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Símbolos encontrados El Nacional domingo 7 de febrero de 1999 Los dos grandes protagonistas son el doctor Rafael Caldera y el Comandante Hugo Chávez. La historia, en uno de sus tantos juegos caprichosos, los ha colocado juntos en el momento más dramático de este extenso, fascinante y tortuoso relato que escribe el país desde 1958. A Chávez le corresponde ser el personaje principal, a Caldera la contrafigura. La escena, a nadie le queda duda, es el inicio del proceso de transición hacia lo nuevo que quedó formalmente inaugurado el 8 de diciembre del año pasado. El telón de fondo, el siglo XXI. El asunto no pasaría del grado de casualidad histórica de no ser porque los dos personajes, como ocurre en las buenas óperas y en las malas telenovelas, son tan opuestos en cada una de sus historias individuales, sus personalidades y en lo que representan para el colectivo, que antes que un hecho de la vida real, la casualidad pareciera obra de una diestra mano dramatúrgica. Es un juego de oposiciones casi personales, los símbolos opuestos de un mismo proceso de transición. Caldera, el que se marcha, simboliza junto a su esposa la tradición venerable de las familias acomodadas caraqueñas de la primera mitad del siglo: formación en colegios privados, estudios universitarios en condiciones holgadas, manejo de idiomas y de la cultura clásica universal, militancia política demócrata-cristiana, matrimonio estable y único con un número representativo de hijos, elegancia, mesura y savoir faire. Chávez, el que llega, simboliza en cambio, tanto en su origen como en su aspecto físico mestizo, la imaginería popular de las familias de modestos recursos del interior del país, dignas y educadas, que han vivido paulatinamente un ascenso social: padres educadores, infancia vivida en la libertad alborozada de los pequeños pueblos, estudios en liceos públicos, educación militar como recurso de seguridad, tentación a hablar fuerte, gestualidad desbordada, ademanes que no denotan ni presumen las mínimas señales de la elegancia y mesura de las clases pudientes, dos matrimonios y el cuestionamiento de las élites por la evidente ausencia del savoir faire instituido como distinción. Caldera, el que entrega el poder, arrastra en cada uno de sus gestos y sus pasos, el peso de la vejez adolorida que aunque es sobrellevada con admirable pasión, es verdad produce angustia por lo titubeante de su gestualidad. Chávez, el que lo recibe, encarna no sólo la enérgica y vital estampa de la juventud, sino el estereotipo del hombre fuerte caribeño acostumbrado al trabajo intenso con sus músculos, oficiante de saludos efusivos que tambalean al saludado como si fuera de papel. Caldera, informan los cables internacionales, era hasta el pasado martes el presidente más anciano del planeta. Chávez, dice la misma información, conforma la lista de los cinco más jóvenes. A Caldera, el que despedimos, le costó un esfuerzo de décadas e irrefutable perseverancia arribar al que, sin duda, fue su más claro y preciso objetivo de vida: la Presidencia de la República. Tuvo primero que fundar un partido y hacerlo crecer, convertirse en candidato presidencial y padecer sucesivas derrotas en diversas elecciones nacionales, hasta lograr ganar por primera vez gracias a la división de Acción Democrática, con una diferencia mínima sobre su más cercano contendor. Chávez, al que recibimos, llegó en cambio a la presidencia en algo muy parecido a un vuelo fulguroso, en la cresta de un proceso que en términos visibles duró menos de una década, y sin pasar por ninguno de los ritos de iniciación dirigente nacional del partido, ministro, gobernador o algo semejante, precandidato en la lucha interna que han debido atravesar todos los presidentes del 58 en adelante. A los cuarenta y cuatro años, Chávez en un abrir y cerrar de ojos y de manera casi simultánea ha fundado un partido, participado en sus primeras elecciones y ganado de manera abrumadora convirtiéndose en uno de los líderes con mayor apoyo popular en toda nuestra historia democrática. Hay otras oposiciones, menos tangibles, que la fotografía y la televisión nos enseñan. Caldera, sería mezquino desconocerlo, ha inspirado por largas décadas admiración, fervor, respeto, incluso pasiones entre los venezolanos, pero como le ocurría al doctor Uslar en su campaña electoral de 1963 nunca ha logrado derrotar una suerte de distancia insalvable entre su humanidad y la de los demás. No se puede decir que tenga encuentros corporales de gestos amorosos y entrañables con el pueblo que lo venera o lo respeta. En su larga carrera política puede haber abrazado legiones de viejitas, cargado millones de bebés, besado multitudes de mujeres, pero siempre queda en el ambiente la sensación de que entre su piel y la otra existe una brecha, un límite, un letrero de Doctor a la manera galleguiana, que niega e impide la comunión. Chávez, por su parte, como Pérez en sus mejores tiempos, pero con una gestual menos signada por el vértigo de la velocidad, deja que su cuerpo se desgrane y se confunda con el de los demás, disfruta del apretujamiento, trata de diluirse y confundirse con el colectivo que lo aúpa. Por eso los niños buscan refugio en su inmensa caja toraxica y él, como un sacerdote, los recibe largamente, por eso las señoras lloran ante su presencia y el padre aquél de la fotografía de Así Es La Noticia, busca consuelo ante el asesinato de su hijo aferrándose al cuerpo del nuevo presidente. En la relación corporal con la masa de Caldera preside la razón, en la de Chávez la irracionalidad de los afectos. Se pueden señalar otras oposiciones. Caldera, de no ser por la seducción de la política, pudo haber producido una de las más importantes obras intelectuales de su época. Chávez, de no haber sido por la milicia y la política, pudo haber sido, lo explicó en televisión Pompeyo Davalillo, un gran jugador de béisbol profesional. Caldera ha sido un conservador, en el mejor sentido del término, defensor del estado de derecho y cultor de la legislación. Chávez, por su parte, en nombre de sus ideales se ha atrevido a violar el orden institucional de la cual Caldera es coautor. Caldera es prudente. Chávez osado. Caldera, en su segunda presidencia, perdió la oportunidad de convertirse en el gran líder del cambio para el cual fue elegido. Prefirió regresar y aliarse con los poderes tradicionales, incluyendo a Alfaro, para intentar restaurar el Pacto de Punto Fijo. Fracasó en el intento y no logró ni el cambio ni restituir el viejo poder. Chávez, en los pocos días que lleva de gobierno, ha dado suficientes señales, incómodas algunas de ellas, de que el cambio es efectivamente su vocación. En menos de cinco años el país cambió de paradigma al elegir su presidente. En un plazo de cinco o diez años, por sus obras los conoceremos, dispondremos de elementos suficientes para completar el juego de los símbolos opuestos.
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