Roberto Hernández Montoya, Director
|
 |
¿Poder... o no poder?
Julio de 1999
En Venezuela, hoy ya no se trata de si se está o no se está con el Gobierno. El ejercicio de la lisonja una vez y de la oposición la otra, cual «pas de deux» de la política en el que radicaba la naturaleza plural de nuestro pueblo, evolucionó de manera consistente en nuestro país hasta convertirse en uno de los rasgos más emblemáticos de nuestro gentilicio. Un equilibrio casi antigravitacional fue la constante del desplazamiento que desde siempre hubo de experimentar la sociedad venezolana cada vez que se alternaron en el poder los anteriormente llamados partidos del estatus, en la mudanza de la tribuna de los jalamecates a la de la oposición sin mediación de pudor alguno. Paradójicamente, esta dinámica ha evolucionado no como expresión de lealtad partidista ni fundamento ideológico de ninguna naturaleza, por supuesto, sino para «ponerse en la buena» con el Gobierno de turno aún estando (aparentemente) contra éste. De aquí surge ese elaborado producto de nuestra estirpe caribeña y refistolera, que es el «político de relevo contemporáneo» (definición en la cual Ud. puede incluir al politólogo o analista político de su preferencia), quien en su más acabada presentación, es decir, el modelo actual, se nos ofrece como el más vivo ejemplo de ambigüedad e imprecisión política de nuestra historia, encarnando un raro remedo de siquiatra/sociólogo del subdesarrollo, y en el cual se resumen de manera perfecta el «opuesto-por-oponerse-para-destacar-de-los-demás» y el síndrome del «ojalá-piensen-en-mí-para-ese-ministerio».
Sin pretender descubrir el agua tibia, estos tipos, desde los tiempos de precampaña electoral, diagnosticaron que el actual presidente era un sujeto que encarnaba la violencia porque había dirigido las intentonas golpistas del 92. Es obvio, un proceso de tal naturaleza requiere tanques, fusiles y soldados, y por lo general, desde que uno es muchachito, estos instrumentos están asociados a la violencia, pero ¿Quiénes fueron en verdad los violentos a raíz de aquellos acontecimientos? ¿Quiénes, aprovechándose vulgarmente de esas intentonas, fueron en definitiva quienes tumbaron al presidente? ¿Quiénes, con sus acciones, desolaron al país de los inversionistas que pudieron haber sido y no fueron y quiénes (como reconoce hoy hasta por el más desprevenido estudiante de economía) retrasaron y frustraron las posibilidades de desarrollo económico del país votando por una inédita ruptura del hilo constitucional? Según ellos, Chávez es un tipo violento hasta en la manera de caminar y por eso le advierten que «debe bajar el tono». Se refieren, evidentemente, no a la estructura ideológica de su discurso, sino al modelo retórico llanerazo de entonar y al inusual y grandilocuente recurso metafórico del Presidente (perfectamente válidos por lo demás). Pero, claro, recordemos que esta es una clase dirigencial formada en la más severa escuela betancuriana del discurso, que se niega a entender cómo alguien puede pretender erigirse en figura medianamente trascendente en el país, si no utiliza el denso instrumental discursivo de un líder de gran nivel como Alfaro, por ejemplo, cuyo mérito más importante (además de su planteamiento ideológico de «democracia con garrote») fue siempre su capacidad para perfeccionar la mala caricatura de Betancourt, que gente como Manuel Peñalver, Piñerúa, Sánchez Bueno,etc., habían venido intentando con grandes esfuerzos desde hacía años y a lo cual nos habíamos acostumbrado casi sin darnos cuenta.
Diagnostican que el rasgo más peligroso de Chávez es el autoritarismo y advierten que si pierde las elecciones inevitablemente va a dar un golpe de Estado, y que si las gana... también. No había salida y, por ende, tampoco dirección. Por eso la única propuesta ideológica que surge en aquel momento es la de «la fritanga de cabezas». No había con qué articular un discurso frente a la crisis. Ni tampoco, en verdad, ideas para oponerse al gobierno. Ni siquiera una propuesta de fondo, que se diga, para resolver los innumerables problemas que aquejan al país, y mucho menos para ir en contra de la Constituyente o de Chávez. ¿Qué había que hacer entonces? Oponerse. Pero, oponerse bien. No como Donald Ramírez o Tarre Briceño, penitentes errantes que lo único que hacen es oponerse a todo. Ante sus ojos, aparece en ese momento y de manera prodigiosa una nueva modalidad de ideología política. Es la vía para la formulación de discurso político transformador de esta sesuda clase dirigencial, que consiste en «oponerse a nada». Es así como hoy el Congreso debate si debe darse un debate sobre la falta de debate que el Presidente ocasionó decretando el llamado a referéndum. En el fondo, el problema no es de quién es la bandera del referéndum, como la llamó Chávez. El Congreso sabe que de cualquier manera el proceso constituyente será capitalizado por Chávez, hágalo quien lo haga. No serán ellos, eso lo tienen claro. Chávez fue electo con la mayor votación en la historia electoral de Venezuela solamente por dos razones; la propuesta de la constituyente y el repudio a los partidos tradicionales. Y eso, en aritmética simple, significa que están obligados a aspirar como mucho a la figura del «consenso» como fórmula de sobrevivencia, (temeraria para el país, en la medida en que a la gente ese «consenso» le suene a la misma «conchupancia» política que rechazó de manera tan tajante en las elecciones pasadas). El problema tampoco es cómo se hace el llamado a referéndum, ni cómo se integrará la asamblea o qué se discutirá y aprobará en ella, que en definitiva debiera ser lo más importante. No es si la segunda pregunta del Decreto número 3 es dictatorial; ellos saben que comparativamente el poder ahí solicitado es infinitamente menor que el aplicado durante el inconsulto y autocrático ejercicio de los presidentes de los últimos 40 años. Es un debate, el del Congreso, que se lleva adelante en medio de las afirmaciones de que Chávez está loco. Que cómo se le ocurre andar rompiendo el sagrado protocolo betancuriano y andar con esa agarradera con la gente y saludando afectivamente a los militares. Que eso es mal síntoma, diagnostican finalmente. La preocupación es que el poder, superando aquella vieja imprecisión que de este concepto tenía Weber, debe ser una sola cosa de inalcanzabilidad y de dominio, que garantice siempre la superioridad en el estatus nacional, es decir, en la pantalla de los medios de comunicación y en el goce que dan el atropello de la caravana presidencial y el hablarles golpeado a los generales, pero al que no debe dejársele hacer nada en beneficio del país, porque eso, además del despilfarro irresponsable del dinero que puede servir, por ejemplo, para irse a Miami, es peligroso. Muy peligroso, como bien diría Alfaro, a quien en mala hora le tocó un país insubordinado que un maldito día empezó a hablar de títulos universitarios y pendejadas de esas.
|