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Homologados

El Nacional, domingo 19 de agosto de 2001

La sensación de que los venezolanos vivimos pendularmente, sin puntos medios, entre la exaltación eufórica del país y el sentimiento de desprecio hacia lo que somos, me asalta periódicamente. Un artículo de Laureano Márquez —«Somos una plastica» (El Nacional, 14-08-01)— y una confrontación televisiva —protagonizada por Tarek William Saab y Sergio Omar Calderón el pasado lunes 14— me han hecho reavivar tal sensación, recordándome cómo el proceso de desencanto que vivimos desde hace más de una década, ha reforzado uno de los polos de ese péndulo: el del desprecio, que se ha vuelto una constante en los modos locales de pensar, sentir y debatir.

Márquez lo ha expresado muy bien. «El Gobierno», escribió, «está convencido de que la oposición es excremento humano, y la oposición, de que el Gobierno es pupú de perro». «La gravedad de tan escatológicos juicios», añade luego, «no deriva de la falsedad de estas dos proposiciones, sino de la sospecha de que ambas son veraces».

Como suele ocurrir, el desplante jocoso se convierte en fiel descripción de la realidad. En el presente —salvo los muy fanáticos o los muy optimistas— son minoría abierta los venezolanos que se sienten plenamente satisfechos y orgullosos, ya no por aquello que representamos como nación, lo que sería mucho pedir, sino por las actuaciones públicas del propio bando al que se pertenece o por el que se simpatiza políticamente.

Tal como están las cosas, una buena parte de los venezolanos —un poco menos de la mitad— padece al Gobierno y sus más conspicuos representantes no desde la perspectiva de la crítica y el cuestionamiento —que es lo propio de la oposición en cualquier democracia—, sino desde el desprecio, el desdén, y en muchos casos, como frente a la celebración del cumpleaños de Fidel, la pena ajena.

Pero, a su vez, esos mismos sectores —porque no son homogéneos en su interior— carecen de motivos suficientes para sentirse prestos a actuar o profundamente esperanzados ante los personajes y las organizaciones que encarnan el liderazgo de la oposición. Esa es la novedad. No es común que alguien, un adversario del chavismo, ande por allí con el pecho hinchado y el verbo encendido repitiendo orgulloso la última frase de Heydra, el más cercano desplante de Fernández o una apasionada confesión de Arias Cárdenas. No hay quien coree himnos, agite banderas, o recorra febrilmente las casas de sus vecinos tratando de convencerlos de las ideas de futuro y el programa de acción que un líder o un partido proponen como estrategia para sustituir las insatisfacciones del presente.

Todo lo contrario. Es cada vez más común encontrarse con ciudadanos adversos al gobierno de Chávez, que, sin embargo, expresan con igual contundencia su descontento frente a la fatuidad, la incoherencia y el desanimo de las oposiciones. De la misma manera como, con notable frecuencia, encontramos a personajes adeptos al chavismo, incluso miembros del propio MVR, presas de un profundo y oculto desaliento frente al sectarismo y la ineficiencia de su propio Gobierno, o ante el personalismo, voluntarismo y estilo caprichoso de su líder.

Para un sector significativo de la población —ese que no está cuadrado con posiciones extremas tipo «por la revolución todo, contra la revolución nada» o su versión exactamente opuesta—, la sensación contagiosa de que queda poco que admirar o seguir con entusiasmo puede resultar paralizante.

Ante la dificultad de encontrar fuentes efectivas de innovación social y resolución de nuestros problemas, de individuos y grupos que combinen por igual sensibilidad social y capacidad gerencial, «la homologación de la plastica» se refuerza, además, con un sentimiento de minusvalía, una inseguridad fundamental y una intensa convicción de fracaso que han acompañado con creces a los venezolanos de varias generaciones y que se convierten hoy en el principal combustible que alimenta los sueños de quienes desean partir del país.

No somos los únicos, es verdad. En el contexto latinoamericano, la reiterada sensación de fracaso, la dificultad de consolidar democracias estables y economías prósperas, reforzada por ideologías etnocéntricas que le transfieren a razones raciales o culturales la causa profunda de nuestros males, nos han conducido a una ética del pesimismo y la autocondena que se encuentra por igual entre colombianos, peruanos, ecuatorianos e, incluso, a pesar de su fama contraria, argentinos.

Pero hay algo en Venezuela, a cuyo estudio y comprensión nadie se ha dedicado con ahínco, que tiende a hacer que nos autoflagelemos con crueldad inmisericorde, que nos neguemos cada vez más espacios para el orgullo nacional y que, con las excepciones del caso, sintamos por el país, sus gentes, sus instituciones y su destino un desapego profundo, un sentido del desamor, una sensación de discontinuidad que choca abiertamente con los alardes nacionalistas externos, con las insistentes campañas oficiales o corporativas que promueven la idea de que «lo nuestro es lo mejor», o con esa capacidad para transmitir afectos y solidaridad con la que nos solemos identificar.

En eso pensaba, por ejemplo, mientras veía a Tarek William Saab y a Sergio Omar Calderón debatir sobre la pertinencia y la utilidad que han tenido para Venezuela las intensas y enamoradas relaciones con el gobierno cubano. Más allá de sus respectivos argumentos —los asesinatos de Fidel versus las matanzas de Copei; los venezolanos curados por la medicina de la isla versus los médicos venezolanos desplazados por los cubanos—, en los rostros y los gestos de ambos políticos se expresaba tanta rabia, desprecio a las opiniones del otro, arrogancia combativa y tan exacerbado desplante emotivo, que resultaba difícil seguirlos en su lógica argumental. Para un televidente inocente, y a pesar de los esfuerzos de Tarek por resultar más equilibrado que su contendor, lo que allí presenciamos no podría ser descrito como otra cosa que un enloquecido diálogo de sordos, que resume y expresa de manera acabada no dos posturas circunstanciales, sino esa gramática nacional de mutuo desprecio y fuerte intolerancia en la que estamos embarrancados.

Por esta vía, la de adosarle groseramente al contendor su condición de «plastica», se hace más difícil la tarea de liberarnos —si es que a alguien le interesa que lo hagamos— de ese fatídico sentimiento de minusvalía e intolerancia que nos paraliza, nos obliga a empezar siempre de nuevo y nos iguala a todos desde el defecto y la omisión, y no desde las posibilidades abiertas de confrontar visiones del futuro y las maneras de hacerlas realidad.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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