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Borges virtual

El Nacional, domingo 22 de agosto de 1999
Paula Maciel de Balbinder,
Borges e Internet

No suelo oficiar homenajes en esta mi columna semanal. En estos tiempos descreídos es esa una práctica sospechosa capaz de hacernos perder el favor de los lectores. Pero el próximo martes 24 se cumplen cien años del nacimiento de Jorge Luis Borges y no he podido privarme del placer de unirme al concierto de palabras que, como millares de espejos que se reflejan entre sí, recorren el mundo multiplicándose para celebrar la ocasión.

Quienes tuvimos la suerte de seguir su obra y sus desplantes públicos al menos en la parte final de su vida, no podemos dejar de cultivar una eterna devoción y liberar una sonrisa cómplice cada vez que escuchamos o pronunciamos su nombre. Porque Borges además de haberle dado un nuevo y maravilloso sentido al idioma de Cervantes, nos enseñó a cultivar una absoluta fascinación por el mundo de los libros, las ideas y las ficciones en medio de un subcontinente caracterizado por el culto a la acción, al volumen de los testículos y al ejercicio implacable del poder.

Borges, quien como pocos escritores del siglo XX logró convertirse en una invención de sí mismo —«al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta de un cancel», escribía en 1960— dejó una saga de ocurrencias, desplantes, pesadeces y genialidades que incluso han sido compilados, a manera de catálogo, y son continuamente celebrados en las páginas literarias de todo el mundo. Entre esos desplantes recuerdo vagamente pero con especial alegría su respuesta a un periodista allá por los días más crudos y crueles de la dictadura presidida por Galtieri.

Borges había sido acusado por la intelectualidad de izquierda de hacerle la corte a la dictadura al no fijar posición pública de rechazo contra ella. El periodista, aprovechando la situación, le preguntó: «¿Qué opinión le merece el gobierno militar?». Y Borges, en su acostumbrado tono de evasiones contundentes respondió algo así como (cito de memoria): «Qué se yo, un gobierno de militares debe ser algo tan bueno o tan malo como un gobierno de odontólogos, de taxistas, o de ingenieros».

Pero los desplantes de Borges no se encontraban sólo en sus declaraciones de prensa o en los contenidos explosivos de sus conferencias. Estaban inscritos en su propia obra concebida en ocasiones para explorar eso que Weber llamaba la «noumencidad» —una dimensión de lo social imposible de conocer— y, en otras, para mostrar de cuánta inutilidad, imbecilidad y arrogancia era capaz la especie humana ya en los delirios y caprichos que suscita el poder, ya en sus pretensiones omniscientes de conocer e interpretar el mundo tomándose a sí mismo como centro de todo lo creado.

Es lo que hizo con aquel famoso cuento del emperador chino que ordenó construir un mapa del tamaño mismo del imperio. O con el de los estudiosos que establecían como clave taxonómica de clasificación de los animales algo tan extraordinario como inútil: «a) Pertenecientes al emperador. / b) Embalsamados. / c) Amaestrados. [...] / f) Fabulosos. [...] / h)Incluidos en esta clasificación.» O, con una de sus más conocidas creaciones, la de «El aleph»: «el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.»

Sin embargo, mirado desde el presente, y haciendo una lectura rápida de los temas que permanentemente le interesaron, puede uno coincidir con quienes sostengan que Jorge Luis Borges fue, antes que un hombre de letras, un hombre de libros y, por tanto, de bibliotecas. Como ningún otro autor lo hizo explícito, Borges rindió prácticamente a todo lo largo del siglo XX un culto a los libros y, por supuesto, a sus autores. Culto que le permitió adentrarse en las más extremas alucinaciones, delirios y juegos de ingenio en torno a las posibilidades de que la vida —toda— exista o esté resumida en un libro extraviado en el anaquel de alguna biblioteca. O, a la inversa, como sostenía Mallarmé, de que «el mundo exista sólo para llegar a un libro».

De libros habló y escribió, amorosa y reveladoramente. De La divina comedia, hasta el cansancio. De El Quijote, con fascinación reiterada. De La Biblia, El Corán y Las mil y una Noches, como si fuera su obligación eterna. De La Ilíada, La Odisea, o El paraíso perdido de Milton, Don Segundo Sombra, de Kafka, Lugones, Coleridge, Wilde, Hawthorne y Withmann, por sólo citar los que más recuerdo, han quedado páginas extensas e irrepetibles.

Tal vez por azar —«aunque lo que llamamos azar no es más que nuestro profundo desconocimiento de las reglas que rigen el destino», pronunció en «Siete noches»— Borges se fue despidiendo de la vida en el mismo momento en que un nuevo soporte material —el CD multimedia y todas las posibilidades de la informática On line— hacía su entrada en nuestra vida cotidiana.

A partir de entonces, cualquiera de esos objetos llenos de sabiduría y escritura —La Biblia, El Corán, Las mil y una noches— pueden conservarse, con ilustraciones, música e imágenes de acompañamiento si así se desea, en uno de esos pequeños soportes menos grueso y notablemente más pequeño que la tapa de cualquier edición de lujo. Pero, además, gracias a esas infinitas posibilidades de la electrónica, la más disparatada de sus ficciones —como aquella idea de una interminable biblioteca ilusoria que contiene infinitos libros o libros que se repiten infinitamente— son ya realizables materialmente y accesibles incluso a un pequeño escolar en una computadora de ocho megas.

Un grupo de argentinos: Sergio Renán, Ricardo Piglia y Guillermo Kutica, produjeron hace dos años la Biblioteca Total, un Cd Rom interactivo en el que, además de recorrer la obra de Borges, se pueden jugar sus juegos del bibliotecario borgeano en «La biblioteca de Babel», uno de sus más seductores textos.

No soy de quienes creen que las nuevas tecnologías multimedia desplazarán definitivamente al libro impreso tradicional, pero encuentro como algo fantástico el culto de Borges a un objeto que al final de su vida varió de significado en lo que a la conservación de la memoria se refiere. Ahora más que nunca, aunque sea en bits, y en un pequeño disco, el delirio borgeano está asegurado: «sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta». Lo escribió en Mar del Plata en 1941.


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Paula Maciel de Balbinder,
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