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Neologismos

Alexis Márquez Rodríguez
alemar@telcel.net.ve

El Nacional, entre el 28 de noviembre y el 5 de diciembre de 1999

Próximamente seguiré comentando las nuevas normas ortográficas de la Real Academia. Hoy quiero referirme al tema, siempre actual e importante, de los neologismos, es decir, de las nuevas palabras.

A pesar de las tantas veces que he comentado la mala costumbre de mucha gente de decir que determinadas palabras «no existen», en la copiosa correspondencia que recibo como respuesta a los artículos de esta columna es muy frecuente que se repita esa expresión. No se trata de que no haya palabras que no existan. De hecho las hay. El error, muy común, es creer que una palabra no existe porque no figura en el diccionario. ¿Cuántas veces habrá que repetir que el diccionario no da ni quita existencia a las palabras? El hecho de que determinado vocablo no aparezca en ningún diccionario no significa que no exista. De hecho, hay muchísimas voces de uso común, general y frecuente, que no están en ellos. Es más, cuando una palabra aparece en el DRAE, es porque lleva ya mucho tiempo usándose —es decir, existiendo—, hasta el punto de que los doctos académicos la consideran arraigada y legítima, y por tanto digna de entrar en las páginas del diccionario. Por eso muchas veces he definido el diccionario como un simple registro de vocablos en uso. Lo cual quiere decir, además, que los académicos, cuando elaboran un diccionario o revisan los ya existentes, no crean nueva palabras, sino que incorporan aquéllas a las cuales el uso ha legitimado y consagrado. Aunque puede ocurrir a la inversa, pues no es inusitado que en una nueva edición del DRAE, o de cualquier otro diccionario, se supriman palabras que estaban en las ediciones anteriores. Así como el uso es, en definitiva, lo que crea y da valor a las palabras, así mismo el desuso puede determinar que ciertos vocablos desaparezcan del diccionario.

Ahora bien, al margen de los diccionarios y de las academias, en el idioma constantemente aparecen nuevos vocablos. Esto es inevitable y necesario, porque los cambios que la vida va generando en las personas y las sociedades humanas va creando nuevas necesidades expresivas en la gente, que el idioma tiene que satisfacer, pues de no hacerlo corremos el riesgo de quedarnos mudos.

Un ejemplo que otras veces he utilizado aclara esto muy bien. Durante mucho tiempo no existieron palabras como avión, automóvil, teléfono, fotografía, licuadora, bolígrafo, sándwich, rocola o fax, por la sencilla razón de que aún no se habían inventado los objetos que cada una de ellas designa. Al inventarse un nuevo objeto, maquinaria o instrumento, o al descubrirse una nueva realidad, o una vieja pero que no se conocía, surge la necesidad de darles un nombre, y entonces aparece un neologismo. Este puede ser palabra nueva, inventada a propósito; pero puede ser también una palabra preexistente, a la que se da una nueva acepción. Así mismo puede tratarse de una palabra de otro idioma, que a falta de una propia, comenzamos a usar hasta aclimatarla en el nuestro. Un ejemplo de esto último es la palabra «sándwich», que acabo de utilizar. Estos vocablos extranjeros que incorporamos a nuestra lengua se conocen como «extranjerismos» o «préstamos lingüísticos». A este tipo pertenecen palabras que adoptamos directamente, respetando su ortografía, o haciéndoles ciertas modificaciones para castellanizar su morfología, como es el caso de «sándwich», «whiski» (el DRAE registra también la forma «güisqui»), «kiosco» (se admite también «quiosco»), «chalé», etcétera. Pero pueden ser traducciones literales de términos extranjeros, como «plumafuente», traducción del inglés “fountain pen”; «perro caliente», del inglés “hot dog”; «jardín de infancia», del alemán «kindergarten», o «baloncesto», del inglés “basketball”. Este tipo de extranjerismos se conocen como calcos lingüísticos, o simplemente calcos.

Pero los neologismos no siempre son extranjerismos, pues hay muchos que se crean dentro del propio idioma, siguiendo determinadas reglas para la creación o formación del palabras, o bien agregando a una palabra ya existente un nuevo significado.

Un ejemplo venezolano de una vieja palabra a la que se agrega un nuevo significado es el vocablo «sádico», que de acuerdo con el DRAE es una persona que practica el sadismo, definido como la «Perversión sexual del que provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona», y también como la «Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta». Pero en Venezuela la prensa amarillista empezó a utilizar, y a la larga impuso una nueva acepción del vocablo «sádico», al aplicarlo a todo tipo de violador sexual, independientemente de que la violación se haga sobre persona del mismo sexo, con crueldad extrema o sin ella, y cualquiera que sea la edad de la víctima. Incluso no es extraño que la palabra «sádico» se aplique como sinónimo de «libidinoso».

En cuanto a la formación, invención o creación de nuevas palabras, en castellano, tenemos tres procedimientos usuales: la composición, la derivación y la parasíntesis.

La composición consiste en unir dos o más vocablos preexistentes: boca + calle: bocacalle; para + aguas: paraguas; sobre + mesa: sobremesa.

También son palabras compuestas las formadas por una palabra simple a la cual se agrega, al comienzo, un prefijo: vice + presidente: vicepresidente; extra + oficial: extraoficial; auto- + móvil: automóvil.

La derivación consiste en agregar al final de una palabra primitiva un sufijo: alarma+ -ante: alarmante; avispa + -ero: avispero; paja + -izo: pajizo.

La parasíntesis consiste en formar palabras combinando los dos procedimientos anteriores. Generalmente son vocablos que llevan un prefijo, una palabra simple y un sufijo: a- + sombra + oso: asombroso; en- + sombra + -oso: asombroso; en- + amor + -ar: enamorar; in- + servir + -ible: inservible.

Composición

La «composición», como ya vimos, es uno de los principales procedimientos para la formación de nuevas palabras. Se llama «palabras compuestas» a aquéllas que se forman mediante el enlace de dos o más «palabras simples». Estas, por supuesto, son aquéllas que no son compuestas, es decir, aquéllas en cuya formación no entran otras palabras. «Bocacalle» es palabra compuesta, en cuya formación entran dos simples: «boca» y «calle». También se consideran compuestas a las palabras que se forman con un prefijo y una o más palabras simples. «Contraataque» es palabra compuesta, formada por la unión del prefijo «contra-» y el sustantivo «ataque». Obsérvese que en esta palabra el prefijo «contra-» es una partícula, pero tiene un significado, el de oposición o contrariedad, que transfiere a la palabra compuesta: «contraataque» es el ataque que se produce como defensa contra el ataque del enemigo. Del mismo modo, «sobreprecio», que significa «recargo en el precio ordinario» (Drae), se compone del prefijo «sobre-», que contiene la idea de algo que está por encima de otra cosa, y del sustantivo «precio».

Estas partículas, de contenido significativo, que entran en la formación de «palabras compuestas» y de «palabras derivadas», se llaman «afijos». Cuando el «afijo» va delante de una «palabra compuesta», se llama «prefijo»; cuando va al final de las «palabras derivadas», se llama «sufijo».

Las «palabras compuestas» pueden pertenecer a diversas categorías gramaticales. Pueden ser, por ejemplo, sustantivos: «bocacalle», «pasamano», «casaquinta». Adjetivos: «agridulce»; «verdinegro», «anchilargo». Pronombres: «cualquiera», «quienquiera», «nosotros». Adverbios: «tampoco», «anteayer», «medianoche». Conjunciones: «aunque», «sinembargo», «sino». Numerales: «dieciséis», «veintinco», «treintaidós». Interjecciones: «Dios mío», «por Dios», «ah caramba». Obsérvese en estos tres últimos ejemplos que los elementos de la composición se escriben separados, aunque se pronuncian unidos. El hecho de que se escriban separados no significa que no sean palabras compuestas. Lo son, porque se trata de elementos que, si bien cada uno tiene su propio significado, al juntarlos, forman una unidad semántica, con un significado propio, independiente del que cada elemento tenga por separado.

Por otra parte, así como las «palabras compuestas» pueden ser de diversas categorías, así mismo es posible que en la composición de una palabra entren palabras simples también de diferentes categorías. «Bocacalle», «pasamano» y «casaquinta», por ejemplo, son sustantivos, y en la composición de cada una de ellas entran palabras simples que son también sustantivos. Pero en «quitasol», «rompeolas», «portarretrato» y «guardameta», que también son sustantivos, los elementos compositivos son un verbo y un sustantivo: «quita + sol», «rompe + ola», «porta + retrato», «guarda + meta». Puede ser que se unan un adverbio de modo y un verbo por intermedio de una forma pronominal para formar un sustantivo: «bien + me + sabe». «Paraguas» es también sustantivo, pero sus componentes son una preposición y un sustantivo: «para + aguas». «Caradura» es igualmente sustantivo, pero en su composición entran un sustantivo y un adjetivo: «cara + dura». Caso parecido es el de «buen mozo», en que se unen un adjetivo apocopado y un sustantivo: «buen (o)» y «mozo». Otro sustantivo es «automóvil», pero se forma con un prefijo y un adjetivo: «auto + móvil». Un sustantivo compuesto puede estar formado igualmente por dos adjetivos: «sordo + mudo»: «sordomudo», que es adjetivo, pero también sustantivo.

Curioso es el caso del sustantivo «porsiacaso», un venezolanismo admitido por la Real Academia, formado por la combinación de una preposición, una conjunción condicional y un adverbio de modo: «por + si + acaso».

Es común que los elementos compositivos se una para formar una palabra compuesta sin sufrir alteración fonética ni morfológica: «casacuna», «bocamanga», «paraguas». Pero suele ocurrir que algunos de los elementos compositivos sí sufran alteración. «Rojo + negro» da «rojinegro»; «agrio + dulce» da «agridulce»; «cara + largo» da «carilargo»; «mano + roto» da «manirroto».

Es importante tener en cuenta las normas de acentuación de las «palabras compuestas». El principio general es que estas palabras funcionan como si fuesen una sola, y en consecuencia siguen la regla normal de acentuación, sin tomar en cuenta la acentuación de cada uno de sus componentes por separado. Por ejemplo, la palabra «ciempiés» se considera palabra aguda terminada en «s», y por tanto lleva tilde, no obstante que su segundo componente, «pies», no lleva marcado el acento, por ser monosílabo. Igual ocurre con «asimismo», parabra grave terminada en vocal, por lo que no lleva marcado el acento, a pesar de que su primer componente, «así», aisladamente sí lleva tilde, por ser palabra aguda terminada en vocal, pero al entrar en la composición de la palabra «asimismo» pierde esa condición. Sin embargo, hay que tener presente que la palabra compuesta «asimismo» puede escribirse también con sus elementos separados, «así mismo», y en este caso «así», sí lleva marcado el acento.

«Decimoséptimo» es palabra esdrújula, y como tal lleva el acento marcado en su segundo elemento, «séptimo», que aisladamente también es esdrújula. Igualmente, el primer elemento, «décimo», por separado es también esdrújula, y por eso lleva marcado el acento, pero al unirse a «séptimo», «décimo», se debilita desde el punto de vista del acento, y por eso la palabra compuesta resultante, «decimoséptimo», sólo se acentúa en su segundo componente.

Ahora bien, muchos vocablos compuestos se escriben con sus elementos compositivos separados por un guión: «hispano-americano», «franco-belga». En estos casos, cada elemento conserva su acentuación propia: «franco-alemán», «épico-dramático», «histórico-crítico».


Alexis Márquez en La BitBlioteca



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