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Cívico militar

El Nacional domingo 20 de febrero de 2000

No debería sorprendernos en demasía el primer y sonoro gesto de disidencia ocurrido en pleno corazón de la alianza estratégica de grupos y movimientos que condujo al poder al presidente Chávez. Las escisiones y exclusiones precoces son ya casi una tradición de la política latinoamericana, y ocurren con más pasión cuando lo que está en juego son intentos de ruptura con los regímenes políticos precedentes. En nuestros países, paradójicamente, siempre exhiben más cohesión quienes intentan defender los viejos poderes que quienes pretenden modificarlos.

Divisiones, y sobre todo exclusiones, hubo a montón en los primeros años de la revolución cubana, con víctimas tan diversas como Hubert Matos, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. Apenas regresaba al poder Acción Democrática bajo el gobierno de Betancourt, todavía frescas las huellas del perezjimenato, cuando se produjo la separación de los jóvenes izquierdistas que liderizaron el MIR y se ubicaron cerca del PCV. Tan fuertes y desgastantes fueron para Allende las presiones malévolas de Estados Unidos y la derecha local como el efecto divisionista y las demandas radicales del MIR y los trotskistas en el seno de la Unidad Popular. Y no había terminado de ocurrir el asalto final a Managua, cuando el FSLN, una vez dueño del aparato militar, comenzó a deshacerse de sus aliados —que habían contribuido a ampliar la base de apoyo a la extensa lucha guerrillera antisomocista—, creando así su propia y voraz oposición.

No menos memorable es la cruenta lucha interna que vivió, hasta su decadencia final, el bloque en el gobierno durante la peculiar dictadura de Velazco Alvarado en el Perú, ni el indetenible proceso de metástasis padecido por la izquierda venezolana, que —aun sin haber llegado al poder— desde finales de los 60 dio cíclicas pruebas de su intemperancia al condenarse una y otra vez al deletéreo trauma de las divisiones.

Dentro de esa cultura política, y como una tradición recurrente en gobiernos que se han constituido a hombros de alianzas muy plurales y diversas en su composición, hay que ubicar esta primera y sonora campanada de los tres comandantes que exigen al Presidente el retorno a las ideas y principios «puros» que, sostienen, ha comenzado éste a abandonar junto con algunos de sus aliados civiles. El gesto es el efecto previsible de la ausencia de un proyecto preciso y transparente, que unifique a todos los actores en una partitura común y coloque en un segundo plano los juicios meramente morales e ideológicos.

Esa es una dimensión. Pero hay otro ingrediente, sin duda más importante: el del conflicto entre lo militar y lo civil, que ha sido una constante en nuestra vida republicana y se expresa ahora con absoluta contundencia en los argumentos y en el lugar desde donde hablan los tres comandantes disidentes.

No es sencillo evaluar ese conflicto. No se le puede despachar desde principios legalistas, ni mirarlo con los mismos ojos con los que se les mira en Europa occidental o en Estados Unidos, desde naciones que han logrado construir instituciones sólidas, economías prósperas y amplia justicia social que confina lo militar a su razón de ser fundamental: el ejercicio del legítimo monopolio estatal de la violencia y el instrumento de la defensa nacional.

En América Latina, en cambio, lo militar, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, ha representado muchas y contradictorias cosas. En muchos casos, como en el Cono Sur, una fuerza implacable, asesina y destructiva, que frenó arbitraria y abruptamente el desarrollo de las democracias y los proyectos de cambio socialista. En otros, como en Cuba y Nicaragua, y gracias a la epopeya guerrillera, un factor libertario y antidictatorial, que experimentó luego la paradójica tragedia de dejar de ser ejército rebelde y pasar a convertirse en ejército oficial. Y en algunas naciones, como el Perú de Velazco y la Panamá de Torrijos, una experiencia ambigua, que comenzó como compromiso popular y de soberanía nacional y terminó —¿nos acordamos de Noriega y de Morales Bermúdez?— en denigrantes situaciones que pusieron en peligro la propia soberanía de sus naciones.

Mirado en su conjunto, puede decirse que en estas tierras latinoamericanas se han probado todas las formas posibles de participación militar en procesos políticos que guardan en común la idea de «la recuperación nacional». Y, hasta ahora, evaluando caso a caso sus resultados, lo único que parece quedar claro es que todas ellas han sido condenadas al fracaso, toda vez que la presencia y la lógica militar intentan colocarse por encima, excluir o condicionar la participación civil.

Lo militar, para que no deje de serlo, está sustentado en rígidos principios de autoridad y obediencia. Su presencia, por tanto, estará siempre limitada a aquel tipo de actividades humanas que, como la Iglesia, requieren para su subsistencia de rígidos principios, que son precisamente los espacios de la fe y la razón de Estado. Las demás áreas humanas, para que se desarrollen, progresen y tengan fuerza innovadora, requieren en cambio de la libertad, la discrepancia, la flexibilidad y, en el caso de la ciencia y las artes, hasta de la irreverencia plena.

Presiento que es eso y no otra cosa lo que ha venido a recordarnos la aparición de los tres comandantes. Me hubiese gustado escuchar a Arias Cárdenas exponer sus ideas hablando desde su condición de gobernante civil, que bastante ya lo ha sido, sin necesidad de tener que ampararse, como justificación y como mérito fundamental, en la circunstancia de haber participado como líder del 4-F, y haber sido exitoso en sus misiones estratégicas. Es una manera de poner en escena de nuevo el conflicto entre lo civil y lo militar, y una manera de obviar que en esta larga lucha para devolverle a Venezuela su dignidad y su bienestar, los comandantes del 4-F son otros actores, que tienen tantos méritos como las masas irredentas del 27-F, los civiles —militantes o no del Polo Patriótico— que por décadas han denunciado los horrores del viejo poder y explorado nuevos caminos, y los veteranos militantes de diversas luchas sociales que han ido creando —juntos— un proceso que comenzó mucho antes del fallido golpe. No entenderlo es lo que ha llevado a la cultura política de la metástasis y a la derrota de tantos procesos que intentaron redimir al pueblo y terminaron encarcelándolo.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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