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Glosas marginales al Falso cuaderno de Narciso Espejo

25 de enero de 2000

Voy a glosar críticamente aquí, en este ensayo literario, la inencontrable edición de El falso cuaderno de Narciso Espejo, correspondiente a la Biblioteca de Escritores Venezolanos, impresa en los Talleres tipográficos Ariel, Caracas (Venezuela), sin fecha de publicación.

Sin más preámbulo doy por comenzada la sesión.

Cuaderno del recuerdo: Documento «A»

Más que un juego literario, Guillermo Meneses considera a esta novela una «absoluta necesidad» de narrar historias transversales de la subjetividad testimonial y testamentaria de una conciencia narratológica, la conciencia de Narciso Espejo.

Evidentemente, todo juicio literario sobre nosotros mismos corre el riesgo de ser un juicio falsacionista, puesto que las impresiones que emitimos acerca de nosotros siempre estarán, indefectiblemente, impregnadas de «nieblas subjetivas». Toda conciencia discierne y empaña al mismo tiempo el objeto cognoscente que se pretende aprehender intelectivamente. ¿Puede la novela escapar a los embrujos de la subjetividad?.

Tengo para mí que El falso cuaderno de Narciso Espejo es la primera novela venezolana que fusiona el maravilloso arte de narrar con el artilugio de la crítica literaria, el comentario, la exégesis, la nota periodística complementaria en un solo texto unívoco y pluridimensional juntamente.

Aunque Meneses a un «virulento periodista» lo estigmatiza con el hiriente anatema de «vulgar chupatintas». No repara en delicadezas ni frases sutiles el momento de nombrar las cosas y los seres por su nombre.

La formación cultural de Narciso Espejo es inequívocamente en-ciclo-pédica, es decir, basada en un saber que pone en ciclo el conocimiento; una formación enciclante que no se detiene en compartimentos estancos, tal como los saberes que nos vienen dados por vía del conocimiento académico-formal-disciplinario.

El personaje menesiano que ocupa el centro de la novela es un autodidacta que se ufana de sus «carencias» disciplinarias en materia de conocimiento. ¿Ironías del narrador?. Tal vez, no es descabellado pensar que se trate de un finísimo cinismo intelectualizado. Se trata de un saber libre de ataduras formales que en su elegante andadura literaria termina inventando asombros verbales como eso de la «máquina razonadora».

Puedo discernir —lectura zurcida mediante— una nada ingenua similitud entre algún pasaje fílmico de la película «La última tentación de Cristo» del irreverente director Martín Scorsese y esta imagen literaria herética de Meneses: « Vengo de un mundo árido y procaz (...) podría decir que, para mí ,la túnica de Cristo estaba manchada por sucios goterones de esperma». Una decidida noción desacralizadora se anuncia desde los inicios mismos de esta portentosa veta narrativa que convirtió a Guillermo Meneses en el iniciador de la modernidad novelesca venezolana.

Meneses, por primera vez entre nosotros, expresa con espantosa claridad la dialéctica de «las monstruosas alianzas de lo divino y de la podredumbre». Gracias a su insuperable maestría en el narrar, el autor alcanza a unir (fusionar) en una totalidad inextricable la abyección y la sacralidad en una dimensión estética superior pocas veces vista en el panorama literario del presente siglo venezolano.

El lector no tarda las cinco primeras páginas de la novela y ya se encuentra atrapado en las imperceptibles redes de una memoria pertinaz que activa tempranamente los dispositivos de un terco recuerdo que hinca sus raíces en la adolescencia del otro yo de Meneses.

A través de un misticismo altamente intelectualizado el autor del Falso Cuaderno transmuta la ascensión divina de un lacerante ímpetu sacramental en podrida materia deleznable y efímera; ambas dimensiones de lo humano acompañan al narrador, cual bendita «maldición» epifenoménica al través del hilo infinito de los días con sus noches inevitables.

En el «Documento A» Juan Ruiz da una explicación de «las falsas memorias de Narciso Espejo» y termina descubriendo el parentesco de éste con José Vargas. ¿Por qué Narciso Espejo guarda definidos rencores hacia José Vargas?. Eso en realidad nunca lo sabremos; es demasiado tarde ya para saberlo, además. En verdad todo saber, cuando es auténtico, es no solamente un saber tardía sino básicamente inútil.

Narciso es—en cierta manera— escritor. ¿Se puede ser otra cosa en un país cuyo rasgo distintivo es el «primitivismo antropofágico» de sus elites cultas?. Además, él es escritor (en cierta manera) porque en Venezuela no todo el que vive escribiendo para la escritura puede vivir de la escritura. En Venezuela, ¿por qué hemos de ocultarlo?, nunca la escritura como oficio de vida ha sido redituable; ni siquiera le ha permitido a sus cultivadores vivir más o menos dignamente a expensas de tan noble y elevado oficio; porque profesión, lo que se llama profesión, no es. Aunque en otras partes del mundo le preguntan al oficiante: -¿Profesión?, y éste atiende diciendo orgullosamente: -Escritor. Aquí estamos lejos de que ello suceda entre nosotros. Se escribe, nos dice Meneses, por necesidad, no por exigencias de prestigio social ni por complacencias de índole alguna.

La muerte es un magnífico pretexto para dar cuenta de una retrospección introspectiva: Juan Ruiz se regresa al origen anterior para re-encontrarse consigo mismo huella mnémica fundamental y definitiva mediante. Sin memoria no hay narración posible parece querer decirnos Meneses. El falso cuaderno de Narciso Espejo es la narratio memorabilia de una dimensión absoluta. En palabras del narrador: «las posibilidades de observación y razonamiento pueden estar» iluminadas únicamente por el (in)falible acto de recordar. El recuerdo esencial es la posibilidad insoslayable de salvación del ser por la palabra recuperada.

Desde el primer Documento el autor instaura el estallido múltiple del yo psíquico. Trátase del acto de novelar relativizable que se expande en forma de «big bang» narrativo.

Documento «B»: Autobiografía de Narciso

Una voluntad proteica de narrarlo todo (todo lo que acontece en los ignotos territorios de la conciencia) desde una ígnea subjetividad yoica trasluce el proyecto novelesco que ahora gloso. La novela se revela al lector como una alucinante cartografía espiritual existencializada por el terco afán de contar un largo aliento de la ciudad imaginaria del pecado, la conciencia culpable de una belleza corporal degradable a escombros del yo. Narciso redivivo en el mito «enamorado del agua»; el deseo refractándose sobre sí mismo a través de la espejeante condición efímera del agua como elemento fundante de la vida y su reverso contradictorio y complementario.

Los espejos de agua dibujan —en la enervante prosa narrativa menesiana— imágenes acuatiformes ubicuas y desaparicientes. Respuestas incógnitas se muestran por intermedio de frases evanescentes. Dice el novelista: «Lo que busco en el agua es todas las preguntas a las que debo dar contestación». La novela-río de Meneses es una urdimbre de pequeños meandros, de microhistorias entretejidas y espléndidamente superpuestas unas a otras dándonos una agradable sensación de totalidad orgánica y regocijante. Con El falso cuaderno el escritor funda una poética del agua. La mayoría de las imágenes brotan jugosas y frescas de significados, poderosamente insufladas de un inusual vigor semántico que transforma en literatura cualquier reminiscencia, concreta o abstracta, igual da. La realidad puede ver en estas páginas sus múltiples rostros en el cambiante azogue de la memoria descriptiva, pero sobre todo analítica y reflexiva.


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm


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