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Los prejuicios de Blanca Nieves

El Nacional domingo 13 de febrero de 2000

No tengo el gusto de conocer a Blancanieves Portocarrero. Nunca la he visto en persona. Pero confieso que apenas leí su nombre en el periódico, una suerte de simpatía gratuita, de predisposición favorable a todo lo que dijera, se apoderó de mi razón. Lo mismo hubiese ocurrido, estoy seguro, si la persona entrevistada se hubiese llamado Peter Pan Rodríguez, Bella Durmiente Montiel o Caperucita Rojas.

Y es que nadie está exento de la influencia inefable del relato maravilloso. Ese género en apariencia inocuo que ha sobrevivido por siglos, universalizando —a través de historias de hadas buenas y brujas malas— una cierta visión del mundo y, sobre todo, del bien y del mal, perteneciente a la tradición cristiana de Europa occidental. Porque de allí proviene el éxito y la fuerza eterna de estos relatos: de su vocación pedagógica y moralizante. Vocación que terminó creando una técnica narrativa de gran eficiencia, basada en la creación de personajes y situaciones altamente estereotipadas, que hicieran posible enseñar de manera sucinta y esquemática lo malo y lo bueno de la humana condición.

Así, los buenos, como La Bella Durmiente, fueron siempre blancos, hermosos, jóvenes y dulces; y los malos, como la bruja de Hansel y Gretel, feos, viejos, tramposos y capaces incluso de consumir carne humana o perpetrar otras barbaridades semejantes. Sin puntos medios.

Estos cuentos cumplieron y seguramente cumplen aún su papel en la educación de millones de niños que, una vez adultos, se supone deberían pasar a entender que el mundo es un poco más complejo y que —como nos lo han intentado mostrar los dioses yoruba, las tesis de Freud, o los personajes de Cabrujas— nadie es totalmente bueno o totalmente malo, ni la apariencia física tiene necesariamente que ver con la bondad o la maldad, y que todo grupo humano —incluyendo aquél que históricamente se supone el de los buenos— se mueve permanentemente entre la tensión de ambos polos.

Pero, lamentablemente, no ha sido así. La historia nos ha enseñado que no todos los adultos llegan a estas conclusiones, ni a comprender que la enunciación de un mundo susceptible de ser dividido a rajatabla entre buenos y malos, impíos y justos, valientes y cobardes, ha sido una tentación recurrente que divide innecesariamente las naciones, ignora la complejidad de la existencia humana, y se convierte en una verdadera amenaza para la convivencia racional.

Y eso, exactamente eso, es lo que parece expresar —como debilidad circunstancial, imagino— Blancanieves Portocarrero en sus declaraciones del domingo 6 (página D-1, El Nacional). Blancanieves, destacada integrante del Congresillo Nacional, comenzó la entrevista anotándose puntos entre sus lectores al dar pruebas de librepensadora y enemiga de los dogmas. Pero la terminó con las acciones en baja, haciéndole concesiones a aquello que al principio había rechazado, al dogma, la simplificación y el prejuicio como metodologías de análisis político y social. «Aquí en Venezuela no hay ningún muchacho bueno o sano que se quiera ir a Miami», sentenció ante el grabador la primera vicepresidenta de la Comisión Legislativa Nacional. Supongo que lo hizo sin pestañear, con la misma certeza de quien afirma: «Toda anciana con una verruga en la nariz es bruja» o «todo hombre pequeño y con barba blanca es sensual».

Aunque la frase, como toda generalización ligera, es un exabrupto de comienzo a fin, no resulta tan fácil someterla a debate. Primero, porque habría que saber en qué sentido se utilizan los términos bueno y sano. Por ejemplo, si sano se toma en un sentido estrictamente médico, Portocarrero —doctora en sociología del desarrollo— tendría que demostrar que a Miami sólo van jóvenes venezolanos que sufren del riñón, les falta una pierna y padecen de asma o afecciones parecidas. En cambio, si lo usa en un sentido moral o psiquiátrico, debería probar que sólo van malandros, corruptos, envidiosos, viciosos y —me imagino, por aquello del compromiso político— traidores a la patria. Ahora, si dice bueno usándolo como ese adjetivo sensual con el cual los venezolanos evaluamos la belleza física de los demás, tendrá que probar que a la segunda ciudad de Cuba sólo van —y ahora uso el argot juvenil de varias décadas— federicos y federicas, contrahechos y contrahechas, balurdas y balurdos, cueros, raspicuis y otras especies similares.

Pero tratemos de ser justos. Una primera posibilidad, justificable, es que la doctora Portocarrero haya sido víctima involuntaria de un lapsus, un acto disléxico, o una metáfora mal construida. Otra, es que efectivamente crea con firmeza en lo que dijo. En este caso estaríamos ante una nueva evidencia de una de las más graves amenazas ideológicas del proceso político que hoy vivimos: la tentación a simplificar y enjuiciar, con base en supuestos morales, a todo aquel que no se muestre irrestrictamente incondicional con la posición del que habla.

Probablemente la doctora Portocarrero no tenga un amigo o un familiar o, por lo menos, un conocido que se haya ido a Miami, o a cualquier otro lugar del mundo, por las mismas elementales razones que colombianos, portugueses, italianos o españoles emigraron alguna vez a Venezuela. Probablemente no sepa que la mayor parte de esa migración reciente es joven, trabajadora, y que en nada se parece al adeco corrupto, grasiento y exhibicionista que representara magistralmente Gustavo Rodríguez en Adiós, Miami, la película de Antonio Llerandi, como tampoco que uno se consigue desde una hermosa vendedora de empanadas en South Beach hasta un próspero editor cuyo capital no salió precisamente de las arcas del Estado venezolano.

Nuestra legisladora probablemente ni siquiera se haya enterado de que antes de las elecciones de diciembre había en Miami una activa célula de apoyo a la candidatura del presidente Chávez, y que de todos los grupos de venezolanos en el exterior fue precisamente el de Florida el que más rápido logró responder ante la tragedia de Vargas.

Pero el tema no es Miami. Personalmente, no tengo interés alguno en defender la selección de ésta o alguna otra ciudad. Lo que me espanta es la mera idea de que en Venezuela comiencen a crearse matrices ideológicas discriminatorias que reflejen ya una cierta ignorancia —que sería lo más benévolo—, ya una ideología de la exclusión, que, como en los cuentos de hadas, simplifique la realidad y la convierta en estereotipo. Lo temible es dejar pasar como natural la condena implícita a uno de los más sublimes derechos humanos: el que tenemos, como los pájaros, a hacer un nido donde nos venga en gana. Incluso en un bosque aislado, al cobijo amoroso de siete enanitos.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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