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Sección: Bitblioteca
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Mala leche El Nacional, domingo 20 de setiembre de 1998 La del Bill Clinton, por supuesto. Sus pequeñas escaramuzas íntimas han caído sobre el ventilador del planeta esta semana. Hay que ver lo que es mantener una relación clandestina durante dos años, eyacular solamente dos veces en todo ese tiempo, y quedar atrapado sobre la tela miserable de un vestido azul. Casi da tristeza. Es el colmo de la mala suerte. Si algo queda claro, después de leer el extenso informe del fiscal Starr, es que la vida sexual del presidente norteamericano no es precisamente una versión renovada del Kamasutra. De las más de 400 páginas que ocupan el ocio del fiscal independiente, sólo se podría sacar un prudente guión para algún grupo de adolescentes presbiterianos con enrolladas pretensiones de cine erótico. Cualquier película de Disney es más audaz. Lo único realmente grosero del informe sobre la relación sexual entre Clinton y Mónica Lewinsky es la investigación en sí misma, el espíritu morboso de Kenneth Starr detrás de cada pregunta, detrás de cada línea. El es el nombre secreto de la mala leche de Clinton. Starr se ha mostrado ante el mundo como un voyeurista fastidioso y patéticamente persistente. Como una beata necia que pretende escandalizar al universo denunciando que ha visto una mosca desnuda, Starr quiere obligarnos a mezclar la intimidad de un hombre con la política y la economía del mundo. El es quien queda peor en toda esta investigación. Ha hecho de su función pública un espectáculo amateur, ha bendecido su particular tabloide sensacionalista con la ceremonia de Internet. Cuando uno piensa que Kenneth Starr ha pasado cuatro años y se ha gastado más de 40 millones de dólares en todo esto, cualquiera puede concluir que el resplandeciente modelo de la democracia estadounidense se ahoga en una institución millonaria que tan sólo se dedica a manosear la ropa interior del presidente de la Unión. Nada del Whitewater. Nada del Travelgate. No. Starr no sólo representa un clímax de ese enjambre que es la justicia norteamericana y que casi iguala en lo asfixiante de sus procedimientos el caso Clinton al de Al Capone. En el fondo, propone algo culturalmente peor: la pasión por la censura. La posibilidad de poner en quiebra el juego democrático a cuenta de la intimidad de una persona. Nadie eligió a Clinton por su vida sexual. Nadie debe juzgarlo por eso. Starr es un pornógrafo de cuarta. Un boy scout que nunca superó la etapa de la masturbación. Ha convertido la persecución en un oficio. Sin límites. Hasta rayar en lo grotesco. Y su juego dejó de ser una crónica pintoresca sobre la cultura norteamericana cuando entró en el territorio bursátil, cuando puso a temblar la estabilidad monetaria del mercado. Gracias a Kenneth Starr, Mónica Lewinsky tiene los labios más caros de la humanidad. Del otro lado, Clinton ha debido danzar el mismo baile. Aparte de tener que soportar el que se ventile públicamente el aburrimiento de su relación de amantazgo, se ha visto obligado, encima, a pedir perdón por ello. Mientras una revista china ya sostiene que, en un bar de Moscú, un ex-agente de la KGB asegura que Mónica Lewinsky es una suerte de espía formada por la antigua Rusia para infiltrarse en las braguetas de los presidentes norteamericanos; Clinton tiene que reunirse con cuanto pastor religioso se encuentre, rezar en familia, darse repetidos golpes de pecho y escribir cada mañana cien veces la palabra «perdónenme» en el pizarrón de la Casa Blanca. Basta revisar algún editorial de Le Monde o de cualquier otro periódico serio, esta semana, para darse cuenta de cómo el resto del mundo asiste a la fiesta de la doble moral gringa. A punto de cerrar el 2000, parece que la historia sí tiene algunas leyes: cada siglo tiene su imperio, cada imperio siempre termina haciendo el ridículo.
Alberto Barrera Tyszka en La BitBlioteca
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