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Viaje en busca de una identidad

Anees Jung

Miércoles, 13 de octubre de 1999

Zoraida Ávila es la mujer silenciosa. Lo que no dice con su voz lo dice con sus manos. Como las fauces de un pez que surca las aguas, sus manos se mueven por las cuarenta y seis cuerdas de su arpa despertando sonidos que hablan de escondidas emociones. Alegría y melancolía, soledad y lucha, angustia y éxtasis —todas as vocea a través de su música, no con su voz.

Yo ya había escuchado el arpa —frecuentemente en salones de té de lujosos hoteles neoyorkinos, tocada para acompañar copas de porcelana llenas de fragante té. Yo asociaba su sonido con una actividad tan suave como libar un débil té hindú en costas distantes. Y las mujeres que tocaban el arpa parecían siempre criaturas de otro mundo, cabalgando el enorme instrumento como ángeles con alas. El arpa era siempre en mi mente un concepto viajero. Ha viajado millas míticas, sus piedras yacen en otra realidad.

Esto se veía reforzado cuando veía el enorme instrumento enrolado en el salón del embajador de Venezuela. Como en la proa de un antiguo barco que ha atravesado el Atlántico y por el Océano Índico, su llegada me hace sentarme en mi silla. En lugar tan cercano su presencia se hizo palpable —como lo hizo la músico que tocaba, de pie, dando la impresión de llevarse la persona. Pulsaba las cuerdas como si buscara la superficie de aguas inmemoriales, provocando oleadas cada vez más grandes, hasta convertirse en un torrente. Cuando tocó el Joropo, me descubrí sonriendo. Jocelyn King, la embajadora, no estaba sentada en su sofá asintiendo aprobatoria. Como un compañero de viaje, tomó su cuatro, una pequeña guitarra de cuatro cuerdas, y comenzó a tocar. Juntas, la diplomática y la músico evocaron un aura que hablaba de la simbiosis de tres culturas —indígena, española y africana— que conforman la textura de su tierra, Venezuela. Cuando Cristóbal Colón zarpó de España y descubrió esa parte del Nuevo Mundo, creyendo aún que había encontrado la India, la describió con palabras que tienen un fluir, un movimiento, un sentido de aventura. «Porque cruzando los límites que pasan al oeste de las Azores cien lenguas de norte a sur... las naves comenzaron a alzarse gradualmente hacia el cielo y allí se goza de un clima benigno... porque en esa tierra bendita encontré la tierra y los árboles muy verdes y hermosos, como en abril, los jardines de Valencia... y la gente son de amable estatura... y muchos llevan piezas de oro en sus cuellos y otros tienen perlas en sus brazos. Estas son grandes pruebas de que este es el Paraíso Terrenal...». Colón, me cuenta Jocelyn King, escribió esto cuando ancló en la costa este de Venezuela. «Pensó que estaba en el Paraíso, que para él estaba en el Ganges», añade ella, feliz con su revelación.

Lo que Cristóbal Colón nunca encontró en 1492, lo descubrió Jocelyn Henríquez de King en una tardía noche de invierno en 1995, cuando viajó a Dheli como embajadora de su país en la India. Las similitudes eran demasiado familiares, incluso temibles, «los rostros, los movimientos, la velocidad y el tempo, las escenas con automóviles, bicicletas, carretas, autobuses, camiones, vacas y búfalos, camellos y elefantes, viviendo juntos sus ritmos en el caos». Dos años después, sus parámetros de historia, y el tiempo mismo, habían comenzado a cambiar. «Porque en la India el tiempo y la historia están siempre contigo y vives con el pasado, el presente y el futuro con una facilidad que abruma».

No veo ese abrumamiento en su persona, ni en su mesa magnética fragante con comida que combina sabores de varios continentes. Las cachapas de su tierra natal coexisten en su menú con pan árabe y Kalli daal son lentejas suramericanas cocinadas al estilo hindú, servidas con un oloroso arroz que es un eco del pilaf iraní. Su mesa es como su personalidad, una combinación que ella explica que no es «indígena ni española ni europea ni africana, sino una mezcla —un ejercicio en genética que te obliga a detenerte donde estás. Cuando vives rodeado por la búsqueda de tu propia identidad, tu historia, el cambio y la transformación se hacen intangibles. Y para ella se hizo tangible en la India».


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