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Sección: Bitblioteca
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Los sobrevivientes de la pensión El Nacional, sábado 10 de abril de 1999, p. A-4 Cuando el provinciano insolvente llegaba a Caracas, lo primero que tenía que saber era por dónde iba a empezar. La ciudad que los años 40 se nos aparecía como un rompecabezas con todas las piezas en desorden. Aparte de unas cuantas manzanas centrales, en las que sobrevivía el antiguo damero colonial, lo demás parecía que lo estuviéramos viendo en un sueño. Cada esquina que doblábamos, era como empezar de nuevo. Si intentábamos fijar un punto con la intención de regresar a él más tarde; una ventana, los escalones de una acera, el balcón oxidado de una fachada; pronto nos dábamos cuenta de que jamás íbamos a volver a ver ese lugar. Nadie podía decirnos dónde estaba; ese trozo sin nombre no aparecía en el plano o era que en realidad no existía un plano verdadero de Caracas. La velocidad con que ocurrían los cambios en el semblante urbano; la arbitrariedad, la incoherencia, las intervenciones fortuitas del azar, no permitían que se produjera la racionalidad del plano. Es cierto que mi memoria de hoy guarda fragmentos de vecindario perfectamente definidos y hasta de pronto me parece descubrir algo desde la ventanilla del carro y me invade el impulso de detenerme y correr hacia allá, murmurando, te descubrí maldito, te cacé, estás idéntico, ahora ya no te me vas a escapar; pero sé que no tiene sentido. Voy a tropezarme con cualquier cosa; una pirueta creada por la distancia. La ventana que había visto, es otra; ese pedazo de pared no estaba aquí, antes había otro olor bajo mis pies. Y es que el casco de Caracas es el tablado de un teatro vacío. Las escenografías semiderruidas que quedaron allí abandonadas, parece que no se resignan a desaparecer y continúan agregándose unas a otras y dando lugar a las más disparatadas combinaciones. Fue de esta manera como los recién llegados percibimos la nueva situación, casi desde el mismo momento en que descargamos nuestras humanidades polvorientas en la esquina de Punceres, donde tenían su parada final los autobuses de Occidente. Aquel fue el primero de esos recodos urbanos que seguirían arañándome la imaginación desde allí en adelante. Un imprevisible callejón, se abría hacia la derecha y por allí, sólo a unos pocos metros, la perspectiva se veía interrumpida de golpe, cortada a ciegas por un amontonamiento de volúmenes y planos desiguales. Era la proximidad del misterio. El escalofrío del terror como en una novela de Conan Doyle. Ya el pueblo de donde venía se me había salido de los ojos y apenas tuve valor para engrosar la voz y ocultar la vergüenza, al gritar, «la mía es la que dice leche Klim», para que el muchacho me lanzara, desde la parrilla del autobús, la caja de cartón atada con cabuyas, que constituía mi único equipaje. Y fue una mezquindad del azar lo que no me permitió, esa mañana, haber cambiado la mirada, para descubrir a un caballero capitalino, que en ese momento salió a una puerta y se detuvo un momento en el umbral, antes de decidirse a seguir por la acera. Por un momento, aquel hombre de mediana edad, pero con cierto aire juvenil, picaresco; el semblante cuidadosamente tallado, el cabello pronto a encanecer, se entretuvo observando la escena. Debía vestir de gris, sombrero de fieltro con el ala caída hacia adelante, corbata negra cuidadosamente anudada, y sin duda bastaría con verle la cara, para darse cuenta de que era una persona fuera de lo común. En su mirada, al parecer indiferente, se insinuaba una chispa de humor incisivo. Encima de la puerta se leía, «Hotel Cervantes». Era don Julio Garmendia. No sé si alcanzó a reparar en el muchacho que recibía la escuálida maleta o si llegó a comentar para sí, sin mayor interés, «se parece a los hijos de mi primo Ezequiel». Pero ese no fue el caso. La historia iba por otro lado. Había que continuar. Para el recién llegado, la pensión caraqueña fue el sustituto de la casa perdida y añorada. Era la guarida, establecida en el lugar del reino. No había ábrete sésamo, que tuviera el poder suficiente para abatir el enorme candado con que doña Rafaela, la propietaria del establecimiento, cerraba cada día su nevera. Pero a veces, asomándonos por una orilla de su camisón, veíamos resplandecer allá adentro una gran lata de mantequilla Brunn, con la tapa superior levantada como queriéndome sacar la lengua. De todas maneras, le pregunté: Doña Rafaela, ¿por qué no pone esa mantequilla en la mesa? ¡Ah, sí! ¿Para qué se la coman? A «la garita» se llegaba por una escalera de madera casi vertical, con los peldaños carcomidos. Adentro, el aire pesado de la siesta se empecinaba en suprimir cualquier intento de comunicación oral entre los huéspedes. En su lugar, circulaban de una cama a otra ciertos sonidos corporales, de una procedencia sin duda más brutal y primitiva. Se oye un silbido opaco como de flauta rota. Mi compañero permanece como si nada. Oye, le digo. Con ese no espantarías un pájaro. Entonces, ¿quieres que saque la artillería pesada? Si lo haces, que sea con municiones de salva. ¿Por qué? Porque hay olores que matan. La dueña tenía una sobrina pizpireta que dormía en una especie de jaula de madera, detrás de la cocina. En las tardes, la escuchaba cantar a voz en cuello, de una manera que sólo podía inspirar desaliento. Durante mucho tiempo, me entretuve urdiendo encuentros imaginarios con ella en los que siempre aparecíamos desnudos. Pero, aparte de uno que otro encuentro fortuito bajo los tendedores del traspatio, entre nosotros no hubo nada más que miradas y olor a jabón de lavar. Una madrugada, tropecé con un pensionista que venía escurriéndose por el corredor principal. Caminaba agachado y en puntillas, pegado a la pared. Vi que llevaba una maleta abrazada contra el pecho. Hablamos sólo con la respiración. ¿Qué andas haciendo, compañero? Debo tres meses de pensión y me estoy escapando, ¿Y tú, adonde la llevas? Yo también me escapo. Pero cómo, si vas directo a la cocina. Es que voy a escaparme, pero con la hija de la dueña. Tres días más tarde, un agente de policía me trajo de nuevo a la pensión, agarrado de un brazo. Ella caminaba delante, balanceando los brazos y taconeando con el par de zapatos que le había regalado el primer día de nuestra aventura. Doña Rafaela no pudo decir nada. Se tapó la cara con las manos y estalló en sollozos. En ese momento, desapareció de mi vista su mirada de vieja avara y comprendí que era una criatura desvalida y enferma y empecé a tener piedad de ella. La chica era nada más que su recogida. La tenía con ella desde niña. El policía que me trajo era un gordinflón ahijado de la anciana, que venía a la pensión por las noches. Se sentaba junto a la lámpara del recibidor y leía novelas de Xavier de Montepin. Para lucirse ante la dueña, que le daba gratis de cenar, me dio un empujón por el brazo y exclamó: ¡Métete en tu cuarto, ladrón de honras! Esto, debió haberlo leído en La Panadera. Nunca llegué a saber por qué esta señora no me echó de su casa después del incidente con su hija. Tal vez, fue porque le pareció menos complicado el que hubiera sido un zángano como yo, quien finalmente tomara el bisturí. La pequeña, regresó a sus labores con la misma cara. Por mi parte, el haberla visto tantas veces en cueros, ya no me permitía imaginarla de esa manera. En la mesa, ella me ponía por delante el plato y sin que pudiera imaginar por qué, metía y sacaba por tres veces seguidas su dedo índice en mi sopa. Luego, se llevaba el dedo a la boca y lo chupaba ceremoniosamente. Así, volvía la espalda y salía batiendo el traserito como si pasara un plumero. Estas, fueron algunas de las razones por las cuales, uno de esos días, sin apenas pensarlo me largué para siempre de esa casa. Entraban los años cincuenta. Por todas partes las palas mecánicas levantaban polvo. En la radio, recitaba Pancho Pepe Cróquer. Cantaban las reinas del bolero. Luis Alfonso Larrain marcaba el paso. Las pensiones de estudiantes ya iban desapareciendo en la nueva Caracas.
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