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Novedades ortográficas

Alexis Márquez Rodríguez
alemar@telcel.net.ve

El Nacional, entre el 10 de octubre y el 14 de noviembre de 1999
Prologo
a la Ortografía de la lengua española de la Real Academia Española
Exprese su opinión en nuestro foro sobre la nueva ortografía de la Real Academia Española

Las nuevas normas ortográficas de la Real Academia, contenidas en el libro Ortografía de la lengua española (Espasa Calpe. Madrid; 1999, distribuido por la editorial Planeta), no son tan radicales como mucha gente cree. Tal como dije la semana pasada, lo más resaltante de lo hecho por la Real Academia Española en esta ocasión puede resumirse en una mayor atención al desarrollo del idioma en Hispanoamérica, y en la adopción respecto de la ortografía de criterios más realistas, más modernos y más en consonancia con los principios científicos de la lingüística.

En este sentido hay mucha confusión entre las personas que se interesan por los asuntos de la lengua, pero carecen de una formación adecuada, que les permita comprender cabalmente el asunto. He recibido algunos mensajes realmente preocupantes, por la falta de información que revelan. Uno de estos mensajes, por ejemplo, se basa en la creencia absurda de que la supuesta reforma ortográfica fue «propuesta inicialmente por el escritor García Márquez y ahora refrendada por la Academia de la Lengua en una visita a Venezuela de uno de sus miembros». Hace año y medio, a raíz del Congreso de la Lengua celebrado en Zacatecas (México), escribí cuatro artículos de esta columna en los que demostraba, como asistente a ese Congreso, que la «revolución ortográfica» supuestamente propuesta en él por García Márquez era una vulgar mentira inventada por periodistas de El País de Madrid, en una lamentable práctica de amarillismo cultural de la peor especie. Una verdadera «olla», como se dice en el argot periodístico venezolano, montada por periodistas españoles con apariencia de seriedad. Nada dijo allí el Gabo de extraordinario ni de impactante, pues se limitó, en una breve intervención de siete minutos en el acto de instalación del Congreso, a hacer una fervorosa defensa del castellano y a proponer que se simplificasen un poco la gramática y la ortografía, para que nuestro idioma defendiese mejor su integridad ante los demás idiomas, en una sociedad cada día más abocada a la globalización. Su discurso no fue ni siquiera objeto del más leve comentario en las sesiones del Congreso, entre otras razones porque no fue dicho con ese propósito, y porque en ellas se trataron asuntos muy distintos de lo planteado por él. Las reformas que ahora introduce la RAE en la ortografía castellana nada tienen que ver con aquellas proposiciones de García Márquez, aunque de hecho, y de manera muy abstracta y general, coinciden con su idea de simplificar un poco la ortografía.

Esta misma persona y algunas otras que nos escriben se apresuran a condenar algo que no está contemplado en las nuevas normas ortográficas: la supuesta eliminación de la «h» en las palabras «hueso» y «huevo», que según estas personas ahora «se deberán» escribir y pronunciar «güeso» y «güevo». Nada de eso. Lo que se dice en las nuevas normas es lo siguiente: «Algunas palabras que comienzan por hue —o por hui— pueden escribirse también con güe- y güi- respectivamente. Es el caso de huemul, huero, huillín, huiro, huisquil y huisquilar, escritas también güemul, güero, güillín, güipil, güiro, güisquil y güisquilar». La novedad es que ahora esas palabras, como también «huevo» y «hueso», se podrán —no se deberán— escribir de las dos maneras, con «hue-» o con «güe-», a gusto de quien escriba. Y con ello no se establece nada nuevo en cuanto a la pronunciación, puesto que se permite escribir esas palabras con «güe-» o «güi-» precisamente porque desde hace tiempo muchas personas en muchos lugares las pronuncian así. A quien no le guste esa pronunciación le queda el recurso de no escribirla, pero tampoco tiene por qué criticar a quienes sí les guste y la acepten.

De resto, el uso de la «h» sigue igual. Se trata, como se sabe, de una letra de las llamadas «mudas», porque aunque se le escribe, no responde a sonido alguno. ¿Por qué se la conserva? Principalmente por razones históricas, pues por lo general entra en la escritura de palabras que provienen de vocablos de otras lenguas, especialmente del latín y el griego, que la llevaban. Aunque en algunos casos el uso de la «h» sirve más bien para distinguir palabras homófonas, es decir, que suenan igual pero tienen diversos significados, como «hojear» y «ojear»; «honda» y «onda»; «hecho» y «echo», etcétera.

Además, el uso de la «h» no ha sido muy estable en la ortografía castellana, pues muchas palabras que antes la llevaban, la han perdido: «asta» (sinónimo de cuerno y de mástil), «invierno», «ora» (conjunción distributiva), que antes se escribían con «h» inicial. También «aborrecer», «comprender» antiguamente se escribían «abhorrecer» y «comprehender», y muchas más.

Con cierta dosis de ingenuidad, otro lector me pide que le diga «cómo podríamos adaptar estas nuevas normas en nuestro país». Es lo contrario. La RAE lo que con toda justicia ha querido es reconocer el derecho de los pueblos hispanohablantes, incluyendo expresamente a los hispanoamericanos, a pronunciar ciertas palabras a su modo, y a escribirlas de igual manera, derecho que ya Andrés Bello defendía hace más de 100 años. Como dije en mi artículo anterior, en estas reformas ortográficas la Academia ha reconocido la enorme importancia del Castellano de América en el desarrollo y preservación de nuestro idioma como lengua común de más de 20 países o comunidades nacionales. Por primera vez nuestra ortografía tiene así, según la feliz expresión de la propia Academia, un carácter panhispánico y no se pretende imponer desde España, con criterio imperial, normas ortográficas a todos esos pueblos, como se hizo en el pasado con la ortografía y con la gramática general.

1. Sobre el uso de la «x» no hay novedades en las normas ortográficas recién publicadas. Sin embargo, su empleo en la escritura y en la pronunciación genera a veces ciertas confusiones, por eso es útil volver de vez en cuando sobre ello.

La letra «x», dicen las normas, «representa sonidos diferentes según la posición que tenga en la palabra» (p. 28). Entre dos vocales o al final de la palabra la «x» representa el sonido «ks»; «examen», «exhibir», «relax», que se pronuncian como si se escribiesen «eksamen», «eksibir», «relaks». Este mismo sonido, «ks», también se representa con la combinación «cs» en palabras como «facsímil» y sus derivados («facsimilar», «facsímile»), «fucsia», «telefacsímil», etc. Sin embargo, podemos observar que en Venezuela, y quizás en otros países hispanoaméricanos, las palabras «facsímil», «facsímile» y «telefacsímil», cuando se refieren al sistema de trasmisión de textos e imágenes por teléfono y al aparato que se usa para ello, adoptan la forma apocopada y terminada en «x»: «fax», «telefax», al parecer por influencia inglesa. Igualmente se ha creado, a partir de «fax», el verbo «faxear» y sus derivados. En cambio, cuando «facsímil» y «facsímile» y sus derivados («facsimilar») se refieren a la reproducción exacta, mediante procedimientos adecuados, de un texto, dibujo, fotografía, etc., se siguen escribiendo con «cs».

Cuando la «x» es inicial de palabra generalmente se pronuncia como «s»: «xilofono», «xenofobia», «xerófilo», «xerocopia», etc., que se pronuncian «silófono», «senofobia», «serófilo», «serocopia». Resulta absurda y chocante la tendencia de algunos, con ínfulas cultistas, a pronunciar esas palabras como si empezasen por «cs».

En final de sílaba interna la «x» suele pronunciarse como «s», pero es frecuente que se la pronuncie como «es», aunque menos fuertemente que en otros casos: «excelente», «excavar», «exportar», etc., que se pronuncian «ecselente», «escavar», «esportar», pero también enfatizando el sonido de la «x», sin que en este caso dicho énfasis suene chocante.

En la Edad Media, observan las normas, la «x» representaba también un sonido distinto, llamado «fonema fricativo palatal sordo», como en el pretérito de indicativo del verbo «decir»; «dixe», «dixo», etc. A partir del siglo XVI esa pronunciación va evolucionando hacia la forma moderna, con «j», que es un «fonema fricativo velar sordo»: «dije», «dijo», etc. Restos de este uso medieval de la «x» quedan en algunos apellidos: «Ximénez», «Mexía». Al respecto precisa la RAE en las normas que «La pronunciación de esta “x”, en esas y otras palabras, es fricativa velar sorda, es decir, suna como “j”; constituye, por tanto, un error ortológico articularla como ks» (p. 29). Es el caso, tratado otras veces en esta columna, del nombre «Javier», que en la Edad Media se escribía con «x», forma que ha subsistido en el Catalán y en el Vascuence, y que conservan algunas personas individualmente. Quienes la usan están en su derecho en cuanto a la ortografía, pero es error pronunciar ese nombre como «Savier». Lo que ha variado de entonces a hoy es la forma de escribirlo, pero el nombre sigue siendo el mismo, y su pronunciación debe mantenerse igual: «Javier». Es igual el caso de «Ximena» y «Xulio», que se pronuncian «Jimena» y «Julio».

Caso especial es el del uso de la «x» en México. Al margen de las consideraciones acerca del origen de ese uso, el pueblo mexicano ha hecho una larga tradición de escribir con «x» el nombre de su país y sus derivados: «México», «mexicano», aunque se pronuncien con «j», lo mismo que «Xalapa» «Oaxaca», por ejemplo, que se pronuncian también con «j». Esa tradición debe respetarse. El problema es que en México hay otras palabras escritas con «x», pero pronunciada como «s»: «Xochimilco», que se pronuncia «Sochimilco».

2. Sobre los vocablos extranjeros, la RAE distingue varios casos. Cuando se trata de palabras no adaptadas totalmente al Castellano porque son de uso poco frecuente, deben escribirse según su ortografía original, y entonces se aconseja distinguir tales palabras con cursiva o comillas.

En los nombres propios extranjeros se sigue una norma parecida. Si son nombres no castellanizaados, aunque sean de uso frecuente, se escriben según su ortografía propia: «Washington», «Boticelli», «Shakespeare», «Beethoven», etc.

En cambio, las palabras ya castellanizadas deben escribirse con la ortografía castellana: «Burdeos», en lugar de «Bordeaux»; «Ginebra», en lugar de «Genève»; «Isabel» en lugar de «Elizabeth»; «coñac», en lugar de «cognac»; «Londres», en lugar de «London»; «Nueva York», en lugar de «New York»; «chalé», en lugar de «chalet», etc.

3. Un poco más complejas son las normas referentes al uso de las mayúsculas. De ello y de otras de las normas ortográficas hablaré la semana que viene. Por ahora sólo un pequeño adelanto.

Lo primero que señala la RAE sobre las mayúsculas es que «El empleo de la mayúscula no exime de poner tilde cuando así lo exijan las reglas de acentuación: Álvaro, SÁNCHEZ» (p. 31). Más adelante lo reitera: «Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ. Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario» (p. 53). Muy pertinente esta observación, porque con frecuencia se dice, incluso en las escuelas, o bien que las mayúsculas no llevan marcado el acento o bien que últimamente la Real Academia rectificó, e impuso el uso de la tilde en las mayúsculas. Nada más falso. Nunca la Real Academia dispuso la no acentuación de las mayúsculas. Esto se generalizó con el desarrollo de la imprenta, que dificultó el acento en los tipos de mayúsculas, que sobrepasaban las líneas de escritura. Las nuevas técnicas de composición y diagramación, especialmente el uso de computadoras, han resuelto este problema, y la obligatoriedad de marcar el acento a las mayúsculas ha podido ratificarse.

1) Entre las letras que causan problemas ortográficos por no saber las normas para su empleo, figuran la «r» y la «rr». Esta última es un «dígrafo», signo gráfico formado por dos letras, pero que representan un solo sonido. En algunos casos la «r» y la «rr» son el mismo sonido, que, por razones ortográficas, unas veces es representado por la «r» sencilla, y otras por la «rr» doble. Eso es, precisamente, lo que a veces causa dudas o confusiones ortográficas.

La «r», en efecto, representa dos sonidos, según su posición en la palabra. El primero es el «fonema vibrante simple» intervocálico, es decir, que se halla entre dos vocales, ubicada la «r» en comienzo de sílaba, en palabras como «ai-re», «a-ro», «du-ro»; o bien, ya no en posición intervocálica, pero sí en final de sílaba, como en «ar-dor», «tér-mi-no», «per-di-da»; o en los grupos consonánticos «br», «cr», «dr», «fr», «gr», «kr», «pr» y «tr»: «brisa», «crédito», «drama», «fruto», «gracia», «kremlin», «comprar», «litro».

El otro sonido representado por la «r» es el «fonema vibrante múltiple», en palabras como «rosa», «rama», «enredo», «honra», «rumba», «alrededor».

Generalmente, cuando va detrás de los prefijos «ab-», «sub-» y «post-» la «r» pertenece a una sílaba distinta, y en tal caso es un «fonema vibrante múltiple»: «sub-ro-gar», «ab-ro-gar», «sub-ra-yar», «post-ro-mán-ti-co». Pero las recientes normas ortográficas reconocen que hay personas que, detrás de los prefijos «ab-» y «sub-» pronuncian la «r» como si formase con la «b» un grupo consonántico, convirtiéndola en «vibrante simple»: «a-bro-gar», «su-bra-yar», formas que, aunque no son generales, la Real Academia Española acepta como válidas.

En cuanto al dígrafo «rr», conocido también como «ere doble», sólo se usa entre dos vocales y representa un solo sonido, el «fonema vibrante múltiple», como en «carro», «farra», «pírrico», «correr», «derrumbe».

En las palabras compuestas cuyo segundo componente empieza por «r» en posición intervocálica, la «r» se pronuncia como «vibrante múltiple» y se escribe con «rr»: «vicerrector», «contrarréplica», «antirrepublicano», «prerrequisito».

2) Otra letra cuyo uso puede causar dudas es la «g», pero sólo cuando representa un sonido igual al presentado por la «j». Es éste uno de los ejemplos en favor de una reforma simplificadora de la ortografía castellana.

Cuando la «g» va delante de las vocales «a», «o» y «u» no hay problema: «garrapata», «gocho», «gusano». Tampoco cuando va delante de una consonante, bien sea que pertenezcan a la misma sílaba: «glo-ria», «gra-sa», «gli-ce-mia», «a-gre-gar», «gro-tesco», «gru-ta», «gle-ba», «glú-te-o»; bien que vayan en sílabas distintas: «sig-no», «mag-no», «im-preg-nar», «cog-nos-ci-ti-vo», «im-pug-nar».

Las complicaciones surgen cuando la «g» va delante de las vocales «e» o «i», casos en los cuales su sonido es igual al de la «j»: «gente», «girafa». El problema es saber cuándo se usa la «g» y cuándo la «j», para lo cual hay que apelar a la memoria y recordar las normas, que son muchas y no siempre fáciles de recordar. Por ejemplo, se escriben con «g»: A) Las palabras que empiezan por «gest-»: «gestación», «gestionar».

B) Las palabras compuestas cuyo primer componente es la raíz griega «geo» («tierra»): «geografía», «geología», «geometría».

C) Las terminadas en «-gélico», «-genario», «-géneo», «-génico», «-genio», «-génito», «gesimal», «-gésimo» y «-gético»: «angélico», «octogenario», «homogéneo», «fotogénico», «ingenio», «congénito», «sexagesimal», «vigésimo», «energético».

D) Las que terminan en «-giénico», «-ginal», «-gíneo», «-ginoso» (excepto «aguajinoso»): «higiénico»; «original», «ferrogíneo», «ferruginoso».

E) Las que terminan en «-gia», «-gio», «-gión», «-gional», «-gionario», «-gioso» y «-gírico»: «magia», «prodigio», «región», «regional», «-legionario», «religioso», «panegírico». Se exceptúan las que terminan en «-plejia» o «-plejía» y «-ejión»: «hemiplejía», «apoplejía», «ejión» (zoquete o cuña de madera).

F) Las que terminan en «-gente» y «-gencia»: «vigente», «agencia». Excepción: «majencia» (cualidad de «majo»).

G) Las que terminan en «-ígeno», «-ígena», «-ígero», «-ígera», «-igero», «-igera»: «oxígeno», «indígena», «flamígero», «alígera», «ligero», «ligera».

H) Las que terminan en «-logia», «-gogia» o «-gogía»: «teología», «demagogia», «pedagogía».

I) Las compuestas cuyo componente final es la raíz griega «-algia» (dolor): «neuralgia», «cefalalgia», «nostalgia».

J) Los verbos terminados en «-igerar», «ger» y «-gir» y sus correspondientes formas de conjugación y demás derivados: «aligerar», «coger», «surgir». Se exceptúan las formas de la conjugación que terminan en «ja» y «jo», que obviamente no pueden escribirse con «g»: «cojo», «coja», «cojas», «surjo», «surjas». También se exceptúan algunos verbos, como «tejer» y «crujir».

Se escriben con «j»: A) Las palabras derivadas de otras que llevan «j» delante de las vocales «a», «o» y «u»: de «caja»: «cajita», «cajero»; de «lisonja»: «lisonjear»; de «cojo»: «cojear, «cojera»; de «ojo»: «ojear», «ojera», «ojitos»; de «rojo»: «rojizo», «rojez».

B) Las que terminan en «-aje» y «-eje»: «coraje», «hereje», con excepción de «ambages», «enálage» (figura retórica), «hipálage» (figura retórica).

B) Las que terminan en «-jería»: «cerrajería», «concerjería».

C) Los infinitivos terminados en «-jar», «-jer» y «-jir» y sus derivados: «trabajar», «tejer», «crujir».

E) Los infinitos que terminan en «-jear» y derivados: «ojear», «canjear», «homenajear». Se exceptúa «aspergear».

F) El pretérito perfecto simple de indicativo y el pretérito imperfecto y el futuro de subjuntivo de «traer», «decir» y sus derivados, y de los verbos cuyos infinitivos terminan en «-ducir» y sus derivados: «traje», «trajera», «dije», «dijera», «conduje», «condujera», «seduje», «sedujera».

Dicen que «al mejor cazador se le va la liebre». Yo no sé si soy buen cazador, pero el domingo pasado se me fue una liebre, bajo la forma de un gazapo nada insignificante: cuando hablé de las palabras que se escriben con «g», di como ejemplo la palabra «girafa», que en realidad se escribe con «j». No sé en qué estaría pensando, tal vez en «gerifalte», pero creo más bien que en «geriatría». Afortunadamente me envió un mensaje advirtiéndome del lapsus una acuciosa y asidua lectora, de esas que, si bien admiran la labor que hago a través de esta columna y se complacen en decírmelo, no se limitan a hacerlo de una manera pasiva, sino que están pendientes de ayudarme a que no caiga en los mismos errores que les señalo a mucha gente. Menos mal, porque de no ser así no me hubiera dado cuenta. Aunque no la conozco personalmente, esa persona es una verdadera amiga y públicamente le expreso mi agradecimiento. Y a los demás lectores les suplico su benevolencia y les presento mis excusas.

Hoy veremos otras de las reglas ortográficas que con mayor frecuencia nos causan problemas.

1. Uso de las letras «i» (i latina), «y» (y griega), «y» (ye) y «ll» (elle, doble ele). El sonido de la vocal «i» puede ir representado en la escritura por esa misma letra, «i», conocida como «i latina», pero también por la letra «y», llamada «y griega». Esto último es fuente común de equivocaciones, pues muchas veces no se tiene en cuenta que el signo «y» representa dos sonidos, uno es el mismo de la vocal «i», como en «estoy, «rey», «muy», «ay»; el otro es el de una consonante llamada «fonema palatal sonoro», equivalente o parecido a de la «ll» («palatal lateral fricativa sonora»), como en «hoyo», «rayo», «leyes».

Según las normas se escriben con «y» (i griega): A) Las palabras que terminan con el sonido «i» antes de una vocal con la que forma diptongo, o de dos vocales con las que forma triptongo: «¡ay!», «ley», «estoy», «muy», «buey», «Uruguay». Excepciones: «bonsai», «benjui», «fui».

B) La conjunción «y»: «Pedro y Juan»; «la casa y el granero»; «libros y cuadernos». Cuando esta conjunción va delante de una palabra que empieza por la vocal «i», se representa con «e», para evitar el encuentro de dos sonidos iguales: «monumentos e iglesias», «fantasías e ilusiones», «inundaciones e incendios». Esta última norma vale también cuando la segunda palabra comienza por «h» muda: «mamones e higos», «Geografía e Historia», «padres e hijos». Pero la norma no se aplica si la segunda palabra comienza por «h» seguida de una «i» que forma diptongo con otra vocal: «cobre y hierro»; «refrescos y hielo», «sinalefas y hiatos».

Se escriben con «y» (ye): A) Las palabras en las que el sonido palatal sonoro va delante de vocal: «yacer», «yesquero», «yoga», «yuyo».

B) Las palabras compuestas que tienen como primer componente los sufijos «ad», «dis», y «sub», seguidos del sonido palatal sonoro: «adyacente», «disyuntivo», «subyugar».

C) Algunas de las inflexiones y derivados de los verbos «caer», «creer», «leer», «poseer», «proveer», «sobreseer»; «cayó, «cayeron»,»cayendo»; «creyó», «creyera», «creyendo»; «leyó», «leyeron», «leyendo»; «poseyó», «poseyeron», «poseyendo»; «sobreseyó», «sobreseyeron», «sobreseyendo».

D) Algunas inflexiones y derivados de los verbos que terminan en «oír» y «uir»: «oyó», «oyeron», «oyendo», «huyó», «huyeron», «huyendo».

E) Las palabras que tienen la sílaba «ec»: «inyección», «abyección, «deyección».

F) Los deriva dos de las palabras que terminan en «y»: «rey/reyes»; «Uruguay/uruguayo»; «convoy/convoyes».

La letra «i» se emplea cuando representa el sonido vocálico cerrado y anterior. Puede formar sílaba por sí misma, sin importar en qué posición se encuentre en la palabra, al comienzo, en el medio o al final: «igle-sia», «i-lu-sión», «ca-í-do», «le-í». También puede ser parte de un diptongo: «cuidar», «reiterar», «bosai». Igualmente puede ir combinada con una consonante: «nítido», «álgido», «mérito», «limpio».

El dígrafo «ll», que muchos llaman impropiamente «doble l», representa un sonido lateral palatal, independientemente de la posición que ocupe en la palabra, como en «valla», «calle», «chillido», «llorar», «lluvia».

Se escriben con «ll».

A) Las palabras terminadas en «illa» e «illo»: «silla», «canilla», «moquillo», «Sotillo».

B) La mayoría de los verbos terminados en «illar», «ullar» y «ullir»; «martillar», «cepillar», «maullar», «aullar, «rebullir», «engullir».

Antiguamente algunas palabras de procedencia griega o latina se escribían con «ll», y en tales casos se pronunciaban separando los dos componentes del dígrafo. «Caracal-la», «sibil-la», «Hel-lesponto», «Gallia», «Marcel-lo». Pero con el tiempo el dígrafo se fue fundiendo, primero en la pronunciación y luego en la escritura.

Originalmente, los sonidos de la «ll» (elle) y de la «y» (ye) se diferenciaban muy bien. En palabras como «caballo», «calle», «pillo», se tendía a una separación suave de los dos componentes del dígrafo: «cabal-llo», «cal-lle», «pil-llo», a diferencia de palabras como «rayo», «cuyo», «ayo», en que el sonido representado por la «y» (ye) siempre ha sido sólido, con una fuerza característica, que en algunos casos, como en el habla de los argentinos, adquieren una fuerza aún mayor.

Pero los sonidos de la «ll» (elle) y de la «y» (ye) se han ido indiferenciando, dando lugar al fenómeno conocido como «yeísmo», en que palabras como «caballo» y «bayo» se pronuncian exactamente iguales. Esta ha sido la tendencia predominante en Hispanoamérica y en la mayor parte de los regiones de España. Lo cual ha dado ocasión para proponer la eliminación ortográfica de la «ll», pues, según los proponentes, mantener en la ortografía los dos signos sólo sirve para crear confusiones. Sin embargo, la Real Academia Española ha estado resistida a eso, y conserva la diferenciación ortográfica, pese a que en realidad ésta ya casi no existe.

Información obvia

A las varias personas que se han tomado la molestia de dirigirme mensajes preguntándome dónde pueden conseguir el libro Ortografía de la lengua española, de la Real Academia, edición de Espasa Calpe, distribuido por la Editorial Planeta, la respuesta es obvia: en las librerías.


También:
La Real Academia se remoza
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La polémica sobre la ortografía de la lengua española



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