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La salud como drogadicción

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Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

Al Dr. Pedro Recio Tirteafuera (Don Quijote, capítulo XLVII de la Segunda Parte)

Estos son tiempos tan tontos que hay personas que aseguran que el deporte es fuente de salud. Esta premisa debiera examinarse a la luz del reposo obligado de seis grandes ligas venezolanos por una lesión y de los problemas de coordinación de Muhammad Ali. A mí, que no hago ejercicio, jamás me han tenido que operar de menisco, ni he padecido desgarramientos musculares, ni he sufrido de tendonitis, que son cosas que suelen pasar a los deportistas y que hasta donde entiendo del asunto no son manifestaciones de salud. Y olvidemos la multitud de infartados que corren para morir, en vez de correr para vivir.

O los que se meten unas dietas tales —vegetarianas casi siempre— que terminan anémicos por no consultar un médico. Su apoyo documental es una revista, una recomendación de un amigo o un recetario mal copiado en un restaurant de esos que llaman «naturistas», una de las formas más cómicas de esta beatitud sin poesía que vengo prosando. Después andan pálidos y desencajados, como los penitentes, que se alimentaban de raíces porque había que castigar el cuerpo, Flagelándose por los caminos. Porque resulta curioso que solo es bueno para la salud lo contrario al placer: dietas y ejercicios devastadores. Jamás mencionan hacer el amor sabrosamente.

La salud se ha convertido en una salvación laica, y así como para el primer milenio la gente andaba buscando la salud celestial, para este segundo anda buscando una salud mundanal realmente ocurrente. De allí que no haya hoy personas más detestadas que los fumadores y los gordos. He visto prohibir la entrada de fumadores a muchos sitios, pero jamás la de corruptos. Los fumadores son los nuevos herejes, y por eso reciben la exclusión y el vituperio permanentes. Menos mal que no han pensado en la hoguera. Por ahora…

No tengo nada contra el deporte, la salud o la buena alimentación. El deporte me ha permitido gozar incluso de placer estético. Lo que me da risa es eso de renunciar al placer para obtener salud, porque ella sirve para disfrutar los placeres, si no ¿para qué? Y lo peor es que hacen un proselitismo que sería más cómico si no fuera tan regañón y tan gafo, como un guardia nacional que una vez me amenazó de muerte porque yo no me apresuraba en salir de un río donde al parecer había bilharzia.

—¿Entonces usted me va a matar para que no me muera de bilharzia? —objeté.

Para mi salud, resultó que el guardia se rio de su propia necedad, en lugar de dispararme. Los dioses me protegieron esa vez.

Tampoco tengo nada contra la gente que hace deporte por placer. O para embellecerse, que ambos me parecen altamente recomendables. Yo estoy burlándome es de los adictos; la gente razonable no divierte.

Es decir, no me disfracen de salud el deporte, que no hace falta. Porque no entiendo, por ejemplo, esa forma de drogadicción que he escuchado a algunos bienaventurados: el ejercicio estimula no sé qué hormona, enzima o guarapo que produce sensación de bienestar. Es decir, una droga natural: en vez de meterse marihuana, uno hace ejercicio. Yo lo único que siento cuando hago ejercicio es como si me hubiera pasado una tanqueta por encima. Por eso lo evito, para sentirme bien. En tal caso eso de sentirse bien es cosa de cada cual; lo demás es principio dictatorial: «Yo sé mejor que tú lo que te conviene y por eso voy a rescatarte de ti mismo contra ti mismo». Creo que la mejor forma de sentirse bien es la hamaca, pero no le hago propaganda, porque la felicidad no es obligatoria. Felizmente.

Es la misma raíz de la drogadicción: la búsqueda de la felicidad allí donde precisamente no está. Y entonces, claro, por esa o por otras razones la gente —porque se la provoca a sí misma o la provoca en los demás— padece de unos vacíos afectivos que no se colman sino con drogas: cocaína o salud. Entonces es un empericamiento obsesivo o un infarto remontando el cerro del Ávila.

Si supieran que no hay ninguna necesidad… La buena salud es más suerte que cultivo. Mi abuela murió a sus cien años y nunca la vi haciendo jogging, y se comía un cochino frito que Dios sea loado. Un solo caso no demuestra mucho, está bien. Solo indica que uno puede evitar perderla, pero también que no se debe vivir para tener salud, sino tener salud para vivir. Digo yo.

Lo peor es que los penitentes de la salud no solo no saben estas cosas, sino que no hay modo de explicárselas.


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