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Sección: Bitblioteca
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Historia nacional e historiografía Viernes, 30 de junio de 2000 Ciertamente, la historiografía venezolana que prevaleció oficialmente como la valedera, desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, en el espíritu intelectual de las elites ilustradas nacionales fue una historiografía raigalmente positivista de origen comteano (tributaria de la filosofía de Augusto Comte) y neopositivista rankeana (legataria del filósofo alemán Von Ranke) donde lo más relevante del enfoque historiográfico es el desmedido culto al dato empírico y al acontecimiento protagonizado por el Caudillo decimonónico o por el líder-masa de la moderna partidocracia liberal o neoliberal. Toda una legión de historiadores venezolanos, egresados de las Escuelas de Historia de universidades como la UCV, ULA, LUZ formados profesionalmente bajo los influjos de la datofrenia, se encargó durante décadas enteras de historiar el accidentado devenir socio-político y económico-cultural de Venezuela desde el prisma del exacerbado papel protagónico del caudillo en la vida pública de la nación. Quizás con la ayuda intelectual de estos «científicos sociales» se entronizaron caudillos como Guzmán Blanco, J.V. Gómez en el sillón privilegiado de nuestra historia nacional. Muerto Gómez, todo un rosario de presidentes, legítimos o de facto, han ocupado el Palacio de Miraflores con la anuencia o la exégesis apologética de historiadores de diverso cuño a lo largo y ancho de todo el último siglo. Por supuesto que la historia venezolana del siglo XIX estuvo signada por un delirante culto a la personalidad del caudillo militar atiborrado de medallas y medallitas, de condecoraciones y charreteras por esa otra horda de eunucos, émulos y adulantes palaciegos representados en los intelectuales oficialistas del paezato, el monagato, el guzmanato, etc. De tal modo está impregnada nuestra historia patria de heroísmos y de cruentas e incruentas escaramuzas, de batallas y golpes de medianoche, de zancadillas y puñaladas traperas, que gran parte de la historiografía vernácula es un compendio de fechas luctuosas y de cronologías lúgubres y de traiciones recíprocas entre los grandes figurones de la historia oficial que, en mala hora, han conducido al país al lamentable despeñadero en que hoy yace. Es hacia finales de la década de los setenta del siglo XX cuando comienza en Venezuela a adelantarse con pretensión de rigurosidad los estudios e investigaciones serias, fundamentadas metodológicamente, sobre historia de las mentalidades, vida cotidiana, historia oral, cartografía del espíritu, semiología de las costumbres, microhistoria. De modo que ya a comienzos de los años ochenta del siglo pasado los historiadores venezolanos afincaban su interés teórico y metodológico sobre lo que para muchos de sus colegas eran extrañas expresiones del espíritu y de la subjetividad inquieta y sedienta de conocimiento. No es que la historia econométrica haya perdido prestigio o el determinismo economicista haya perdido interés académico o epistemológico; es que la historia como disciplina ha recuperado su atención sobre el presente y, en consecuencia, sobre las nuevas necesidades que trae consigo el nuevo y siempre inédito discurso narrativo. Los grandes récits de la historiografía occidentalista no abarcan ni dan cuenta de las inmensas especifidades que cada vez surgen con más fuerza de las aceras del orbe. La historiología se ha vuelto menos hierática y ha adoptado un aire más caprichoso, o sea más humano o más cónsono con las expectativas de quienes padecen la historia. Aunque continúe prevaleciendo lo que Enrique Bernardo Núñez llamaba con no poco acierto «la historia enteca y amañada» hoy, en los albores de un nuevo siglo, observamos visos del surgimiento de una historiografía más orientada al análisis y a la reflexión e interpretación de las motivaciones e ideaciones colectivas. A estas alturas del devenir del espíritu de nuestra nación la historia se repiensa sobre supuestos más plurales; por tanto más democráticos. Una diversidad plurisignificante busca, con denuedo, nuevos espacios de aceptación dentro de la no muy numerosa comunidad de historiadores venezolanos. Hasta hoy la historia del acontecimiento ha logrado vencer pero «no ha podido convencer»; y mientras tanto nacen, sin cesar, corrientes subterráneas (intrahistóricas las llamaba don Miguel de Unamuno) que lentamente van configurando un estado anímico colectivo ansioso de expresarse llegado el momento apropiado para hacerlo. Tampoco es suficiente interpretar los hechos históricos tal cual nos son dados por el sentido común, pues cada día es más urgente e insoslayable interpretar «la interpretación» de esos hechos y cuando tal reinterpretación se acomete surge el imperativo de recusar los fundamentos éticos del discurso historiográfico. Esta labor propia de los historiadores supone asumir responsablemente la impugnación de la falsa legitimidad y del endeble prestigio conceptual del discurso histórico que gobierna nuestro presente. Porque nadie en su sano juicio puede negar el carácter doctrinario, ideologizador y «evangelizante» que exhiben los enfoques históricos que, a su vez, hacen lo imposible por instituirse y dejarse aceptar oficialmente como la última y única justificación de lo real.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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