cuentas. Ni que eso fuera rutina y que el Gobierno siguiera tan tranquilo.

Otrora el salteador de caminos, el estafador, eran especialistas. Señores dedicados a su oficio, que aprendían en escuelas estilo Dickens —¿pero alguien se acuerda de Dickens? Ahora se ha generalizado un empirismo malandril que hace de todo el mundo un tunante, que tarde o temprano se robará un reproductor o comprará un bien «en los Almacenes Hurtado», es decir, en el mercado negro de cosas robadas. Que bergante no sólo es el que roba, sino el bobo que le compra. Adquirir cosas robadas es escupir para arriba. Y más bobo es el que se justifica: «Pero si todos lo hacen».

Y entonces, además de todo esto, después de haber elegido garimpeiros, cometido una pequeña o grande alevosía, vendido amigos y hermanos, celebrado esto de un modo tácito o explícito, al participar a la loca en esta feria de odios, acumulando recuerdos amargos para la vejez, ¿cómo vamos a condenar al violador de la modelo, al asesino de la belleza, de la poesía que contentaba mi parroquia? (Era mi vecina). ¿Por qué él? Total no hizo sino seguir la lógica de estos tiempos estúpidos y brutales, cuyos héroes son obeliscos de la fuerza bruta —Norris, Stallone, Schwarzenegger, Van Damme. Años de neonazis, cuyo himno epiléptico es la changa y en que la codicia se juzga la máxima virtud.

¿Por qué culparlo si debiéramos aclamarlo héroe y promoverlo para, no sé, alcalde, gobernador y presidente? Si hasta nos está marcando el rumbo en que nos estamos dejando morir.


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