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Sección: Bitblioteca
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El riesgo país-literatura Caracas, domingo 21 de julio de 2002 Cuando ya creíamos que nada asombraba, viene Carlos Monsiváis a contradecir en el Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos» (Celarg) el lunes pasado nuestro alelamiento general y a recordarnos que también se puede ser inteligente. Así como las calificadoras internacionales tasan el llamado «riesgo-país», Monsiváis sugiere que hay literaturas que implican más riesgo que otras. Me imagino al librero recomendándote a un novelista de cualquier país subdesarrollado y tú aferrado a un novelista europeo. Finalmente aceptas la novela porque el librero te garantiza que te devuelve tu plata si la encuentras demasiado subdesarrollada. El Boom Literario, sin embargo, dice Monsiváis, desmintió que el desarrollo literario es proporcional al desarrollo económico. De hecho, los latinoamericanos somos admirados y respetados en el mundo por nuestros artistas, músicos, poetas, escritores y no por nuestros políticos y empresarios las dignas excepciones me sabrán perdonar. Tampoco es que los empresarios del mundo llamado desarrollado son como para pedirles un autógrafo. Ahí tienes a Enron y a Worldcom, sobre las que Bush y Cheney saben mucho más que yo. Ojalá nos informaran todo lo que saben. Algo aunque sea. Digo, para uno saber. Lo que pasa es que esos empresarios tienen armados unos mecanismos de embudo político-financiero que no dejan otra opción que sus productos asquerosos y sus automóviles con computadoras que matan. Pero hablemos de ficciones literarias; no empresariales. Preguntado cómo fue posible el Boom, Monsiváis sorprendió a muchos diciendo que fue obra de la Revolución Cubana, que impuso la idea de una cultura latinoamericana. Y, ciertamente, valoremos como valoremos a esa revolución complicada, ella fue una afirmación latinoamericana que contribuyó a poner en órbita mundial una literatura. Y ya los premios Nobel de Literatura no nos los otorgan por misericordia. Alguien dijo egregiamente que los dialectos son lenguas sin ejércitos. Por eso llamamos dialectos las lenguas indígenas. Espero que las que se hablan en Venezuela sean llamadas lenguas, ahora que después de 500 años por fin tienen ejército. La autoafirmación de un continente desbroza el camino para ser tenido por buen productor literario, empezando por sus propios habitantes. Y disminuye el riesgo país-literatura. También disertó Monsiváis sobre el desprecio neoliberal por las humanidades. Siempre he pensado, en efecto, que el neoliberalismo es la única religión sin poesía. Monsiváis aclaró que no es que antes se valoraran más las humanidades, sino que al menos los gobiernos pensaban que valía la pena tener una «zona ornamental». Ahora no y eso ha conducido a que la lectura no se valore. Porque tampoco es que antes se leía mucho más, pero al menos a los que no leían les daba vergüenza. Nos aterroriza autoafirmarnos. Cuentan que unos manumisos en Haití pidieron volver a ser esclavos mediante un memorial. En el prólogo del clásico sadomasoquista Historia de O Jean Paulhan se pregunta cómo sería ese texto, ya perdido. Creo que no hay que buscarlo más. Basta ver a nuestro alrededor a tanta gente pidiendo perdón al Imperio por la autoafirmación. Eso nos ayudará a entender eso del riesgo país-literatura.
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