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Clon y sus derivados El Nacional, 6 de abril de 1997 «Clon» ya está en el DRAE, desde 1984, con la siguiente definición: «Estirpe celular o serie de individuos pluricelulares nacidos de éste, absolutamente homogéneos desde el punto de vista de su estructura genética; equivale a estirpe o raza pura». La condición de anglicismo que se le ha atribuido es discutible. Puede haber llegado al castellano desde el inglés, pero según la Real Academia es derivado del vocablo griego «klon», que significa «retoño». De allí seguramente la tomó quien propuso ese nombre para llamar lo que hoy se conoce como tal. Pero al ser vocablo de origen griego, nos pertenece, aún con más propiedad, que a cualquier otra lengua. «Clon», además, no tiene nada que ver, como algunos sugieren, con el inglés «Clown» (payaso), que también ha sido adoptado en castellano con la palabra «clon», distinta de la que nos ocupa, por lo que el DRAE las trae separadamente, en sendos artículos, como homónimas, y no como meras acepciones de un mismo vocablo. En la edición de 1984 el DRAE sólo registra «clon». Pero en la siguiente, de 1992, se agregaron el verbo «clonar: producir clones», y el sustantivo «clonación: acción y efecto de clonar». El problema, pues, ya está resuelto desde hace algún tiempo, de la mejor manera que encontraron los señores académicos, y al parecer sin mayores esfuerzos, como sugería nuestra amiga periodista en su consulta. Uno de nuestros consultantes, profesor en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes, se refiere más específicamente al sustantivo «clonación», que le parece «aberrante», igual que los hipotéticos «clonización», «clonaje» y «cloneo», los cuales, según él, «son anglicismos que contribuyen a deformar el lenguaje». Él considera que la forma «correcta» sería «clonamiento». Tal opinión, respetable en tanto se basa en un razonamiento serio, aunque equivocado, nos parece además exagerada. Es posible, no lo sabemos con certeza, que el sustantivo postverbal sea en inglés «clonation». Pero el derivado «clonación» combinando el verbo «clonar» y el sufijo «-ción», es perfectamente castellano, y este sufijo es, a su vez, derivado del sufijo latino «-tio, -tionis», de donde seguramente formaron en inglés el sufijo «-tion», muy común en esa lengua. En nuestro idioma, el sufijo «-ción» es rico en valores semánticos, como lo vemos en la definición que de él da el DRAE: «-ción: (del lat. -tio, onis). Suf. de sustantivos verbales que significa acción y efecto. Aparece en la forma -ción no precedido de vocal, en ciertos sustantivos generalmente procedentes del latín: FunCIÓN, lecCIÓN, ProducCIÓN. Los creados en español toman la forma -ación, si el verbo del que derivan es de la primera conjugación: grabACIÓN; -ición, si de la tercera: EmbutICIÓN. Si el sustantivo deriva de verbo de la segunda, toma otro sufijo. Además de su significado abstracto, -ción y sus variantes pueden denotar objeto, lugar, etc.: embarcación, fundación». La defensa del idioma ante la invasión de vocablos, giros y formas sintácticas de otras lenguas es tarea muy importante, que todos debemos asumir. Siempre ha sido así, pero en el mundo contemporáneo esto adquiere condiciones mucho más apremiantes. Por una parte la penetración imperial, no sólo en la lengua, sino en todas las manifestaciones culturales, se facilita y multiplica en razón de la dependencia, que nos obliga a importar gran parte de los bienes de uso y de consumo que requerimos, o, en el mejor de los casos, tecnologías extranjeras para tratar de producir nosotros mismos lo que necesitamos, y para lo cual carecemos de tecnologías propias. Ese tipo de importación trae consigo, inevitablemente, la lengua de quien nos explota, y sólo una conciencia lingüística muy alerta, bien fundamentada en el conocimiento de la propia lengua, puede neutralizar ese tipo de penetración lingüística que, como es natural, acompaña a la actividad económica. Pero la situación se agrava más con la tendencia actual a la llamada «globalización», que entre otras cosas supone el desdibujamiento de las culturas nacionales, idiomas incluidos, en el gigantesco disolvente de la cultura globalizada, indiferenciada y amorfa. Un serio obstáculo para asumir esa actitud de defensa del idioma nacional ante la penetración extranjera, es el escaso conocimiento del nuestro, de su acervo lexical, de sus giros y modismos, de sus formas sintácticas, del dinamismo de su desempeño... Eso nos lleva con frecuencia a exagerar aquella defensa, y a deformar el genuino, legítimo y necesario nacionalismo lingüístico, y cultural en general. Lo peor que puede ocurrirnos en esta materia es desarrollar una paranoia lingüística, y pretender que todo lo que nos viene de lenguas extranjeras es vituperable por el solo hecho de ser extranjero, y hasta tachar de extranjero lo que en realidad no lo es. Aun dejando a un lado la tendencia a la globalización, el desarrollo muy dinámico de las interrelaciones entre países de diferentes lenguas y culturas, así como de diversos grados de desarrollo, hace imprescindible que haya entre diferentes idiomas una especie de interacción, que antes que perjudicial, puede ser muy útil, además de que es inevitable. Lo fundamental es saber cuáles son los límites naturales y necesarios de esa interacción, de modo que lo que importemos de otros idiomas nos sea útil y enriquecedor, antes que perjudicial y deformante. Tener claro esto es lo que llamamos una conciencia lingüística.
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