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Con la lengua ¿Lenguaje obsceno? El Nacional, 25 de marzo de 2001 Sobre el tema del llamado «lenguaje obsceno», del cual hablé la semana pasada, todavía hay muchas cosas que decir. Alguien ha dicho que en Venezuela se produjo un auge del lenguaje presuntamente obsceno desde que el doctor Arturo Úslar Pietri usó, en una entrevista de TV, la palabra «pendejo», pero no es cierto. El venezolano siempre ha sido algo procaz en el lenguaje cotidiano. La herencia española en ese sentido es muy marcada. Los españoles, que además de procaces son irreverentes, se cagan en Dios, en la hostia o en las Once mil Vírgenes varias veces al día. Y en su conversación es corriente que empleen expresiones como «¡joder!», «¡hijo de puta!» o «¡la puta madre!», «¡cojones!», «¡cabrón!» y «encabronarse» sin el menor rubor. No fue Úslar quien en Venezuela destapó la olla de las insolencias, además de que la palabra «pendejo» es una de las más inocentes y candorosas como supuesta obscenidad. Es verdad que, aunque siempre hemos sido deslenguados, de unos años para acá eso, que generalmente se daba en privado, o en reuniones más o menos íntimas y sólo en la lengua oral, además de que era casi exclusivo de los hombres, comenzó a hacerse en público y a escribirse hasta en los periódicos. Pero eso es muy anterior a la famosa expresión de Úslar, y fue uno de los hábitos que nos dejó el llamado «Poder Joven» de los años 60. De allí nos vienen muchas cosas, a cual más interesante, entre ellas la total desacralización de la virginidad femenina y la consiguiente conversión de las vírgenes en rara avis, y el que todo el mundo, incluso las mujeres, empleen palabras de las llamadas «obscenas» libremente, a cada rato, en cualquier lugar y en presencia de quien sea. Insisto en que en esto hay muchos prejuicios. Recuerdo que en una ocasión, cuando era profesor activo en la Escuela de Periodismo de la UCV, en el Taller de Redacción, una alumna leía en voz alta un ejercicio de uno de sus compañeros, y de pronto se detuvo y se negaba a seguir leyendo. Al preguntarle por qué se detenía, me dijo que allí había una palabra que ella no podía pronunciar porque en su casa le habían enseñado que esas palabras no se dicen, y mucho menos por una mujer. Por más que revisé el texto no encontré dicha palabra, y casi a la fuerza la obligué a decirme que la frase «estaban hablando paja» era de esas que ella no podía emplear. Entonces le aclaré que no era que «se estaban haciendo la paja», sino «hablando paja», que es muy distinto. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué «hacerse la paja» es expresión obscena, y no lo es «masturbarse»? El lenguaje «obsceno» es, sin duda, producto de los convencionalismos sociales, y por eso unos vocablos o frases son obscenos para unas personas o en algunos lugares, pero en otros no. Además, en esto hay mucha ñoñez e hipocresía, porque mucha de esa gente que no dice «malas palabras» y que critica a quienes sí las decimos, también las dicen ocultamente, en privado o en voz baja. Además, todos ellos creen que no dicen «groserías», pero no saben que cuando emplean ciertos eufemismos las están diciendo. Exclamaciones como «¡caramba!» , «¡carache!» y «¡caracoles!» son eufemismos equivalentes a «¡carajo!». «¡cónfiro¡» y «¡córcholis!» equivalen a «¡coño!», y si quienes las emplean fuesen sinceros, deberían considerarlas tan obscenas como las palabras a las que sustituyen. El hecho de que ciertos vocablos o frases sean obscenos; es decir, ofendan el pudor (como define el DRAE lo obsceno) de unas personas, pero no de todas, indica claramente que se trata de un hecho subjetivo, que reside más en la mentalidad de la gente que en el lenguaje mismo. Es obvio que si una palabra fuese realmente «obscena», tendría que ofender el pudor de todas las personas, y no sólo el de algunas. Hay una interrogante que, ante todo esto, queda en pie, como es la de dónde reside el supuesto contenido obsceno de una palabra: ¿en la idea que representa?, ¿en su sonido?, ¿en su estructura morfológica? En la idea no puede ser, pues si dos palabras significan una misma cosa, como «prostituta» y «puta», y una de ellas es obscena y la otra no, es claro que allí lo obsceno no reside en la idea. Tampoco en el sonido, puesto que estas dos palabras son fonéticamente parecidas, y sólo una es obscena. (Por cierto, nunca he entendido por qué la Real Academia, en su diccionario, llama «malsonantes» a estas palabras, que suelen sonar muy bien). Tampoco puede hallarse el contenido de obscenidad en la estructura morfológica de la palabra. ¿Entonces? Lo más importante de las llamadas palabras «obscenas» es su enorme carga expresiva, lo que las hace ideales para la función catártica de descarga emocional. Por eso no debe abusarse de ellas. Cada una tiene su momento y su lugar oportunos. Y es conveniente no convertirlas en tabú frente a los niños, pues ésa es la mejor manera de incitarlos a que las usen. Son recursos de la lengua, y su valor debe incluirse en la educación lingüística de los jóvenes.
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