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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Lo que comienza

El Nacional domingo 28 de noviembre de 1999

Como lo anuncian las encuestas y toda Venezuela lo sabe, a menos que ocurra algo absolutamente inesperado, el próximo miércoles 15 ganará el Sí. El No, por su parte, obtendrá una votación minoritaria pero significativa y emblemática. La abstención seguramente se mantendrá en ese porcentaje más o menos persistente de electores que desde hace años cancelaron hasta nuevo aviso la obligación de participar en cualquier elección, incluyendo las presidenciales. Y, sin embargo, los venezolanos habremos aprobado otra más entre las tantas pruebas que la historia reciente nos ha puesto para verificar cuán sólida y recuperable es nuestra democracia.

Chávez y su proyecto saldrán ratificados y fortalecidos por el apoyo popular. Los partidos y los liderazgos tradicionales ubicados claramente en los territorios del No, recibirán una nueva muestra del desprecio del que son objeto por parte de las mayorías del país. Y las figuras independientes emergentes que intentaron liderizar la opción por el No, sin hacerlo necesariamente por las mismas razones que los sobrevivientes del bipartidismo adecopeyano, habrán recibido evidencias contundentes para comprender la solidez de la ruptura que se produjo con la vieja manera de hacer política.

Una ruptura que tiene su más clara expresión en el hecho de que toda opción que esté o parezca asociada a los viejos actores políticos, no importa cuán correcta o legítima sea, al menos por los momentos terminará ineluctablemente condenada al rechazo popular. Es como si los electores venezolanos pensaran: «Déjenme ver qué cosa apoyan AD y Copei, para yo hacer exactamente lo contrario».

En definitiva, más que el acto de aprobación de un nuevo texto constitucional, lo que se habrá sometido a votación es el apoyo o el rechazo —incluso el apoyo condicionado, como el que muy bien encarna Escarrrá— a las propuestas de cambio que se comenzaron a desarrollar con el arribo de Hugo Chávez a la presidencia de la República. Lo demás, los contenidos precisos de la Constitución, ya sea en sus aspectos evidentemente consensuales, ya en sus desviaciones militaristas, centralistas o presidencialistas, que tantos análisis, suspicacia y rechazo han suscitado especialmente entre sectores profesionales de las clases medias, no habrá sido reflexionado seriamente —ni siquiera escuchado— por las mayorías al momento de tomar la decisión.

Lo que habrá operado en la conciencia de los electores no será el resultado de una profunda convicción y complacencia en torno a los contenidos del proyecto de Carta Magna, sino algo parecido a la renovación de una visa a un equipo gobernante que todavía encarna y expresa, como ningún otro sector de la sociedad, las ilusiones de cambio que el país mayoritario expresó en las últimas elecciones nacionales.

Y esa condición ha sido manejada con absoluta destreza por el presidente de la República, quien —haciendo uso de su reconocido talento comunicacional, su oficio de predicador y la ascendencia moral que ha alcanzado, especialmente sobre los venezolanos de menores recursos— colocó el debate precisamente en un terreno simplificador pero invencible: el de la oposición entre conservación y cambio, pasado y futuro, puntofijismo o renovación, corrupción versus honestidad, como correlato de las opciones entre el Sí y el No.

Es simplificador porque, efectivamente, todos sabemos que ni el Sí ni el No, como opciones electorales, son monolíticas, y que la complejidad ideológica y ética de la Nación no es posible simplificarla en sólo dos bandos. Uno, de buenos e impolutos, que estarían con el Presidente; y otro, de malos, corruptos y reaccionarios, que estarían en su contra. Uno donde todos apestan como Lusinchi y otro donde todos son nobles y visionarios como Bolívar.

Pero la lógica es invencible porque, obviamente, frente a la inexistencia de terceras opciones en las que se pudiera, por ejemplo, fijar por escrito con cuáles capítulos se está en desacuerdo, el sentimiento de rechazo hacia lo anteriormente existente es tan grande que a una buena parte de los electores, y entre ellos me incluyo, les resulta éticamente imposible votar No. Es decir, no renovarle la visa al gobierno y abrirle en cambio la puerta a la recuperación de la vieja política. Así de simple.

Por eso el gesto de Escarrá, el de votar Sí con el compromiso militante de promover enmiendas en el futuro, se ha convertido en un acto de liberación para muchos de quienes aún hoy siguen indecisos ante el problema de cómo reforzar el cambio sin tener que pagar el precio de comprometerse con una Constitución con elementos de dudoso carácter democrático. Pero su gesto —análogo a la posición de Jesús Sanoja Hernández, quien anunciaba en su columna de la semana pasada (El Nacional, 03-12-99) que votará nulo como una «particular» manera de protestar tanto el presidencialismo autoritario como el pasado que se niega a reconocer sus culpas— comienza además a inaugurar lo que inequívocamente se percibe como una necesidad del futuro: el surgimiento de una opción política que, acompañando el proceso de cambio, y con profunda capacidad de condena y distanciamiento con el pasado, sea capaz de enfrentarse valiente y democráticamente a los excesos y desmanes autoritarios que con frecuencia podemos percibir en el nuevo poder.

Y hay algo más. Lo que diferenciaría esta opción de tantos movimientos que se han gestado en los últimos años en la sociedad civil venezolana sin lograr diferenciarse de AD y Copei, es la necesidad de asumir el punto de vista del compromiso con la erradicación de la pobreza. En la Venezuela contemporánea no basta ya con hacer juramento de fe en la democracia como forma de convivencia, si esto no va asociado a una profunda sensibilidad y a una voluntad de compromiso con los excluidos. No pude haber democracia real en una sociedad llena de carencias elementales. Pero las carencias —y esta es la otra cara de la moneda y la fuente de dudas en torno al proyecto que pueda existir en la cabeza del comandante— no se superan sólo con buena fe o con puro coraje político. Es necesario talento, inteligencia y, sobre todo, conocimiento y experiencia técnica y gerencial, que no se improvisan. Es la próxima prueba a vencer, ahora que ya no hay más justificaciones que buscar en las artimañas del viejo poder.


Por qué sí y por qué no
Tulio Hernández en La BitBlioteca


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