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Por la boca muere el pez Domingo 23 de febrero de 2003
De esa tan prolongada relación amor y odio entre el Midas prepotente y el político inescrupuloso, surge casualmente la necesidad de la yunta demoníaca que hoy los hace aparecer ante la opinión pública como aliados de una misma causa ideológica. Y no es así. Sucedió que los medios, en vez de dispendiosas e improductivas donaciones en efectivo, encontraron financieramente más rentable y económico ceder espacios a los políticos, a la vez de que los políticos encontraron más ventajoso y satisfactorio, en vez de andar dando saltos y tumbos sudorosos por todo el país, ser recibidos en los aclimatados y lujosos estudios de televisión, siendo que en definitiva por esa fascinante vía se obtenía el mismo o incluso mejor resultado en términos de popularidad electoral. Un vulgar trueque de conveniencias entre bucaneros y nada más. Esa impostura, en la cual se le imponía a la opinión pública la imagen de un politiquero cualquiera mediante la transmisión de farragosas entrevistas de eternidad, generó en buena medida el altísimo desgaste que arrasó, en un periodo relativamente corto que no excedió los quince o veinte años, a la casi totalidad del estamento político del país, llevándolo a uno de las más bochornosos y estrepitosos aniquilamientos que jamás haya sufrido institución alguna en los tiempos modernos. La sociedad rechazaba el esquema de imposición de liderazgos no ganados con méritos propios en el terreno de la lucha social y oportunamente tomó la decisión de pasar factura, con una ira alimentada por la inmisericorde práctica de la demagogia, la corrupción y el deterioro de la calidad de vida, toda responsabilidad de los gobiernos que ellos representaban. Y esto fue así porque la gran mayoría de los actores políticos de entonces no comprendió a tiempo que en política la alta exposición al público es un arma de doble filo que a medida que brinda mayor popularidad genera mayor rechazo y divergencias de opinión en torno a quien se expone, sobre todo si con ello evidencia cada vez más su ineptitud e indiferencia para resolver los problemas de la comunidad a la cual se debe. Se llegó a pensar en aquel tiempo que no importaba lo que se ofreciese, con tal de decirlo en cámara. «¡Que hablen de ti aunque sea mal, pero que hablen!» era una máxima común en los predios políticos. Se despreció en forma grosera y despótica la necesidad de brindar respuestas, por lo menos someras, a las necesidades de una comunidad que veía crecer con asco un obsceno nuevorriquismo entre la gente que supuestamente tenía que estar de su lado en la búsqueda de un mejor porvenir, y que más bien, por el contrario, despilfarraba en ostentaciones banales el dinero de los venezolanos más necesitados, y nadie se percató de ello perdían progresivamente la credibilidad, pero no importaba porque se les veía cada vez más en televisión y en prensa. Una cosa llevaba a la otra y las dos se iban haciendo inseparables. ¿Recuerda alguien con exactitud los rasgos fisonómicos de gente como Camilo Lamaletto, Marcelino Barquín, Humberto Petrica o del mismísimo Pérez Recao? De semejante grupo solamente pudieran extraerse dos coincidencias importantes; el gran poderío económico que han llegado a acumular en algún momento y su extraordinaria capacidad para el anonimato. Todos estratégicamente se han escondido de la opinión pública como recurso para armar su poderío sin levantar mucho polvo ni provocar muchas tentaciones. Para ellos el poder no es la cosa banal de la saludadora de la gente en la calle ni el tránsito ostentoso en carros de lujo frente al resto de los mortales, como tanto les agrada a los políticos, sino el gusto relamido por el dinero y el manejo de los títeres tras bastidores. En franca contravención a la máxima de Wilde, estos personajes descubrieron que mientras menos se hablara de ellos en menos problemas estarían, estableciendo así una verdad comunicacional que hoy, por simple antagonismo, sirve para explicar el fenómeno de la irreversibilidad de la gran caída hacia la que se dirigen inexorablemente los medios de comunicación en Venezuela en su afán de protagonismo político por mampuesto, en el que usan, por cierto, a los políticos, convertidos hoy en lamentables remedos de vendedores y prostitutas de feria, que disfrutan impúdicos la fascinación de las cámaras y las luces de tramoya que con tanta segunda intención les ceden. Ellos, los medios, ayudaron a esos mismos políticos a hundirse en su momento mediante el uso sistemático de un mecanismo de sobrexposición que hoy han usurpado para sí los canales de televisión y la prensa escrita, convencidos (como antaño los políticos) de su invencibilidad, sin importar la mentira que puedan expresar ni su tamaño, sino el uso que de ella se haga en función del particular interés económico de sus propietarios. Hoy, cuando un imberbe cualquiera recién graduado de periodista, por ejemplo, se erige arbitrariamente en voz de la comunidad y sostiene irresponsablemente verdades y juicios en función de lo que él considera es el interés colectivo sin que esto sea medianamente constatable, se expone, sin saberlo, al mismo cadalso de incredulidad por el que transitó hacia su tumba la extinta clase política nacional, con la sola diferencia de que él, llegada su hora, no tendrá quien lo rescate del olvido.
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