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Lenguaje universal

Alexis Márquez Rodríguez

El Nacional, 1º de marzo de 1997

Un amable lector nos plantea el tema del lenguaje de la cibernética, que nos ha ido invadiendo lingüísticamente, amén de en otros campos de la vida cotidiana. Él se refiere particularmente al uso de la sigla e-mail, con que se identifica generalmente el llamado correo electrónico. Y propone que se diga de esta manera, en lugar de la sigla inglesa, abreviatura de «Electronic mail».

El tema es sumamente interesante, y aunque varias veces nos hemos referido a él en esta columna, gustosamente lo hacemos una vez más.

Es muy viejo el planteamiento del problema de los extranjerismos en nuestro idioma. Hace bastante tiempo se escribió y habló mucho en España acerca de la invasión de vocablos extranjeros, especialmente de procedencia inglesa y francesa. Y un ilustre venezolano, Rafael María Baralt, primer hispanoamericano que ingresó a la Real Academia Española en calidad de Miembro de Número, fue uno de los principales abanderados en la lucha contra la importación de vocablos franceses, cuya pelea se plasmó en su famoso Diccionario de galicismos, publicado en 1855, y que hoy se lee no sólo como una antigualla, sino además como ejemplo de una pelea inútil, pues todas las palabras y expresiones que allí condena el célebre maracucho, hoy aparecen triunfantes en las páginas del DRAE.

Otro gran venezolano, Andrés Bello, también se ocupó del asunto, con criterio mucho más moderno y dinámico que Baralt. Bello fue quizás el primero en puntualizar con toda claridad cuándo debemos importar vocablos extranjeros, y cuándo son repudiables.

Hoy, desde luego, la situación creada por la creciente interrelación entre países de lenguas diferentes es mucho más compleja que en el pasado. Al incremento de esa interrelación, inevitable, además de necesaria, por razones económicas, políticas, culturales y de toda índole, se ha sumado la cibernética, inmensa e impresionante red que hoy cubre íntegramente el globo terráqueo, con un poder de penetración absolutamente incontrolable. Lo cual ha traído muchas consecuencias negativas, al lado de otras de signo positivo. No hay duda de que el famoso Internet, con sus derivaciones, especialmente el llamado «correo electrónico», marca inevitablemente un cambio total en la sociedad contemporánea, cada vez más empujada hacia la globalización y el desdibujamiento de muchos tipos de fronteras. ¿Es esto bueno o malo? Tiene de las dos cosas, pero creemos que no es ése el planteamiento correcto del asunto. La cibernética es una realidad inevitable, y lo que hay es que enfrentarla, en tanto que problema, de manera tal que haga menos daños que beneficios.

El tema es demasiado amplio y desbordante. Hoy queremos referirnos sólo a lo que se relaciona con el lenguaje cotidiano. Y más específicamente, a lo que tiene que ver con la penetración en nuestra lengua de extranjerismos traídos por la cibernética.

Desde este punto de vista, con la cibernética ocurre como con todos los adelantos científicos y técnicos, con los inventos y descubrimientos, que en su inmensa mayoría se producen fuera de nuestros países, y por ello debemos importarlos. Pero al importar instrumentos, maquinarias, tecnologías y demás productos científicos y tecnológicos, con ellos nos llegan también, como es natural, vocablos y expresiones que inevitablemente pertenecen a lenguas extranjeras, las de los países de donde nos viene todo eso.

Desde luego que muchas de las expresiones que importamos de ese modo admiten su traducción a nuestro idioma. Y en muchos casos debe hacerse. Pero hay otros en que no es posible, o no es conveniente. Sin ir muy lejos, ni siquiera al campo de la ciencia y la tecnología, recordamos una novela de un famoso autor estadounidense, en la que en un pasaje en que hablan los dos personajes, el traductor español nos dio más o menos (citamos de memoria), el siguiente diálogo: «—¿Tienes algo que hacer hoy?. —No. Hoy tendré un domingo muy aburrido. —Entonces te invito al juego de pelota-base». Traducir base-ball por «pelota-base» ronda incluso lo ridículo. Y, sin embargo, nada tiene de absurdo decir «balompié» o «baloncesto» en vez de football o basketball.

Este aumento considerable de la interrelación lingüística ha traído la necesidad de establecer una especie de lenguaje internacional , con vocablos de los idiomas de donde en mayor medida vienen los inventos y descubrimientos de las ciencias y la tecnología. Palabras que, al margen del idioma a que pertenezcan, pasen a tener algo así como una nacionalidad neutra, de modo que puedan adoptarse en todas las demás lenguas sin necesidad de traducirlas.

Tal sería el caso de muchos de los vocablos propios de la cibernética. Y entre ellos de la sigla «e-mail», que identifica el llamado «correo electrónico». Éste ya se ha extendido por todo el mundo, y no tendría sentido que se llamase de un modo en español, de otro en francés, de otro en alemán, de otro en japonés, en ruso, en sueco, en danés, en noruego, etc.

Hay, además, en este caso un detalle muy significativo: ¿cuál sería la razón para rechazar el uso de la sigla «e-mail»? ¿Que es un anglicismo? Tan anglicismo como «e-mail» sería decir «correo electrónico». Esta expresión es lo que los lingüistas llaman un «calco lingüístico»; es decir, una palabra o frase que no es sino traducción literal de otra extranjera, que a menudo carece de sentido en nuestro idioma, y a veces incluso en el de origen. Es el caso del «perro caliente», traducción del “hot-dog” inglés, que en Castellano carece totalmente de significado. «Correo electrónico», además de ser un anglicismo, carece también de sentido en castellano, pues lo que con tal expresión se identifica ni es correo ni es electrónico.

Creemos, en fin, que es preferible que se adopte internacionalmente «e-mail» —expresión que, por otra parte, está más cerca del signo icónico que de la palabra—, en vez de traducir a cada idioma la frase «correo electrónico».


Alexis Márquez en La BitBlioteca



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