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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Pecados capitales El Nacional domingo 12 de mayo de 2002 Idea 1: «Mientras los periodistas nos creemos con derecho a criticar a todo el mundo [...] en los medios de comunicación rara vez hay lugar para que los demás juzguen nuestro trabajo». Idea 2: «El vedettismo practicado por algunos colegas sobre todo en la TV [...] ha trastocado al periodista en actor, cuando no en predicador a través de discursos editoriales [...] La aberración de este divismo se expresa en el reportero que pretende asumir funciones de policía, juez, legislador o salvador de la patria». Idea 3: «Conviene recordar con Bumler que la libertad de los medios y de los periodistas no es un valor absoluto: [...] debe darse en condiciones de responsabilidad y de obligación de rendir cuentas, tanto medios como periodistas». Estas ideas, que por razones de fidelidad he citado rigurosamente entre comillas, y a las que podría agregar un «sic», no fueron expuestas por Marcelino Bisbal. Ni por Pablo Antillano, Teodoro Petkoff, Julián Urbina, Ibsen Martínez, Oscar Lucien, Carlos Correa o cualquier otro de los comunicadores o estudiosos de la comunicación que, a pesar de oponerse abiertamente a las prácticas autoritarias del presidente Chávez y su Gobierno, han expresado públicamente su preocupación por las desviaciones éticas y profesionales en cierto tipo de periodismo que se ejerce en el presente, y, de manera especial, por las formas de cartelización de la información televisiva y radiofónica que se produjo en el marco de los sucesos de abril. II. No pertenecen a ninguno de ellos. Tampoco son de mi autoría. Estas ideas forman parte de un artículo titulado «Pecados capitales de los periodistas» y aparecido el 3 de mayo de 1996, en el diario El Universal, bajo la firma de la respetada profesora Marta Colomina. Por aquellos días, la hoy exitosa conductora de entrevistas televisuales escribió irritada al comprobar que la amarillista trasmisión televisiva del secuestro de Terrazas del Ávila se había convertido en el único tema en la agenda del país, colocando en segundo lugar la explicación sobre las medidas económicas recién anunciadas por el presidente Caldera, que habían quedado silenciadas, decía la articulista, «en perjuicio de 20 millones de venezolanos». He traído estas sentencias de Colomina hasta el presente no como un ardid retórico; tampoco como un instrumento de descalificación de sus actuaciones y opiniones actuales. No sería justo. A pesar de las reservas que me suscita su conducta del presente, conservo entre mis admiraciones un especial lugar para la profesora Colomina, de cuyos libros y ensayos como de los de Pasquali, Capriles, Santoro y Ludovico Silva se nutrió la generación, de estudiantes universitarios interesados en la comunicación, a la que pertenezco. Además, desde el momento en que tuve la oportunidad de conocerla personalmente, a comienzos de los años ochenta, cuando yo era un joven recién graduado y ella la vital directora de la Escuela de Comunicación de la Universidad del Zulia, recibí con frecuencia su apoyo y aliento en la carrera que recién comenzaba. Circunstancia afectiva que no impide el debate. III. Lo que intento al recurrir a estas citas es apoyarme en ellas para que no olvidemos algunas cosas. Primero, que el debate sobre el tema de la credibilidad y la calidad del periodismo, así como el del papel de los medios de comunicación en el ejercicio de la democracia, ha sido una preocupación constante en las cuatro últimas décadas venezolanas, previa a la existencia de Chávez y el chavismo. Y que este debate se ha hecho, puede y debe hacerse desde el terreno de la ética de la información y los derechos de los ciudadanos, sin que signifique una amenaza a la existencia del sistema privado de empresas de comunicación ni un «cuadre» con el régimen político existente. Nadie, por entonces, descalificó a Marta Colomina como ella lo hace ahora con los críticos de ciertas maneras de ejercer el periodismo acusándola de ser «complaciente» con el doctor Caldera y su Gobierno. Lo que ocurre, y este es el segundo recordatorio que intentó hacer basándome en la auctoritas de la propia Colomina, es que, como ella misma sostuvo en aquel artículo de 1996, «el diálogo público y la propia definición de lo público dependen de la agenda fijada por los medios». Por lo tanto, mal puede funcionar una democracia si ese inmenso poder, esa responsabilidad mayor, no tiene, como bien lo ha argumentado Karl Popper, la posibilidad de un mínimo de crítica, vigilancia, supervisión o capacidad de control y respuesta por parte del resto de los actores sociales, siempre en conflicto de intereses, de los cuales el Medio es el gran narrador. Entonces, ¿es injusto, subversivo o pro-chavista que un grupo de ciudadanos nos hayamos preocupado porque, luego de una semana de hiperinformación sobre las protestas de abril, de improviso, un sábado de golpe y contragolpe, los canales, gracias a un acuerdo cartelizado, se hayan silenciado dejando a la nación irresponsablemente expuesta a la dictadura del rumor? ¿Es impertinente o indigno alertar a la sociedad además de acerca de los delitos y atropellos contra la libertad de comunicación que sistemáticamente ofician Chávez y su régimen sobre la peligrosa confusión de roles, incluyendo la de algunos periodistas y medios, que se está produciendo en el país a causa de la crisis del sistema de partidos? ¿No fue la profesora Colomina quien nos enseñó que un periodista no debe ser un «predicador», ni un «salvador de la patria», ni un «juez» ni un «policía», ni, agregaría yo, un «divulgador de partes de guerra», sino solo eso: un periodista, lo cual es ya bastante responsabilidad? No hago juicio moral. Cada quien puede tener las creencias y hasta los fanatismos políticos que quiera, pero no parece correcto que en nombre de la impotencia que nos producen un gobernante delirante y su proyecto, tengamos que lanzar por la borda las reglas fundamentales que en toda sociedad abierta definen el rol del periodismo independiente. A menos que queramos incurrir en pecados capitales, que son placenteros pero nos exponen a la condena del achicharramiento eterno.
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