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El malestar venezolano

El Nacional domingo 31 de enero de 1999
Para reflexionar en torno a la idea del fin de siglo, tres pensadores venezolanos levantan su pluma para analizar los acontecimientos que han determinado el curso de los casi cien años que culminan. Luis Britto García interpreta la cultura como la capacidad del hombre para modificar su contexto. Tulio Hernández detecta tres síntomas de quebranto en el ámbito cultural. La reflexión de Simón Alberto Consalvi discurre por diversos dominios: va desde Pablo Picasso hasta Aldous Huxley, para concluir que el desafío de los escritores venezolanos es liberrarse del hastío burocrático del Estado (nota de El Nacional).

Sin despreciar los alientos de cambio que como viento fresco pero turbulento remozan al país desde la tarde del pasado 6 de diciembre, a todos nos resulta obvio que los venezolanos accederemos al siglo XXI afectados por un profundo y común malestar. No me refiero al malestar más obvio, aquel que proviene de las dificultades económicas, la pérdida de la calidad de vida o la angustia que genera la inestabilidad política, el caos institucional o la inseguridad social en cualquiera de sus manifestaciones. No. Aludo a una herida más profunda, a una condición menos tangible y aparentemente menos urgente que, provisoriamente y sin referencias freudianas, podríamos llamar un malestar cultural. Malestar tan o más amenazante para nuestro futuro que todos los demás malestares económicos y políticos juntos. Aunque se pudieran señalar otros, tres son a nuestro juicio los grandes síntomas de ese malestar cultural venezolano. El primero, y el más preocupante, la insatisfacción profunda y crónica con lo que somos como colectivo; con los resultados que hemos obtenido en términos civilizatorios en nuestra condición de etnia nacional, para utilizar un lúcido término de Darcy Ribeiro; con el sitial que ocupamos ya no en el mundo sino en el mismo contexto latinoamericano, y; también con lo que encarnamos como individuos pertenecientes a una misma nación.

El segundo síntoma, no menos preocupante, es la opacidad con la que vivimos simultáneamente, tanto el futuro como el pasado, y la manera como esa opacidad condiciona y debilita intensamente nuestro sentido de pertenencia —y en consecuencia de compromiso— tanto a un destino colectivo llamado «nación venezolana» como a las diversas regiones, localidades o grupos de interés que la conforman.

Y, por último, como tercer síntoma, la sensación creciente de habitar un inmenso territorio de la ambigüedad, donde eso que conceptualmente podemos determinar como dimensión cultural —los valores, las creencias, los hábitos, los ritos colectivos, las convicciones más profundas sobre la existencia en sociedad y su trascendencia— ha sido condenado a una peculiar orfandad de la que ni el Estado, ni la iniciativa privada empresarial, ni eso que denominamos la sociedad civil parecieran tener la fuerza o la voluntad suficiente para recuperarla.

El venezolano feo, el venezolano bello

Del primer síntoma no hay que hacer grandes explicaciones. Desde el momento mismo en que comenzamos a matar el ratón de la borrachera de La Gran Venezuela, cualquier venezolano tropieza por lo menos una vez al día con alguna frase, acción, gesto u opinión que le ratifica y le restriega en el rostro —incluso a los más optimistas— «el pobre, lamentable e inepto» país donde le ha correspondido nacer o vivir.

A contracorriente de todas las campañas institucionales, esas que intentan convencernos a la fuerza de que lo nuestro es lo mejor, que vivimos en un paraíso entre los países del orbe, o que no existe nada como una secuencia luminosa de maravillas dignas del libro Guinnes —cascadas operísticas, tepuyes prodigiosos, ríos gigantescos, nieves perpetuas o maravillosas bandadas de garzas, la idea que nos hemos forjado de nosotros mismos es tan maltrecha y despectiva que bien podría convertirse en monumento antropológico de la inseguridad y el desconcierto cultural.

Algo semejante podemos argüir en relación al segundo síntoma. No sólo porque ya se ha convertido en un lugar común la afirmación de que somos un pueblo sin memoria o la certeza compartida de que carecemos desde hace mucho tiempo de —aunque sea— un bosquejo de ruta, para no hablar de proyecto nacional, de navegación colectiva. Mal podríamos entender la opacidad que nos envuelve si no asumimos en toda su crudeza y en su justa dimensión (¿?) que pocos países como Venezuela han sufrido tan severos impactos culturales como el que significó, gracias a la renta petrolera, nuestro abrupto paso de sociedad rural a sociedad urbana, de población mayoritariamente pobre con una élite económica austera, a contingente de clases medias en ascenso y de ricos nuevos en pleno frenesí cosmopolita, de población acostumbrada a la persistencia del trabajo agrícola a masa seducida por el bienestar redestribucionista del Ogro Filantrópico. Y, algo que poco nos hemos detenido a reflexionar, si no evaluamos el impacto que han tenido en nuestra conformación como etnia nacional los grandes contingentes de emigrantes que crearon un verdadero desequilibrio en una sociedad hasta entonces cerrada, que se vio expuesta de improviso a los impactos de la modernidad, no sólo como incorporación de repertorios massmediáticos sino por la presencia directa de portadores de culturas sólidas y milenarias.

Como las familias pobres que ascienden socialmente de improviso y al tratar de borrar su pasado para reafirmar la nueva condición terminan deshaciéndose de lo mejor de sí mismos, en muchos momentos y sectores —pensemos en los arrases a nuestra arquitectura tradicional emprendida no sólo por condicionantes de la moda y el mercado sino como política oficial de los propios gobernantes— los venezolanos hemos apostado a los fuegos fatuos de lo que nos queda más distante y por tanto parece tener mayor distinción.

Desde entonces hasta hoy, no hemos hecho otra cosa que transitar apresuradamente y sin solución de continuidad, entre la afirmación y el desconcierto, por los más diversos roles que los discursos oficiales y los imaginarios populares hacen de nosotros mismos. Un día nos empeñamos en celebrar la fuerza de la nacionalidad reduciéndola a la simbología llanera y a la semana siguiente nos avergonzamos de la misma, confesando nuestros pecados en el oratorio de Florida. A la hora del almuerzo somos la vitrina de la democracia latinoamericana y a la hora de la cena millares de personas la apedrean y mueren desangradas en sus calles en desagrado con lo allí exhibido. Una mañana despertamos poniéndonos los lentes oscuros para protegernos del brillo del oro que se supone fluye por las calles, y por la noche, debemos quitárnoslos para mirar con dolor a centenares de pobres hurgando como hormigas en bolsas de basura buscando alimento. Un domingo deslumbramos al planeta con una gigantesca legión de becarios que recorren, bien dotados de dólares facilitados por el Estado, las mejores universidades de Europa y Estados Unidos, y al lunes siguiente lo conmovemos compitiendo con Etiopía en los índices de rendimiento académico, de deserción escolar y con el recrudecimiento del analfabetismo pleno o funcional. En la mañana somos los herederos de los grandes próceres de América y al mediodía competimos con los países vecinos en el ranking de las naciones más corruptas. Hace seis meses vagábamos paralizados en la piscina de barro ahora presentimos que comenzamos a movernos.

Frente al espejo

Probablemente ese fue el costo que tuvimos que pagar en este, nuestro peculiar petrolero y frenético siglo XX. Mirado desde las instituciones que creamos —la democratización en el acceso de algunos bienes y servicios culturales, los grandes artistas, pensadores, escritores, que hemos producido—, el siglo —particularmente desde 1948 en adelante— se presenta como una revolución. Pero, mirado desde la profunda exclusión que viven las mayorías del presente, desde la violencia real y simbólica que padecemos y desde los tres síntomas del malestar cultural que hemos dibujado, la deuda cultural de la nación, paliada y reducida entre los años 60 y 70, ha vuelto a incrementarse. De lo primero ya el Estado se ha ocupado bastante, aunque no sea suficiente. De lo segundo, debe comenzar a hacerlo para lo cual requiere romper radicalmente con los hábitos y paradigmas que hasta hoy le han servido de inspiración.

El objeto de la gestión cultural de un Estado en naciones con profundas «fallas de mercado y consumo cultural» y «grandes desbalances interiores» debe apuntar precisamente a concitar grandes estrategias que contribuyan a corregir dichas fallas y desbalances que en el caso venezolano se expresan en nuestro malestar. Y, para que el efecto se logre, aunque parezca una paradoja, es necesario que la creación cultural en cualquiera de sus dimensiones sea libre, en lo posible independiente y no sometida a los avatares de ese Estado. Que coincida en este momento el inicio, aparentemente inexorable, de un proceso de cambio político con el arribo al siglo XXI, es una gran oportunidad para mirarnos sinceramente en el espejo y reconocernos sin evasión.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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