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Little Ernest

El Nacional, domingo 11 de junio de 2000

El pasado lunes 5, a eso de las 6 de la tarde, en Manhattan, me encontré de improviso en la capilla principal de la Riverside Memorial, confundido entre la gente que despedía a Tito Puente. Por razones del azar había arribado a Nueva York el día anterior, y no quise perder la oportunidad —animado por Boris Muñoz— de ofrecer un gesto de adiós a quien en vida hizo tan grande aporte a la felicidad del mundo. En ese momento, como ya lo habían hecho centenares de personas, lo estaba viendo por última vez, rigurosamente vestido de blanco y sosteniendo entre sus manos no un Cristo sino dos baquetas resignadas, que alguien había colocado entre sus manos para que no olvidáramos cuál era su credo particular.

Influenciado como estoy por lo que se cuenta de los sepelios de los grandes ídolos de la música caribeña, y muy especialmente por esa maravillosa crónica del Caribe titulada El entierro de Cortijo, pensé que me iba a encontrar con aquellos excesos de llanto, celebración y pueblo sudoroso que tan vivamente describiera Rodríguez Julia a propósito de la despedida de aquel gran plenero puertorriqueño. Pero no fue así.

El velatorio del Rey del Timbal era de un discreción sorprendente. En el lugar predominaba un orden premeditada y sajonamente protector de la intimidad familiar. Los centenares de personas, en su mayoría entrados en años, que se acercaban a presentarle su saludo final al Rey del Mambo, hacían su cola silenciosamente, bajo la mirada neutra de la policía neoyorquina. Y ni siquiera la cíclica llegada de los grandes stars de la movida latina —aquella tarde estaban Ray Barreto, Richy Ray, Edward James Olmos, entre otros— generaba tumultos de consideración. Eso sí, en la capilla donde se velaban los restos del maestro, rodeado, como se estila en Estados Unidos, de una pequeña muestra de retratos de distintos momentos de su vida, sonaban permanentemente —con también discreto volumen, es verdad— algunas de sus grabaciones realizadas sin parar a lo largo de 50 años de trabajo.

Porque ese es probablemente uno de los grandes méritos del maestro nativo del Harlem español: el haberse mantenido en la cima de la creación musical, sin treguas de ningún tipo, a lo largo de más de medio siglo, y el haberlo hecho en calidad de pionero, convirtiéndose en el primer músico de origen latino que logró saltar las fronteras del barrio y abrir caminos para que el ritmo caribeño alcanzara esa dimensión universal de la cual hoy puede jactarse.

Leyendo lo que por estos días se ha escrito en la prensa sobre el enérgico maestro, uno va comprendiendo de mejor manera el significado cultural de su presencia —y con él, la de la cultura puertorriqueña— en Estados Unidos. Los analistas resaltan, por ejemplo, su relación con la ciudad. The New York Times, en una crónica escrita por Nina Seagel, demuestra que es posible establecer una relación precisa entre la vida profesional del Rey del Mambo y las transformaciones de los clubes, restaurantes, las escuelas de música e, incluso, las esquinas de las calles y las zonas de jazz de la ciudad. Apoyada en un gráfico que ilustra la crónica (“The New York Legacy of Tito Puente”), la autora nos explica sobre un plano de Manhattan cómo la movida musical latina se fue desplazando por la ciudad al ritmo que Don Tito Puente marcaba.

Primero, era la década de los 50, moviéndose desde Harlem hacia el Midtown, en la época de los grandes clubes, como el Palladium, y las grandes bandas, como la de Machito. Y luego, en los 60, hacia el Greenwich Village, cuando Puente dirige la «house band» de los famosos encuentros entre el jazz y la salsa escenificados en el legendario Village Gate, intercambiando y también influenciando a luminarias del jazz como Dizzie Gilespie y Dexter Gordon. Tan intensa se supone la relación entre la ciudad y el Rey del Latin Jazz, que la autora llega a afirmar que «Tito Puente era un símbolo de Nueva York, tanto como el Empire State o La Estatua de la Libertad». Y esa frase, aunque pueda parecer un desplante, revela el impacto que ha tenido la cultura caribeña, y en especial la puertorriqueña, sobre el destino y las características de Nueva York a partir de los años 50.

Los 50 fueron, efectivamente, los años del despegue musical de los puertorriqueños en Nueva York. Todos los analistas coinciden en señalar que la migración masiva desde la isla transformó la gran ciudad y le dio un toque de intensidad musical que, bajo el reino de la percusión —porque a nadie le queda duda de que en el Caribe mandan los tambores—, no se había producido desde los grandes días de explosión de la música negra de Harlem.

Formo parte de una generación que se encontró con Tito Puente en el puente tendido por la versión de «Oye cómo va» realizada por Santana, que nació cuando ya el maestro era toda una referencia internacional y encabezaba un reinado que compartió primero con Tito Rodríguez y ofició luego, a dúo, con Celia Cruz. Ahora, cuando su vida se hace historia, es más fácil comprender que no existe casualidad alguna en el hecho de que Tito —diminutivo de Ernestito, Little Ernest— haya nacido en East Harlem, El Barrio, el mismo lugar donde nació la música que hoy conocemos como salsa, esa derivación del mambo, la plena, el guaguancó, el son montuno, el cha-cha-cha y tanto otros géneros afrocubanos.

Por lo pronto, en Puerto Rico, la Universidad Interamericana acaba de crear la Cátedra de Percusión Tito Puente, con el propósito de que los percusionistas puertorriqueños puedan leer, componer y estudiar la orquestación a la manera en que lo hizo el maestro. Por mi parte, aunque le haya visto su último rostro, que como dice Cocteau es el rostro de la muerte, preferiré conservar aquella imagen que tan bien describe Ernesto Fernández en The Village Voice: «Payaseaba con la audiencia, cerraba los ojos y abría su boca como simulando un orgasmo, y hacía aquel movimiento que era su marca personal, levantando los brazos sobre su cabeza en un aspaviento para despojarnos de los malos espíritus».


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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