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Cuatro reyes de la baraja, cinco repúblicas

El Nacional, sábado 18 de abril de 1999

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Postuló Gilbert Durand que toda la suntuosa trama de los símbolos deriva de cuatro puntos cardinales, codificados en los ases de los naipes: la cortante espada, la receptiva copa, el contundente basto, el cegador oro. Francisco Herrera Luque organizó narrativamente nuestra mitología política alrededor de cuatro reyes de la baraja. La historia oficial distingue una Primera República entre los años 1810-1812, una segunda entre 1813 y 1814, una tercera entre 1817 y 1820 y una Cuarta República que comienza en 1830. Podemos olvidar sin más esta taxonomía onomástica. La espada de José Antonio Páez impone la República oligárquica entre 1830 y 1863. La afrancesada copa de Antonio Guzmán Blanco dirige la Oligarquía liberal entre 1870 y 1884. El contundente mazo de Juan Vicente Gómez apuntala la dictadura positivista entre 1908 y 1935. El oro amarillo o negro permite a Betancourt financiar desde 1945 y 1958 la República populista que agoniza a finales de siglo. Cuatro repúblicas, cuatro reyes. La Historia es un cúmulo de datos que sólo cristaliza en sentido mediante esas epifanías llamadas símbolos.

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Cada República nace entre la sangre y el fuego. Páez surge de la Guerra a Muerte, Guzmán de la Guerra Federal, Gómez de la Revolución Restauradora, Betancourt del 18 de Octubre. No se puede cambiar el juego jugando con las reglas del juego. Cada baño de sangre brota de una crisis de la economía monoproductora que la oligarquía precedente auspicia y no puede administrar exitosamente: crisis de las exportaciones del cacao en 1760, caída de los precios del café y los cueros en 1850, bancarrota del café en 1887, baja de los precios petroleros que derroca la dictadura en 1958 y desencadena el colapso fiscal de 1983. Cada república ostenta ideología. Constitución, leyes, instituciones, pero tras bastidores la domina una voluntad personal que, como la soberanía, es absoluta y perpetua. Cada república tiene el rey que se merece. Todos son continuistas. Todos son bolivarianos, a diferencia de Bolívar, que no quiso ser rey.

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No hay rey sin ejército. El general Páez impera sobre los nómadas llaneros y los esclavos reclutados para la gesta independentista y transferidos al servicio de la república oligárquica. El general Guzmán Blanco reina sobre las mesnadas semifeudales de peoncitos reclutados por medianos propietarios vueltos caudillejos. El general Gómez articula un ejército nacional con mando e intendencia centralizados y soldaditos que cumplen trabajo esclavo en sus haciendas. El bachiller Betancourt, el único rey de la baraja que no es general, logra que los generales le obedezcan aumentándole sueldos y privilegios, rotando incansablemente los mandos, garantizando el rápido ascenso de las nuevas promociones mediante la temprana jubilación de los estados mayores. Las huestes de los dos primeros reyes surgen de guerrillas que triunfan contra ejércitos convencionales. Las de los dos últimos son ejércitos convencionales que exterminan guerrillas. Las milicias de los dos primeros reyes viven del terreno que ocupan o saquean, vale decir, del conuco. Las de los dos últimos, del Fisco, o sea, del petróleo. Los primeros corresponden a la anarquía federal, los últimos, a la soberanía del Estado nacional.

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Los tronos de los reyes de la baraja se fundan sobre el oro y la sangre, pero se legitiman por la corona ideológica que confieren los intelectuales. La dominación de Páez se cimenta sobre la historia de Venezuela escrita en clave épica por José María Baralt y Ramón Díaz. La del Ilustre Americano, en el incienso que le tributa la camarilla de plumíferos llamada adoración perpetua. Laureano Vallenilla Lanz, Gil Fortoul y Arcaya tejen para el Benemérito laureles de cesarismo democrático. Se los imponen sus protegidos Pedro Emilio Coll, José Antonio Ramos Sucre, Teresa de la Parra y Rómulo Gallegos. El golpe de Estado del 18 de octubre es llamado Revolución por Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Mariano Picón Salas. Cuando el tiempo o el desgaste privan al populismo de sus políticos cultos, lo legitima la mordaza comprada por sus políticas culturales.

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Emblemas vivientes de la nacionalidad, los reyes de la baraja asumen el poder con la connivencia y a veces el apoyo de las potencias extranjeras. Páez cuenta entre sus filas con la Legión Británica y mantiene inmejorables relaciones con el embajador inglés sir Robert Ker Porter. Guzmán se enriquece contrayendo empréstitos y acordando contraros leoninos a las casas comerciales foráneas. Gómez asume el mando bajo la protección de las cañoneras norteamericanas Maine, Des Moines y North Carolina, y reparte la primera gran piñata de concesiones. Betancourt aprovecha su trienio para hacer preponderar a las concesionarias estadounidenses sobre las inglesas. En agradecimiento por favores recibidos, cada Rey agobia a su república con deudas que terminan por aniquilarla. En 1830 la Gran Colombia debe 6.750.000 libras esterlinas. En 1880 la oligarquía liberal carga al país débitos por 2.702.000 libras. Gómez paga la deuda externa en 1830. Los populistas la elevan a 27.000 millones de dólares en 1983. Bajo las castizas imágenes de las cartas españolas, reminiscentes de la Celestina y del Lazarillo, los reyes no son más que sotas manejadas por los duros soberanos y reinas de los naipes anglosajones.

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Ninguno de los reyes de la baraja culmina una revolución. Todos efectúan los cambios indispensables para que sigan iguales la abismal desigualdad entre masas y oligarquías, la orientación económica hacia los mercados externos y no hacia el consumo interno. Todas sus repúblicas caen abandonadas por las masas a las cuales movilizaron políticamente para asegurar la inmovilidad económica y social.

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Espada de la sangre, copa de la prodigalidad, basto de la contundencia, oro de la codicia clausuran el ciclo cuaternario que preludia la tediosa repetición o el agotamiento. Como en el calendario azteca, que comprendía cuatro creaciones, el cierre de la última marcaría el advenimiento de un Quinto Sol, de cataclismo o renacimiento. Para que exista una Quinta República debemos reconquistar la soberanía, hoy confiscada por los acreedores de la deuda, y recuperar el patrimonio nacional, subastado a las transnacionales por la clase política. Sin ello, sólo cabrá barajar el mismo mazo de cartas.


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