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Fuga de maestros

El Nacional, domingo 26 de agosto de 2001


Lucía y Aníbal Nazoa en el 30º aniversario de la publicación de las Obras incompletas (foto El Nacional)

Con la muerte de Aníbal Nazoa se confirma de nuevo la evidencia de que 2001 será recordado como el año cuando Venezuela perdió de improviso un puñado de sus mejores hombres de las artes, las letras y el pensamiento. Enero se llevó de un solo golpe a Úslar Pietri y a Liscano. Febrero, a Caupolicán Ovalles. Marzo hizo lo mismo con Antonia Palacios, y abril, con Graciela Naranjo y el chino Hung. Mayo, con dolorosa contundencia, nos quitó a Salvador Garmendia, Raúl Agudo Freites y Jesús Rosas Marcano, quien viajó con su sonrisa eterna. Junio nos dejó sin el maestro Rafael Briceño y julio sin el poeta Pedro Francisco Lizardo. Y ahora este cálido agosto, 25 años después de Aquiles, se lleva para siempre a Aníbal y sus oficios.

El asunto puede no ser otra cosa que una trampa del azar, una coincidencia infeliz, un golpe bajo más del infortunio para una nación que viene de vivir épocas malas y a la que le ocurre esta saga mortal precisamente cuando más requiere de grandes inteligencias y desbordantes imaginaciones. Un agorero pesimista puede verlo como una señal de los tiempos que vivimos, argumentando que no se trata de un hecho biológico, pues no todos los que se nos han ido pertenecen a la misma generación ni habían cumplido su ciclo vital. Por el contrario, algunos, como Caupolicán, apenas si habían cruzado la esquina de los 60 años y andaban por calles, librerías y barras mostrando una presencia vigorosa y festiva que los alejaba, al menos en apariencia, de los listados de la muerte. Un astrólogo serio seguramente podría mostrarnos el modo como en la cartas astrales de cada uno de ellos, o en la carta astral del país, si es que eso existe, estaba claramente prevista esta confluencia triste. Un historiador ortodoxo podría intentar demostrar —fechas de nacimiento en mano o currículos de por medio— que se trata del fin de un período que comenzó allá por los años 30, cuando Úslar, el más anciano de los idos en el año, y Gallegos, comenzaron a darle forma a una escritura que significó el inicio de la literatura moderna del país y de nuestra primera presencia internacional desde los tiempos de Bello. Y hasta puede haber un fanático que explique tantas desapariciones juntas como un claro efecto de la depresión colectiva que produce entre los intelectuales nuestro mal gobierno.

Explicaciones puede haber muchas, porque, efectivamente, más allá de lo fortuito y del dolor de las familias y los amigos, que ya es bastante, se trata de una gran pérdida nacional, en el más estricto sentido del término. Se trata, y de ese modo hay que valorarlo, de un país que en aproximadamente ocho meses pierde a dos de sus grandes narradores de todos los tiempos, Úslar y Garmendia; el primero, además, convertido, por más de medio siglo, en el sacerdote mayor del mundo intelectual venezolano; el segundo, en uno de los seres más queridos de nuestro ambiente literario, y emblema certero de lo que significa la dedicación sincera a la escritura como oficio vital e impostergable.

Hablamos de un país que en cosa de meses pierde a un trío esencial de poetas, Liscano, Caupo y Pedro Francisco Lizardo, vitales también los tres en nuestra vida cultural. El último, como conductor de instituciones entre las que se incluye el buen momento de la televisora del Estado; el segundo, como inefable líder de un movimiento no institucional y de un modo de estar en el borde mismo del riesgo creativo y el desenfado político; y el primero, Liscano, como uno de los artífices de la institucionalidad cultural pública y pionero de los estudios de nuestra cultura tradicional. De la misma talla son los demás: pioneros, inventores, laboriosos, productivos y comprometidos con sus haceres hasta el final de sus días. Freddy Reina, por ejemplo, le entregó su vida a un instrumento, el cuatro, contribuyendo a llevarlo al lugar que hoy ha alcanzado como solista en nuestra música tradicional y moderna. Jesús Rosas Marcano combinó por largas décadas su dedicación como pionero al periodismo infantil, la composición de canciones que ya forman parte esencial de nuestro repertorio de clásicos populares y su generoso oficio de columnista, poeta y humorista con una insigne dedicación a la docencia universitaria. Lo mismo representan Graciela Naranjo, un prodigio del canto en la mitad del siglo, que gracias al esfuerzo de Alberto, su hijo, tuvo la felicidad de despedirse de este mundo dejando su voz en un CD recientemente grabado; Antonia Palacios, quien da fuerza a la presencia femenina de la literatura del siglo XX y se convierte, por generosidad pura, en la anfitriona de auténticas escuelas literarias en donde acendraron vocaciones, en medio de sus 20 años, muchos de quienes hoy conocemos como grandes oficiantes y nuevas voces de la literatura nacional; y Raúl Agudo Freites, analista minucioso, a quien entre otras cosas le debemos su condición de protagonista de excepción en el inicio de la investigación sobre el periodismo y la comunicación en nuestro país.

No es poca cosa. Seguramente se me escapará algún nombre valioso, pero lo cierto es que este conjunto de hacedores —este abanico de oficios y obras que, colocadas juntas, resultan monumentales— retrata y expresa de la mejor manera el tránsito que vivió Venezuela del atraso y el oprobio heredados del siglo XIX, y continuado por un largo rato del XX, hacia el esfuerzo modernizador, antimilitarista y de construcción de la democracia que se produjo a partir de los años 40 y que de modo incesante, con sus marchas y contramarchas, nos ha permitido —a pesar de todas las desgracias recurrentes— convertirnos en una sociedad mejor. Más libre y creativa.

Hasta hace muy poco tiempo, era frecuente que alguien, por escrito o en voz alta, se lamentara: «Lástima que no esté Cabrujas para saber que hubiese escrito o dicho sobre este caso». De ahora en adelante son tantos otros los que extrañaremos, entre ellos a Aníbal Nazoa, a quien varias generaciones de venezolanos conocimos y leímos prácticamente desde el mismo día en que comenzamos a leer periódicos, y de quien hasta la semana pasada continuamos siendo fieles lectores. Como no pude ir a su entierro a expresarle mi gratitud como lector y mi afecto de amigo, celebro su vida y su constancia desde esta página ejerciendo un oficio, el de columnista, que sin duda alguna comencé a aprender en la escuela primaria leyendo entusiasmado a Matías Carrasco.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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