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Sección: Bitblioteca
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Un bongo remonta el Arauca El Nacional, sábado 17 de octubre de 1998, p. A-6 «Es increíble que haya muerto..., dijo Mateo Martán, mientras se arreglaba el nudo de la corbata frente al espejo de su cuarto. Iba a asistir a una ceremonia fúnebre, sin saber que esta acabaría siendo su propio funeral. Desde allí en adelante, el superintendente será conducido a través de los diferentes pasos de un ritual funerario, mientras busca agujeros por donde le sea posible echar una mirada a su pasado o gravitar por sobre los fragmentos de un presente, que se manifiesta en su conciencia de modo incoherente y absurdo». En este momento, una voz gruesa gruñe amenazadora por encima de la pantalla del ordenador y es como si me clavara en ella con el índice: «¡Acabas de citar el primer párrafo de Los pequeños seres me increpa una de tus novelas y para mayor atrevimiento la primera, si no me equivoco!». La presión de un zapato se aplasta en mi nuca y un sabor de tierra me llega a la garganta. Es el mismo lector ofendido, que acaba de ponerme boca abajo. «¿Es que no sabes que en ningún caso se permite hablar de uno mismo en un artículo? ¡Devuelve enseguida todo lo que has dicho!». «Lo siento», replico con un hilo de voz. «No podría hacer eso, sin maltratar gravemente mi vanidad. Que quede como está, por favor; pero que no conste en acta». Se habla de la frase inicial de un libro y se asegura que toda la inspiración ha quedado allí, burbujeando como un caldo espeso, donde debemos mojar nuestro pan antes de proseguir. Para el escritor, es la frase con la que nos despedimos de todos, antes de partir en un viaje que invariablemente nos llevará hacia nosotros mismos. Mas, ese bongo que remonta el Arauca, ¿de dónde tiene que salir exactamente? Casi todo el mundo está de acuerdo en que el arranque de la narración, viene a ser como la fijación del tono; el dedo puesto sobre la cuerda, listo para atacar el primer compás, la primera línea y el soplo que empuja suavemente al lector para meterlo en la corriente. «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme no ha mucho tiempo había un hidalgo...» y así nos vamos detrás de Don Quijote. Para el escritor, la frase inicial de su trabajo, es el foco que ilumina de golpe el panorama entero; un paisaje a futuro, que todavía no podemos ver, pero que nos parece presentir con todos sus secretos, como un cuerpo bello y desconocido que se nos pinta en la imaginación. Pero no siempre es así. Más bien raramente es así. Con más frecuencia, el material de que disponemos, después de ese tiento inicial, se nos empastela dos o tres pasos más allá y la pluma parece que muerde el papel y se queda estancada en la mitad de una palabra. Con dificultad, alcanzaremos a llegar al final de la página, hastiados, impacientes y amargamente convencidos de que todo acabó para nosotros. Bueno... dejémoslo todo como está, por ahora. Mañana, ya veremos. Pero ese es el aspecto triste de la historia, sobre el cual es prudente correr el silencio. Son calamidades profesionales. Quien no escribe, no las sufre y por lo tanto, lo tienen sin cuidado. No soy yo, quien va a perder la tranquilidad a causa de las dudas y terrores de la mente, que pueda soportar, por ejemplo, el gato Galarraga, nuestro jonronero de las Grandes Ligas, cuando se cuadra con el bate a esperar la pelota. Allá ese caballero en su trance. Nosotros, simplemente, nos arrellanamos en los cojines, esperando el «jonrón». En lo que concierne a la poesía, el asunto se pinta diferente, a mi modo de ver. Porque el poema no promete nada. El trato del poeta con el lector no comprende gratificaciones para más adelante o la dádiva de una restauradora sorpresa final. El primer verso, es una puerta que se entreabre a un espacio sin demarcaciones ni señales visibles. La lectura va disponiendo el ritmo, el tempo de la respiración; es como si en cada toma, el poema entrara en el dominio de lo físico y nos hiciera comprender, trasponer lo no visto. Pero no toda imaginación despierta en la primera página. Siempre he creído, que la novela moderna comienza en el capítulo XXI del Quijote, donde Cervantes narra la aventura del Yelmo de Mambrino. «En esto, comenzó a llover un poco»... La armonía contrapuntística que se producirá a partir de ese comienzo, se levantará por encima del tiempo y acabará derramándose un día en nuestra mesa, haciendo flotar nuestros papeles. Por cierto, Dostoievski parecía convencido de que esa marca en la historia de la literatura, pertenecía a Gogol, su paisano, por una de sus magistrales novelas breves, El Abrigo. En efecto, desde entonces, el pequeño empleado Akakij Akakievic, no dejará de conducir su sombra acobardada por las callejuelas de Moscú, a manera de un arabesco extravagante y burlesco, que más tarde y por sus propias fuerzas entrará bailoteando en el próximo siglo; pero esa fantasmagórica aventura nos asombra apenas ayer. Espectros de esa naturaleza, transitaban ya en sueños más antiguos. La frase de Cervantes, viene a poner en claro que el punto donde sus personajes acaban de reanudar la marcha, es un esto, no un aquí. En esto, ha dicho. Es decir, en un instante que podría ser ahora mismo; pero ¿cuál de los ahora mismo, si estamos parados frente el paso fortuito e irrepetible del tiempo? Hasta llegar a ese cruce de caminos, habíamos venido siguiendo las huellas de Don Quijote y Sancho en una aventura sin futuro; tan impredecible, fortuita y desalentadora como llegaría a ser, siglos más tarde, el tránsito pedestre de Leopoldo Bloom, «el pequeño viajante de comercio judío» a través de las calles de un Dublín hollinoso, copia infértil de una naturaleza desequilibrada que jamás se rendirá al deseo. «Conserve, conserve, conserve su derecha. Trapos y huesos, a medianoche. Un reductor de objetos robados, probablemente. El primer sitio adonde recurre un asesino. Allí se lavan los pecados del mundo». Joyce, jamás nos dejará saber lo que le espera en la siguiente esquina a su criatura; así como ignoramos adónde irá el Quijote, después que abandonó a Alonso Quijano y dejó atrás la vida rutinaria, disciplinada y predecible de la aldea. Y resulta, que en una calle del gueto de Praga en 1890, Franz Kafka comienza su relato de La Metamorfosis. «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto». (La traducción pertenece a Jorge Luis Borges). Y esto es como empatar el hilo con nuestras propias manos; porque no estamos en el país de las hadas, donde estos cambios de estado y condición se producen a cada momento, sin sorpresa alguna para el lector; por el contrario, el modesto agente viajero viene a ser, como si dijéramos, un Rafael Rodríguez; uno más de la acera, que volvió ayer tarde a su casa, fatigado, y se tendió a dormir y despertó en el cuerpo de un escarabajo. El también como el hidalgo, abandonó la vida regular, renunció a sus estancos compartidos y ha empezado a moverse en otra dirección; aunque el espacio real de que dispone, sigan siendo las paredes de su pobre casa y sus espectadores, los miembros de una enmortecida familia. Existe en la jerga publicitaria una expresión, el monstruo, para designar la pieza virgen que todavía tiene que ser pulida, repasada y metida en tiempo, lo que se consigue apretando tornillos, emparejando bordes, taponando fisuras hasta que el texto diga finalmente lo que es necesario que diga en veinte dramáticos segundos. Pues, también nuestra página en blanco es un monstruo que será necesario domar, doblegar y hacerla que nos obedezca. Corregir, suprimir, pulir pero teniendo por delante lo que nos advierte Juan Calzadilla en uno de sus luminosos aforismos. Cito de memoria: no hay que pulir demasiado, porque podemos quedarnos sin nada. Por otra parte, a la gente le gusta meter el ojo para averiguar cómo se hacen las cosas. En muchos aspectos seguimos siendo el muchachito que le abre la barriga al muñeco para ver qué tiene adentro. Nos gusta atisbar al alquimista en su laboratorio. ¡Ya vamos a saber cómo se hace el oro! Por eso los maestros escaparon de la curiosidad profana, redactando sus textos en enigmas absolutamente indescifrables. El enigma, pensaban, es la sustancia de toda verdad y la razón, sólo su ropaje indigente.
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