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Con la lengua Melao El Nacional, domingo 14 de mayo de 2000 En el artículo anterior de esta columna mencioné el caso del debilitamiento o pérdida de la «d» intervocálica, como una de las peculiaridades más notorias y significativas del castellano de Venezuela. En realidad lo advertí entonces, es una tendencia general de nuestro idioma, que se da en todos los lugares donde se habla castellano, tanto en España como en América. «Soldao», «cansao», «morao», «deo», «peo», «querío», «salío», «venío», «pelúo», «cachúo», «suertúo», «moo», «too», «toíto», etc., son formas comunes del habla venezolana, pero se oyen también en todos los demás lugares donde se hable nuestro idioma. El maestro Tomás Navarro Tomás, máxima autoridad en materia de fonética española, dice al respecto lo siguiente: «En pronunciación esmerada, lenta o enfática, en la escena, en el discurso y en la conversación ceremoniosa, la «d» de la terminación -ado se pronuncia como cualquier otra d intervocálica; pero, ordinariamente, en la conversación familiar la d de dicha terminación se reduce mucho o se pierde. Entre la conservación y la pérdida completa de esta d suelen ser perceptibles en una misma persona, según el tono y la rapidez del lenguaje, ciertos grados intermedios de relajación» (Manual de pronunciación española. 4º edición. Hafner Publishing Company, Inc. New York; s.f. p. 101). En realidad, este fenómeno es más notorio en la combinación «ado», pero de hecho se da, con más o menos fuerza según los casos, en las demás combinaciones: «na» (nada), «naíta» (nadita), «caena» (cadena), «núo» (nudo), etc. En Venezuela este fenómeno es tan general, que lo hallamos aún en personas del más alto nivel de cultura. No hay un solo venezolano, desde el más humilde trabajador manual hasta el más encumbrado intelectual, que no haya pronunciado de esa manera todas o varias de esas palabras. Sólo que el debilitamiento o total eliminación de la «d» intervocálica se produce generalmente en el lenguaje coloquial, en la conversación familiar y cotidiana, pero no en la escritura ni en el lenguaje culto o académico. De modo que, así como en este nivel de lenguaje palabras como «cansao», «perdío», «greñúo» pueden resultar vulgares, a la inversa, la pronunciación atildada y excesivamente cuidadosa de combinaciones como «ado», «ido» o «udo» puede sonar artificial y modosa. Así lo reconoce el mismo Navarro Tomás: «La conservación sistemática de la d» de -ado», dice, «con articulación plena, en la conversación corriente, resultaría, sin duda, afectada y pedante...» (Ibidem). De modo que lo recomendable es el justo equilibrio. Cada tipo de pronunciación tiene su momento y su lugar. Y si bien en las escuelas debe enseñarse a los niños y jóvenes que las formas «ado», «edo», «ido», «odo» y «udo» pertenecen a la norma culta, es también necesario combatir en ellos los prejuicios y actitudes intolerantes ante las formas y expresiones propias del lenguaje popular y familiar, que de ninguna manera deben confundirse con lo grosero y chabacano. Particularmente interesante es el caso de la palabra «melao», que en Venezuela es de uso general casi absoluto, sea que se trate del lenguaje culto o del lenguaje familiar. Aun sabiendo que la forma originaria es «melado» («De color de miel» según el DRAE), nadie se abstiene en Venezuela de decir «melao» en cualquier circunstancia, porque a nadie esta forma le suena vulgar. Casi podría decirse que se trata de una lexicalización de la forma popular, que de esa manera se ha infiltrado en la lengua culta, y hasta es predecible la desaparición y olvido definitivo de la forma «melado». Es algo semejante a lo que ha ocurrido con la palabra «pedo», que ya casi nadie usa, y de hecho se ha lexicalizado en «peo», que si resulta vulgar no es por la eliminación de la «d», sino por su contenido semántico. Mucha gente no entiende estos fenómenos, típicas muestras del dinamismo del idioma. No son deformaciones caprichosas debidas a la ignorancia del pueblo. Tampoco es un fenómeno que sólo ocurre en nuestro país ni en nuestra lengua. El profesor Ángel Rosenblat ha llamado la atención sobre cómo la supresión de diversos sonidos, como ése de la «d» intervocálica o de la «s» final de sílaba, tan común en nuestro castellano, se da también en la lengua francesa. «¿Qué ha hecho el francés», dice, «con todas sus «eses» finales de sílaba? Se las ha comido. Escribe «les femmes», pero pronuncia «le fam». Lo mismo ocurre con la «r» final. En Venezuela aún la gente más culta dice «voy a comé», «ya va a salí», «le gusta cantá», pero sobran los que quieren ser más puristas que la Purísima Virgen, y consideran vulgar o degenerada ese tipo de pronunciación, que atribuyen a ignorancia y chabacanería. Pero los francess hacen lo mismo: escriben «manger», «sortir», «chanter», y pronuncian «manyé», «sortí», «chanté». Y concluye Rosenblat que estas formas populares de pronunciación, típicas del habla venezolana, «de ningún modo son motivo de bochorno nacional o de escándalo, ni hay por qué atribuirlas al analfabetismo ni a la influencia africana. Son tendencias internas de la lengua» (Buenas y malas palabras. Biblioteca Angel Rosenblat. Tomo I. Monte Ávila Editores. Caracas: 1987, p.472-474). Promoción de profesores Martín J. SanabriaEn el mes de agosto se cumplirán 50 años de haber obtenido, en el viejo y venerable Instituto Pedagógico, el título de profesor quienes formamos la Promoción Martín J. Sanabria, graduada en 1950. Con el propósito de celebrarlo dignamente se están organizando los actos conmemorativos, y el martes 16 de mayo, a las 10:00 am, habrá una reunión de los integrantes de la promoción en el Instituto Pedagógico (nuevo edificio), en el Salón de Jubilados Enrique Vásquez Fermín, a la cual se invita a todos ellos. Quienes deseen mayor información, pueden llamar por teléfono a los profesores Aníbal Salazar (472.30.19), Yolanda Angulo (987.69.94) o Guillermo Cedeño (442.44.63).
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