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Sección: Bitblioteca
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No tenemos salvación Domingo 26 de julio de 1998, p. A-5
Un Día vendrá el Ungido a redimirnos de Todo Mal. El Príncipe Azul, el Mesías, el Caudillo Definitivo, el Elegido, Santos Luzardo, el Llanero Solitario, Luke Skywalker, Mulan, el Caballero Andante. Quizás está en nuestra estructura radical: en algún lugar de nuestro magín occidental está inscrito que, como dice la canción, «florecerá la vida y no existirá el dolor». Aparte de que traerá quieta la brisa rumor de melodía y un rayo misterioso hará nido en tu pelo. En serio. En esas cosas creemos. Por eso Cabrujas inspiró su obra maestra en ese cantar, El día que me quieras. Es la razón por la que no me sorprenden las ideas que esplenden en los espíritus esperanzados en un presidente que desembrollará Todo Lo Malo y traerá Todo Lo Bueno. Hay filósofos que lo llaman absoluto. Otros utopía. Se acabarán, por ejemplo, las colas y los baches; los semáforos no solo van a funcionar sino que se sincronizarán y uno por fin sabrá dónde estacionarse en las islas de las estaciones de servicio. Pero eso no es nada si lo comparamos con el rescate de la Identidad Nacional, que voluntariamente los niños harán la tarea y se tomarán la sopa, todas las mujeres conseguirán marido, los estacionamientos siempre tendrán puestos, los adolescentes no abusarán del teléfono y la televisión será buena. Hubo un candidato guasón en el Uruguay que prometía tres canillas en cada esquina, una con vino, otra con leche y otra con agua; y construir todas las calles en bajada para que los automóviles no malgastaran gasolina. Si cualquiera de nuestros galanteadores nos llega a prometer la máquina del movimiento perpetuo, la fuente de la eterna juventud y la panacea, se lo creeremos. En cambio Alfaro, me refiero al Ucero, nos amenaza con el mismo tugurio moral en que nos estamos restregando desde que Acción Democrática decidió aplicar lo que Rómulo Betancourt, su padre y maestro, consagró con una de sus primorosas fórmulas literarias: «Hacer el comunismo con Vaselina». Más Vaselina que comunismo, claro. Eso tranquiliza a los sobresaltados con Irene, Salas y Chávez. Hay que estar bien asustado para preferir la cuneta alfarera. Los entiendo: los otros han hecho todo lo que saben para lucir como saltos en el vacío y hasta cosas peores. Aunque a veces me pongo a pensar. Rómulo Betancourt hacía leer a su entorno íntimo El engranaje de Jean-Paul Sartre, sobre el presidente de un país petrolero que cae en una maraña de entrecruzamientos sin misericordia que lo dejan sin margen de maniobra para los ideales que lo animaron para llegar al gobierno. Se entrega a la bebida y a las trasnacionales. Cosas bien deprimentes leía Rómulo. Nuestra historia hierve de gente que llegó como Cipriano Castro, con «nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos» y terminó como sabes. Betancourt y Castro son apenas dos casos, hay ocho millones de historias. ¿Qué va a pasar cuando cualquiera de nuestros salvadores se encuentre con que la globalización es un engranaje intratable y que resolver cualquier problema pasa por vadear ciénagas de sindicatos y empresarios sacacuartos? ¿Qué va a pasar cuando los tienten con los primeros negocios? No quiero prejuzgar, pero te insinúo que releas nuestra historia patria para vislumbrar una hipótesis bastante viable.
El debate político en Venezuela
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