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Quienes se creen dioses no siempre cambian la historia Asdrúbal Baptista El Nacional del domingo 20 de setiembre de 1998 La batalla de Jena fue el 14 de octubre de 1806. Unos días antes había terminado Hegel de escribir la Fenomenología del espíritu. De paso hacia el lugar del combate, donde derrotó al ejército de Prusia, tuvo Napoleón que atravesar la ciudad. Hegel, joven profesor que se ganaba la vida dando clases privadas, lo contemplará al pasar, desde su cuarto de trabajo. Nada menos que la historia misma «montada a caballo». Con premura se lo escribirá a un amigo: «Ayer vi a Napoleón: en él se encarna el espíritu del mundo». Muchos siglos antes, en la primavera del 334 a.C., inició Alejandro de Macedonia sus conquistas. Su madre Olimpia, para incitarlo a la lucha, le había revelado «los misterios de su nacimiento». Cruzó el estrecho del Heliosponto con 60 barcos de guerra, y su primer destino fue Troya, la Troya de su Homero se cuenta que debajo de la almohada colocaba siempre, además de la espada, un ejemplar comentado de La Ilíada que le había regalado su maestro Aristóteles. Allí, para darle aún mayor significación al acto, alguien con el mismo nombre que el del padre de Patroclo, uno de los héroes homéricos, le impuso una corona. Un testigo hubo luego de escribir: «Hemos nacido para enseñarle al futuro una lección de paradojas». Napoleón, Alejandro, Bismarck, Carlomagno, Mirabeau, Constantino, Richelieu, Augusto. ¿Qué hay en la vida de estos hombres, hombres históricos sin ningún género de dudas, que les hace echarse sobre los hombros el curso de la historia para moldearlo y orientarlo? Hace 100 años, en 1898, en una revista quizás ya desaparecida y bajo un seudónimo, el filósofo ruso Georgui Plejánov publicó un artículo intitulado El papel del individuo en la historia. El tema había estado ya por más de un siglo en el tapete, especialmente a causa de la Revolución Francesa y, sobre todo, por lo que al respecto había dicho el propio Hegel. Pues bien, releyendo a Plejánov un siglo después, y frente a los tiempos actuales, ¿qué se puede decir acerca del tema? O mejor, ¿en qué consiste esta cuestión del individuo y la historia? El meollo del tema La presentación clásica del tema tiene como hors-d'ouvre un pensamiento de Pascal: «Otro habría sido el destino del universo de haber sido más corta la nariz de Cleopatra». Marco Antonio y no Octavio, se quiere así decir, habría sido quizás quien sucediera a Julio César, por cuya razón hoy se tendría un mundo muy distinto. Y de allí es muy fácil saltar a sostener, por ejemplo, que la historia de Europa «puede escribirse en función de tres titanes: Napoleón, Bismarck y Lenin»; o que la segunda parte del siglo XX venezolano sería diferente de no haber perdido la mente Diógenes Escalante, o de haberse cortado la electricidad cuando hablaba Rafael Caldera en el Senado el 4 de febrero de 1992. Múltiples factores se agrupan en torno a la convicción de que la marcha de la historia es un asunto de férreas voluntades individuales. El hombre como individuo es mucho más importante hoy de lo que era hace unos siglos. Además, ¿es que no ha dado pruebas de que si se propone algo lo consigue a cualquier costo? Pero también es verdad que resulta más fácil achacar culpas que buscar explicaciones; o atribuir segundas intenciones antes que poner de relieve las restricciones bajo las cuales se adoptan unas decisiones antes que otras. Por otra parte, el juego del poder, que domina como pocos aspectos la escena humana, refina la creencia de que al hombre poderoso le es dado siempre torcer las cosas a su favor, incluyendo, por supuesto, las fuerzas de la historia. En todo caso, ¿cómo dudar de que sin la presencia de ciertos individuos resulta muy difícil concebir el curso histórico que llega hasta hoy? Por un momento, piénsese a la Europa decimonónica sin Napoleón; a Hispanoamérica sin Bolívar; a la América contemporánea sin Fidel. ¿Habría sido igual el mundo? ¿Habrían surgido otros para suplantarlos? Lo cierto es que cada uno desencadenó poderosas fuerzas que signaron el rumbo por venir de su propio tiempo. Pero, ¿eran nuevas esas fuerzas, en el sentido de que antes no existían y surgieron por primera vez de la voluntad de estos hombres? ¿O ya estaban allí, a la espera de revelarse o rebelarse, y es sólo por su intermedio como consiguen hacerlo? Impulsivos, sobrehumanos, doblesHay, desde luego, rasgos sobresalientes y comunes a estos hombres de la historia. Ortega hablará así de «impulsividad, turbulencia, histrionismo, imprecisión, pobreza de intimidad, dureza de piel». Dirá, notablemente: «Sorprende notar que todos los grandes hombres políticos carecen de vida interior. No es paradoja decir que no tienen personalidad». Y en otro respecto no menos significativo: «Cuando mienten, en rigor no mienten... porque lo importante son para ellos los actos. Las palabras, y dentro de ellas las ideas, son tan sólo instrumentos». Burckhardt acentuará de ellos otros aspectos, en especial el sentido del momento y un cierto desdén por la ambición personal o por la fama: «Siempre descubren la situación real de las cosas y de los posibles recursos del poder», y es por ello que «no se dejan cegar por las simples apariencias ni aturdir por el estrépito del momento». De igual modo dirá que «la ambición actúa sólo de un modo secundario, y la idea de la posteridad mucho más lejanamente». «Una sobrehumana fuerza de voluntad» les atribuirá Carlyle, agregando que por ello tienen el embrujo de un influjo mágico. «Un agudo sentido por lo cualitativo antes que por lo cuantitativo; una especie de acercamiento directo a las cosas, antes que una capacidad para describir, calcular o inferir», escribirá de ellos Isaiah Berlin. Y es Nietzsche quien dice del hombre grande: «No quiere corazones que simpaticen con él; antes bien, súbditos, instrumentos... Se sabe impenetrable a una comunicación genuina, y aborrece la familiaridad. Cuando no habla consigo mismo se pone una máscara. Prefiere mentir a decir la verdad: ello le exige mayor fortaleza y voluntad». «Somos seres sociales»Hay una verdad referente a los seres humanos que no puede obviarse sin pagar un altísimo precio. No se está solo en el mundo, o para decirlo con rigor, el hombre es un ser que vive en sociedad. De manera que la grandeza de los hombres históricos no es posible comprenderla al margen de los tiempos que les corresponde vivir, o lo que viene a afirmar lo mismo, al margen del seno social en el que se constituyen. No hay hombres grandes hablando en abstracto, sino siempre dentro del marco de una realidad particular. Podría decirse que Bismarck es Bismarck a cuenta de las circunstancias históricas que lo rodearon y frente a las cuales hubo de desenvolverse. Pero ante una frase como ésta, ¿no se siente, acaso, una especie de gran vacío, como si nada se estuviera diciendo? ¿O es éste un sentimiento infundado? La grandeza histórica es un asunto que tiene que ver con el carácter de los tiempos. Habrá así tiempos mediocres, monótonos, aburridos. Y los habrá que no repiten dos días iguales. Es de los primeros, si fuera el caso, parir hombres históricos; los segundos, en general, son secos y estériles. «El genio de Cromwell fenecería en la oscuridad, si es que ahora viviera», habrá de escribir Gibbon cien años después de la Restauración. Pues bien, esta distinción, banal como pudiera lucir, llevada al extremo conduce a la negación del papel de los hombres grandes en la historia, quedando reservados los adjetivos y superlativos sólo para las sociedades y sus particulares tiempos. No hay entonces seres humanos grandes, en tanto que sí lo son los acontecimientos. Aunque pudiera ser el caso, sin embargo, de grandes conflagraciones que por meras circunstancias colocan a un hombre -acaso mediocre- en el centro de la atención, y, por qué no, de la historia. Con los ojos de la historia, la significación de la acción humana individual es irrelevante. Y donde debe posarse la mirada escrutadora, antes bien, es en el marco de relaciones sociales que rodean y condicionan la acción de los hombres. Pero como siempre sucede con las cuestiones de suprema importancia, hay aquí grados, variaciones, actitudes que se mueven entre extremos. Tómese por caso a Federico Engels. Historiador de no pocas virtudes, en esta materia tiene una postura reveladora. En una carta suya del 25 de enero de 1894, que siempre deberá leerse completa, de haber interés por estos temas, dice: «Si Napoleón hubiera faltado, otro habría tomado su lugar». A su vez, Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, hará lo suyo propio: «La guerra de clases en Francia creó circunstancias y relaciones que hicieron posible que una mediocridad palmaria (Luis Bonaparte) se exhibiera solemnemente con atuendo de héroe». Hay aquí, pues, una determinación de las cosas históricas donde el papel del individuo, por más grande que él sea, parece ser sólo casual: ni decisivo ni mucho menos esencial. El pensamiento de Plejánov andará por estos rumbos, pero su manera de expresarlo abrirá espacios para matices y tonalidades no tan subidas: «El carácter de un individuo es un `factor' en el desarrollo social, pero sólo en tanto se lo permiten las relaciones sociales... Los grandes talentos aparecen únicamente cuando existen las condiciones sociales para su desarrollo». La grandeza históricaSin que sea siempre el camino acertado una especie de justo medio entre las posiciones adoptadas, es plausible decir que el curso de las cosas, en sus momentos excepcionales, ata las condiciones históricas particulares con el esfuerzo sobrehumano que algunos hombres son capaces de realizar. A esta atadura, tal es su naturaleza, se le ha llegado a ver como un matrimonio sagrado e indisoluble. No hay, de hecho, dos partes a las cuales referirse, y es más bien en la imagen evangélica de «un solo cuerpo» donde se revela con fidelidad la idea. Es como si se precisaran mutuamente; o que por necesidad debieran encontrarse para enmaridarse. Y al esto suceder, ocurre el chispazo que inicia el sobresalto de la historia. Esta unión misteriosa, misteriosa porque nunca se la podrá entender con la claridad que haría falta tener, puede verse lúcidamente en algunos pasajes de Hegel. Refiriéndose a Richelieu escribe: «Sus enemigos se le entregaron no a él en cuanto hombre, sino a su genio, que vinculaba su persona con el principio necesario de la unidad del Estado». Y en La filosofía del Derecho, obra suya de madurez, dirá: «El hombre grande es aquél que sabe expresar en palabras la voluntad de su época, decirle cuáles son sus deseos, y conseguirlos. Lo que él hace es corazón y esencia de su época, dándole así realidad». ¿Y las otras grandezas?La grandeza humana, que no es igual que decir la grandeza de la condición humana, ni empieza ni culmina en la conducción política de las fuerzas de la historia. Otros hay, casi dioses, por cuya palabra y existencia se revelan el pensamiento y los misterios de lo bello, o el mundo es más luminoso, o lo Divino adquiere definitiva consistencia. Poetas, músicos, filósofos, científicos, artistas, ¿no los hay, acaso, y muy grandes? Con todo, no es para ellos la nombradía que se otorga a los hombres llamados históricos. Es sobre los hombros de estos últimos en los que se pone la marcha de la historia. En verdad, el mundo sería radicalmente diferente sin la Antígona o sin San Juan de la Cruz. Pero, ¿se habría alterado en algo el destino fatal de la Hélade, o del Imperio Español, ya entonces en un curso indetenible de tribulaciones? Respuestas definitivas, aquí, no las hay ni las habrá nunca. Queda al final, sin embargo, una vaga sensación como de libertad. Estos temas, al pensarlos, sustraen del espíritu la onerosa pesadez de la ambición. Y a la vuelta, en ilimitada ganancia, se hace límpido el horizonte que descubre las múltiples posibilidades de lo humano. Bibliografía mínimaJacob Burckhardt, Reflexiones sobre la Historia universal |
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