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La fiesta del chivo Mayo de 2000 A Domingo Álvarez Vuelvo de España apesadumbrado por dos hechos que parecen ajenos, pero que están profundamente interconectados. El primero es la estabilidad política y la insólita prosperidad de que disfrutan los españoles. Vivimos allí en los albores de la democracia, durante la segunda mitad de los setenta. Era entonces España, en muchísimos sentidos, un país más próximo al tercer mundo latino-africano que a esa Europa que auscultaba entonces al pintoresco país que emergía de las brumas de cuarenta años de franquismo con indisimulada suspicacia. No esperaba de ella más que sol, playa y folklorismo andaluz. Regresar veinte años después y encontrarse un país en vertiginoso desarrollo, ilustrado, completamente al día en materia económica, social y cultural y que le lleva el paso centímetro a centímetro a las potencias europeas, es no sólo sorprendente: alucina. El segundo hecho es posiblemente menor y tiene no pocas connotaciones personales. He sido profundamente conmovido por la lectura de la deslumbrante novela de Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo. Muchas novelas en una sola, Vargas Llosa recrea en páginas asimismo vertiginosas los últimos días de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, el «Benefactor» que gobernara con puño de hierro y las más cruentas manipulaciones caudillescas a un pobre país centroamericano llamado Santo Domingo y que terminara asesinado por un comando de gente inexperta, obligada a asumir el magnicidio llevados por sus profundos ideales éticos y políticos (¿pueden éstos conjugarse separadamente?). En medio millar de páginas de apretada prosa, deshilvana el genial novelista peruano el tapiz de esa sangrienta y brutal dictadura latinoamericana a partir de la vida de una mujer, que cede el protagonismo literario para permitir el despliegue novelesco de esos días míticos y conmovedores. Lealtad, oportunismo, grandeza y traición se suceden en una historia rocambolesca, cinematográfica y cruenta que nos deja a los pies bastardías y miserias, entre las cuales no es la menos significativa la protagonizada por ese hijo putativo de Trujillo, suerte de Jorobado de Nuestra Señora de la democracia dominicana llamado Joaquín Balaguer. La pesadumbre es natural, aunque suene extraña. En esa crucial segunda mitad de los setenta, cuando España se desperezaba amenazada por tantos peligros y dificultades de la sombría dictadura de Franco, Venezuela aceleraba su paso de país próspero, enriquecido por gigantescos ingresos petroleros. Volvíamos a recogernos a la cálida templanza del Caribe cada cierto tiempo, para terminar enterados de las últimas bagatelas del consumismo postindustrial: betamax, cámaras de vídeo de última generación, motos de alta cilindrada, neveras gigantes de acero inoxidable, relojes Rolex de oro, hornos micro-ondas, electrodomésticos, whiskys de marca. Nada de eso se consumía entonces en España, austera y visceral, sombría y provinciana. Y aunque desde lo hondo de su visceralidad los fantasmas del franquismo insistían en anclarla en un pasado autoritario, caudillesco y sórdido véase si no la payasada golpista de Tejero, Teniente Coronel de la Guardia Civil, tan cercano, tan parecido, tan idéntico a todos los tenientes coroneles golpistas que en el mundo han sido la voz lúcida de lo mejor de España, desde el propio Rey, todavía un muchacho, hasta Felipe González, el más grande estadista de la España postfranquista, supieron que España sólo podría insertarse en la civilización europea a la que por derecho propio quería pertenecer, que unida a dos propósitos: democracia y modernización. Y un solo objetivo aunaba, simbólica y prácticamente, ambos ejes políticos y culturales: insertarse a Europa, incorporarse a la Comunidad Europea. La historia suele ser más juguetona de lo que quisieran los historiadores. Hoy, al ver el progreso al que ha llegado España y la profunda regresión en todos los órdenes que pareciera estar viviendo Venezuela antípodas entonces, antípodas ahora no puede uno menos que leer La Fiesta del Chivo con profunda aflicción. Pues los rasgos seudo mesiánicos, caudillescos, autoritarios y no pocas veces inescrupulosos que se advierten en la conducta de nuestro actual presidente de la república encuentran sonoro eco en las páginas que describen la laberíntica aventura del Benefactor y Padre de la Patria Nueva, excelentísimo General de todas las Fuerzas Rafael Leonidas Trujillo Molina. La historia entonces, como todos lo sabemos, terminó mal, casi tanto como lo quisiera el delirium tremens de Norberto Ceresole. ¿Cómo terminará la nuestra? Esta novela, para nuestra desventura, aún no ha sido escrita. España, ahora España, pareciera querer ayudarnos con el guión acorde a los tiempos. Sepamos leerlo. |
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