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Una reflexión para Luis Enrique Pérez Oramas y Rafael Arráiz Lucca

De los privilegios

Ana Nuño
ana@winserve.seker.es

Papel Literario de El Nacional, domingo 6 de diciembre de 1998

Desde Barcelona, España, Ana Nuño —poeta, ensayista, directora de la revista Quimera —, cuestiona las opiniones políticas emitidas en Papel Literario de El Nacional, y en el diario El Universal, por Rafael Arráiz Lucca y Luis Enrique Pérez Oramas, respectivamente, mientras reflexiona sobre el pasado reciente venezolano.

Pequeño preámbulo. Vivo desde hace 20 años fuera de Venezuela, pero considero que ello no me quita el derecho a opinar sobre lo que ocurre en mi país natal. No sólo por razones personales —porque los lazos afectivos que me unen a este país no se hayan relajado en todo este tiempo y lo que suceda en él me siga importando—, sino también por la misma razón que legitima, por poner un ejemplo sacado de la más reciente actualidad, la "injerencia" de España, Francia o Suiza en lo ocurrido en Chile después del golpe de Estado de Pinochet. En otras palabras, considero normal que cualquier venezolano o no venezolano haga pública su opinión sobre lo que acontece en Venezuela, sean cuáles sean su lugar de residencia y, por descontado, su situación social, color de piel, religión e ideas políticas. Esto, dicho de entrada, para prevenir descalificaciones inspiradas en el siempre fácil argumento ad hominem que resume la grosera sentencia, tantas veces oída: "Qué fácil es criticar cuando no se sufre en carne propia la realidad que se critica o las consecuencias de ser crítico". De aplicarse esta postura a rajatabla, quedarían automáticamente deslegitimados los análisis y reflexiones que realidades foráneas inspiraron a Tocqueville, Voltaire o Burke, por mencionar a autores del más diverso pelaje ideológico. Por no decir nada del padre Bartolomé de Las Casas: ¿con qué derecho un español diserta sobre las condiciones de explotación de los indios americanos?

Venezuela en cifras

Sigo desde hace meses con interés, preocupación, desconcierto y, por qué no decirlo, con esperanza también, el largo, demasiado largo proceso preelectoral venezolano. Esta nación ha corrido con una suerte que la mayoría de sus habitantes no merecía, la de un país rico en recursos naturales mal administrados por una clase política y un medio empresarial más atentos a sus intereses personales, familiares y grupales que al bienestar de sus conciudadanos. Esta es una realidad que ni el más ciego puede atreverse a negar. La deuda externa de Venezuela asciende en estos momentos a poco más o menos 35.000 millones de dólares, mientras los haberes privados de venezolanos en bancos extranjeros exceden 80.000 millones de dólares. Estas dos cifras bastan para hacerse una idea del magno saqueo al que un puñado de dignatarios locales ha sometido a un pequeño país de 23 millones de habitantes, condenados, ellos y sus hijos y nietos, a sufrir y pagar las consecuencias de su depredadora avidez. Consecuencias que se pueden cifrar también: 50% de la población activa mal viviendo de la llamada economía informal; una disminución real del poder adquisitivo de la mayoría de venezolanos estimada en un 70% en los últimos 15 años, y los pilares de la acción pública —justicia, educación; sanidad— carcomidos, cuando no deshechos ya.

En los 10 años, la desesperación, la frustración y la rabia han sido casi los únicos alimentos de ese 80% de venezolanos que, nos dice el Pnud, vive en pobreza absoluta o relativa. En la pobreza: punto. En Caracas se enferma hoy y se muere de dengue, cólera o encefalitis, y no sólo en los ranchos. Las calles de la capital, con escasas excepciones, son depósitos de basura, sumideros de inmundicias entre los que viven y mueren millares de indigentes. La violencia ciega de los desposeídos, a la que responde la violencia impune de la policía o la Guardia Nacional, mata cada año, y solamente en esta ciudad, más de lo que mataron en Sarajevo durante tres años de una guerra especialmente cruel con la población civil. No es de extrañar, en estas circunstancias, que, desde la triunfal reelección de Carlos Andrés Pérez hace justamente 10 años, se hayan sucedido un motín generalizado de la población, reprimido con criminal dureza, y dos asonadas militares. En este caso también, hay que ser ciego o hacer profesión de mala fe para ver en estas graves violaciones del "orden y la legalidad" —como reza la consagrada y, en el caso de Venezuela, absurda frase— y en las simpatías que han despertado sus autores entre muchos venezolanos, tan sólo ignorancia manipulada o el desafuero de un pueblo escasamente cívico. Habría que empezar por admitir que el largo período democrático iniciado en 1958 ha fracasado en lo que hubiese debido ser uno de sus objetivos fundamentales: la incorporación de los venezolanos a unas condiciones de vida justas y a la plena ciudadanía.

Es el lobo, es el lobo

Los adecos, copeyanos y masistas que se lamentan hoy públicamente del auge de un militar que perpetró la mayor violencia institucional concebible en un régimen democrático —la anulación mediante la fuerza de la voluntad popular libremente expresada en las urnas— deberían hacer gala de un poco de prudencia antes de lanzar grititos de virgen desflorada. Lo único que está sucediendo es que el país se dispone a recoger lo que ellos sembraron y permitieron que otros sembraran.

Pero la prudencia, cuando no la más elemental decencia, no abunda en las filas de los privilegiados de la fallida democracia venezolana. En las últimas semanas, hemos podido leer en los diarios locales manifestaciones de altanería y necedad que rayan en lo grotesco. Nada sorprendentes, en realidad: quienes ven peligrar sus sinecuras anuncian que viene el lobo. Pero, en este caso, duele especialmente que sus autores sean quienes representaron alguna vez, para quien esto escribe, una de esas esperanzas con las que los venezolanos disfrazamos la decepción y la zozobra que nos produce el recurrente espectáculo del engaño y la corrupción. Hubo un tiempo en el que creí en una generación de venezolanos capaz de modificar el funcionamiento de las instituciones desde posturas éticas o, para decirlo con mayor claridad, en unos venezolanos que, puesto que parecían abrazar unas determinadas posturas éticas, serían capaces por ello mismo de hacer con las instituciones algo diferente de lo que habían hecho sus mayores. Entre aquellos "nuevos venezolanos" que quise ver, un poco como don Quijote veía gigantes donde había sólo molinos, destacaban por su inteligencia y sensatez en el juicio Rafael Arráiz Lucca y Luis Pérez Oramas. A ambos, Venezuela les ha dado lo que debería garantizarles a todos los venezolanos: unas condiciones de vida dignas y las armas del estudio y la inteligencia. Ambos han podido desempeñarse en cargos de responsabilidad, y han asumido ambos la principal para un intelectual: intervenir públicamente en el debate de ideas. Desgraciadamente, en dos oportunidades recientes ("Te pongo en autos, Azuaje", Papel Literario, El Nacional, 01/11/1998 y "Del país de la pena", El Nacional, 13/9/1998), Rafael Arráiz Lucca ha desaprovechado la ocasión de no escribir interesados deasfueros, y en una ("El comandante Luzardo", El Universal, 10/XI/1998), Luis Pérez Oramas ha hecho gala de un somero desprecio a la realidad de su país.

Una fácil paradoja

Adeco, bolivariano, trasunto de Santos Luzardo: detrás de los epítetos despectivos (que para él lo son, entiéndase) con los que Pérez Oramas regala a Hugo Chávez, no hace falta haber estudiado filosofía política para ver, claramente perfilada, la sombra del reaccionarismo más acendrado. Nuestro brillante asesor artístico de una de las fortunas peores habidas y más corruptas de un país que abunda en ellas, podría suscribir sin pestañear el célebre pasaje de Edmund Burke —el gran pensador conservador inglés y más destacado ideólogo, junto con Josep de Maistre de los enemigos de la Revolución Francesa—: "La ocupación de peluquero o fabricante de velas no puede ser motivo de orgullo para nadie, por no decir nada de la cantidad ingente de otras ocupaciones aún más serviles. Hombres tales como éstos no han de sufrir en forma alguna la opresión del Estado, mas el Estado sufriría la opresión si a tales como ellos, bien individual bien colectivamente, se les permitiera gobernar". (Reflextions on the Revolution in France, 1790). A Pérez Oramas le preocupa la llegada al poder en Venezuela de un "conspirador", pero no hace el menor esfuerzo de análisis para responder a la pregunta que obviamente se impone en este caso: ¿por qué se aprestan los venezolanos a elegir a un "conspirador"?

Quizás la clave de su incomprensión profunda de lo que está sucediendo en Venezuela se deba a una determinada idea del país, para la cual sólo lo que hacen y deciden sus élites goza de realidad tangible. Así, le reprocha a Chávez "su imaginario arcaico", el hecho de que éste siga "creyendo que este país se comprende y se divide maniqueamente entre civilización y barbarie". Ay, Luis, ¿de qué lugar hablas, qué país contrapones al de Chávez? ¿El que se divisa desde el jardín del Moma de Nueva York? ¿El que rodea la sosegada atmósfera del Warburg Institute? ¿El que encontrabas en París al franquear las puertas del refinado seminario del difunto Louis Marin? Un país en el que los datos y cifras, porcentajes y estimaciones arrojan el cuadro que he esbozado más arriba es precisamente eso: un país dividido, en lo que toca a las condiciones de vida de sus gentes, entre la civilización de unos pocos y la barbarie de los muchos. No querer reconocerlo es vivir de espaldas a todo lo que te rodea; es, sobre todo, impedirte comprender por qué ese pueblo "bárbaro" se dispone a elegir a Hugo "Santos Luzardo" Chávez presidente.

¿Se sigue diciendo "niches"?

A menos que la explicación de la sordera y ceguera de Pérez Oramas sea otra, mucho más banal. En un país que genera casi tantos mitos como barriles de petróleo diarios, uno hay que, repetido hasta el hartazgo, no logra, sin embargo, ocultar la mentira de lo que afirma. Se dice que los venezolanos no son racistas ni xenófobos, que en Venezuela el odio racial, la discriminación con base en la raza o la religión y el rechazo del extranjero, por el hecho de serlo, afortunadamente no han calado. Basta con ver el trato, ora prepotente ora paternalista, que reservan los poderosos a sus "cachifas", invariablemente mestizas o indias, o el insultante desprecio con que hablan muchos venezolanos de colombianos, chinos, españoles, portugueses e tutti quanti, para constatar, sencillamente, que los venezolanos no tienen nada que envidiar en este terreno a los habitantes de cualquier otro rincón del planeta. Es revelador, en este sentido, que Pérez Oramas utilice una sola palabra para resumir la impresión que le produjo el "caracazo": "asco". Supongo que, más que al diluvio de plomo y fuego que los soldados vertieron en aquella oportunidad sobre los cerros y barrios de Caracas y otras ciudades del país (y que, según las estimaciones de Amnistía Internacional, dejó tan sólo en la capital un saldo de 4.000 a 5.000 muertos y desaparecidos), estará refiriéndose nuestro exquisito curador al espectáculo de los saqueos protagonizados por "negritos" (¿o se sigue diciendo "niches"?).

El desprecio al "personaje secundario de una novela del narrador insigne" es algo que comparten nuestros dos articulistas. Pero Arráiz Lucca va más allá, es más arrojado, más contundente en sus afirmaciones que Pérez Oramas. Tras "mandar a callar", fuete en mano y con mohín altanero de capataz de hacienda, a un joven escritor por haberse atrevido ésta a decir en voz alta lo que tantos saben y murmuran en voz baja, ahora vaticina el abismo en caso de que Chávez gane las elecciones, en una variante más del manido aprés moi le délugé! Lo que no advierte este sagaz personaje es que el abismo es precisamente el lugar donde se encuentra ya desde hace años el país. Ojo: no el país en el que prosperan empresarios animados por una rapacidad que ya quisieran para sí las bandadas de zamuros que sobrevuelan el valle de Caracas; no el país en el que medran narcotraficantes y vendedores de armas, traficantes de órganos humanos y adulteradores de fármacos; no el país en el que una corte de pseudointelectuales y artistas, abrumados con prebendas oficiales, diserta a diario sobre el sexo de los ángeles. Ese país, es cierto, no vive en, sino del abismo en el que se halla el otro, el país que hace 25 largos años comenzó a hundirse en el fango de los petrodólares y su espejismo, el de una vida fácil e irresponsable para los gobernantes de turno y su séquito de peces piloto; el que encabeza, junto con Birmania, el ranking establecido por Amnistía Internacional de naciones con el más brutal sistema carcelario del planeta; el que es incapaz de ofrecer a 80% de sus habitantes un presente que no esté hecho de hambre, enfermedades y vejaciones y un futuro de violencia y muerte. Este país, en el que los ciudadanos que no sean amigos del primo del tío del ministro de turno no pueden legítimamente reclamar el más nimio de sus derechos o ejercer el menos opresor de sus deberes (aspirar a no vivir entre cerros de basura o sacarse la cédula, por ejemplo), difícilmente puede definirise como un país democrático en el que impera el Estado de derecho.

El partido de los privilegios

En el abismo en el que, repito, está Venezuela desde hace mucho tiempo, la vida continúa. Pero esa vida es de muy diferente naturaleza según se la disfrute trepando por las laderas con la esperanza de alcanzar el borde o se la sufra hundido en el fondo de la sima, allí donde no alcanzan a llegar ni siquiera los rayos del abrasador sol tropical. Está claro desde qué situación nos habla Arráiz Lucca, y no deja de ser comprensible que contemple asustado la posibilidad de que el pedacito de enredadera al que vive enganchado ceda unos cuantos metros, acercándolo un poco a la oscura realidad del pozo. Entran ganas de consolarlo: no sufra tanto, poeta. Será difícil, claro, que le regalen alguno de esos sillones que usted tanto codicia (¿por qué no mencionarlo?, el de presidente del Conac, que ya intentó usted asegurarse hace unos años mediante —fíjese por dónde— un golpe de Estado de salón que, como el del golpista que tanto desprecio le inspira, no prosperó). Pero a buen seguro sabrá usted hacer de tripas corazón y, entre sus muchas armas cortesanas, afilar la que le permita llegar a un buen entendimiento mañana con el enemigo de hoy.

Estoy convencida de que los problemas de Venezuela no los va a resolver ningún hombre providencial, llámese Chávez o Salas Römer, ni un dinosaurio atrapado en el hielo de la partidocracia, como Alfaro Ucero. Pero entiendo también que la mayoría de los venezolanos están desesperados, y que en su desesperación piensan que es preferible el cambio, cualquier cambio que arranque al país de las rapaces manos de quienes tan irresponsablemente lo han gobernado hasta la fecha. Nada menos seguro, sin embargo. No creo que Hugo Chávez y sus partidarios, de resultar electo aquél y entronizados éstos, vayan a gobernar a Venezuela de una manera radicalmente distinta. Mucho más plausible parece, en cambio, que los diferentes actores de la vida política del país, por más disímiles que sean sus postulados ideológicos, se sienten a negociar con ellos el reparto de cuotas de poder, y que los intereses económicos que están en juego en Venezuela acaben imponiéndoles su lógica. En fin, que gane quien gane, acabe ganando el partido de siempre: el de los privilegios. Con ello se habrá diferido, una vez más, la búsqueda de soluciones a esos enormes problemas que aquejan a Venezuela: la miseria física, intelectual y moral, el hambre, las enfermedades, la muerte ignominiosa en el fondo de una quebrada, a tiros, o en la soledad desatendida de una cama de hospital, sin siquiera un colchón. La vida infernal, en suma, a la que unos pocos han condenado a los muchos.

Ojalá me equivoque.


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