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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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El arquitecto y los sheriffs

El Nacional, domingo 23 de julio de 2000

Que tanta gente —especialmente arquitectos y urbanistas— celebre la obra de Carlos Raúl Villanueva y reconozca su genialidad y su maestría en el arte de crear edificaciones armónicas con sus usuarios y con todo aquello que las rodeaba, hace que uno se pregunte: ¿y entonces, a dónde ha ido a dar todo ese saber?

Porque no es necesario ser un gran especialista para entender que Villanueva logró, efectivamente, no sólo la integración entre las artes y la arquitectura —uno de los aspectos más celebrados de su obra— sino también entre la arquitectura, la naturaleza y las condiciones climáticas de los lugares para los cuales concebía sus propuestas.

Quien haya sido habitante, aunque sea pasajero, de la Ciudad Universitaria, o haya hecho un esfuerzo para obviar los buhoneros mientras transita bajo los arcos y columnas de El Silencio, comprende a ciencia cierta —más por la vía de la gratitud que del discurso conceptual— que el autor de esos espacios ha pensado en él como transeúnte, y también en el sol tropical o en la lluvia imprevista, y en las maneras de hacerle el pasaje más grato. Comprende también que de la pasión por hacerle la vida más grata al ciudadano han surgido esos frescos pasillos techados que impiden que el sol lo calcine o la lluvia lo empape.

Los usuarios de esos espacios, como ocurre en la Plaza del Rectorado o en el patio interior de la Galería de Arte Nacional, estarán siempre agradecidos por las maneras como el maestro se las ingeniaba para domesticar la luz del trópico, creando sosegadas atmósferas íntimas en espacios absolutamente abiertos y públicos. La lección era que se podía y se debía ajustar lo construido a las características naturales de la ciudad —en este caso, Caracas—, para no separar sus usos de aquello que le correspondía como herencia natural: caso una transparente belleza y desmedida luminosidad.

Entonces, aunque sea sólo por nostalgia o por carencias, tiene sentido la pregunta sobre a dónde fue a parar el saber de Villanueva. Porque, a primera vista y más allá de sus obras, ni en la ciudad que se ha construido contemporánea o posteriormente a su madurez profesional, ni tomando uno a uno los edificios que desde entonces se han levantado, se perciben las huellas de sus revelaciones. O, para decirlo de modo más directo, es muy poco —si lo comparamos con la admiración que generan— lo que de sus hallazgos, concepciones y principios se ha cultivado y aplicado en la planificación y construcción de Caracas.

Por el contrario, salvo notables excepciones —como aquellas rutas peatonales que se abrieron aprovechando la construcción del Metro—, la ciudad y la arquitectura que varias generaciones han contribuido a construir desde 1950 en adelante, son su negación: edificios cerrados en sí mismos; cajas de concreto, vidrio o metal, negadas a dialogar ni con la luz ni con los usuarios ni con el resto de la ciudad que la circunda; complejos comerciales con ilusorios espacios de tránsito absolutamente sometidos a la dictadura de la iluminación artificial; perspectivas cada vez más fragmentarias de lo que se planea y lo que se construye; edificaciones extraviadas e invertidas, que le muestran el trasero a la calle principal y el rostro a aquéllas carentes de tránsito.

Como sucede en Venezuela en otros campos y con tanto maestro grandioso, a pesar de su significación, no hay un aprendizaje-Villanueva, una cultura-Villanueva, un saber vivir-Villanueva, en lo que se construyó en la ciudad. Como tampoco lo hay en la imaginación política de quienes la han dirigido, si es que acaso esa frase tiene sentido alguno. Y mucho menos en las prácticas sociales de «abandono de la ciudad» a las que poco a poco el caraqueño se resigna, a consecuencia, entre otras cosas, del miedo y la desprotección.

La voluntad urbana de convivencia, de encuentro abierto, de disfrute de las calles y los demás espacios públicos; el derecho a la belleza monumental y al placer de flanear —de «callejear»—, se han extraviado en la maraña de una tradición (o más bien en su ausencia) arquitectónica y urbanística, en las cíclicas arremetidas que por acción u omisión surgen de unos cuerpos gobernantes incapaces de concebir a la ciudad como objeto de intervención y como espacio básico de realización de la ciudadanía, y de una sociedad civil —para usar el termino reciclado— que no logra ni convencer al poder, tanto al económico como al estatal, para que rectifique su acción, ni consolidar estrategias de mediación que logren frenar sus desvaríos.


Antonio Guzmán Blanco

Juan Vicente Gómez
Si revisamos aunque sea superficialmente el itinerario de la relación entre poder y ciudad, concluimos en que ha sido efectivamente cíclico. Guzmán fue el primer gran urbanizador: se puede decir que amó a Caracas. Gómez, en cambio, la condenó al olvido. Medina, primero, y Pérez Jiménez después, volvieron a colocarla en el epicentro de sus preocupaciones. Y la democracia, otra vez, la sometió al laisser-faire del abandono.

Desde la sociedad civil, a mediados de los años 70, se despertó el interés por su destino con el foro «En defensa de la ciudad». La idea de los «nuevos movimientos sociales urbanos» llegó a su apogeo, pero luego el tema volvió a dormir. Con Aristóbulo Istúriz en funciones de alcalde, la ciudad como espacio urbanístico y comunidad estratégica cobró fuerza: en el desarrollo de proyectos puntuales de intervenciones urbanísticas, en los primeros pasos para la creación de un Museo de la Ciudad, y en la convocatoria consensual a diseñar un Plan Estratégico a largo plazo, para darle un sentido al accionar de la metrópoli. Su sucesor, Antonio Ledezma, en cambio, abandonó el camino y, convalidando lo cíclico, engavetó los tres proyectos, volvió a la urgencia de lo inmediato, y la ciudad como tema estratégico regresó al cuarto de los trastos viejos.

Pasado mañana cumple Caracas 433 años, más huérfana que nunca. Hasta las fiestas colectivas con las que antes se celebraba su cumpleaños han desaparecido. En el horizonte, lo único que se avizora es un grupo de candidatos a alcaldes cuyas propuestas más visibles son las que tienen que ver con la acción policial contra la delincuencia. Todos, desde los más jóvenes hasta los más experimentados, ofrecen mano dura, plomo y energía. No se ha escuchado una idea más o menos compleja sobre lo que significan la vida y el destino de una ciudad. Al final del siglo, un balance del itinerario podría titularse así: «Del tiempo de Villanueva a la era de los sheriffs», como le gusta a William Niño llamar a los nuevos prospectos de alcaldes. Hay que hacer algo para iniciar un nuevo ciclo. De los buenos. De todas maneras, feliz cumpleaños.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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