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La política cultural de la CIA

Luis Britto García

El Nacional, sábado 26 de mayo de 2001
La globalización
El debate cultural en Venezuela
Central Intelligence Agency (CIA)

En mi juventud resumí toda la crítica cinematográfica en una sola máxima: película en la que actúa Kojak, es mala. El Pensamiento Único postula un apotegma de superficialidad equiparable: arte comprometido no es arte.

Who_Paid_The_PiperUn lúcido libro de Frances Stonor Saunders, Who Paid the Piper: the CIA and the Cultural Cold War (Londres: Granta Books) ilustra los mecanismos que consagraron tal majadería como dogma. En otras palabras: demuestra cómo una policía política desató una guerra cultural en la que compró creadores, revistas e instituciones, para imponer la opinión de que instituciones, revistas y creadores no debían sustentar opiniones.

La paranoica serie televisiva Expedientes X presenta agentes secretos que desempolvan legajos sobre mutantes, telépatas y extraterrestres fantaseados. La acuciosa Frances Saunders investiga sobre monstruos acaso más sorprendentes, pero desoladoramente reales.

En el expediente sobre instituciones, por ejemplo, revela Saunders que la CIA se sirvió de las fundaciones Ford y Rockefeller, así como del Museo de Arte Moderno (MOMA), para financiar en forma selectiva el apoliticismo militante y el artepurismo complaciente. A través del MOMA manejó la avasalladora imposición del expresionismo abstracto, al cual Nelson Rockefeller, cofundador de dicho museo, bautizó como «la pintura de la libre empresa», sin parar mientes en que el abstraccionismo fue inventado por los constructivistas soviéticos.

En el expediente sobre medios, verifica Sanders que para la CIA la libertad de prensa es la de comprar publicaciones mediante subsidios encubiertos. Según testimonios de Tom Braden, quien dirigía la División de Organizaciones Internacionales de la CIA, ésta financió una «burbuja literaria» de publicaciones de la izquierda democrática tales como Encounter, New Leader y la Partisan Review, al extremo de que «un agente se convirtió en director de Encounter». Resultado: la sistemática censura de las críticas hacia la política estadounidense, como la aplicada contra el escritor anarquista Dwight MacDonald.

Y ya que hablamos de corrupción, el libro de Saunders supera los videos de Montesinos cuando menciona nombres. Entre los receptores de fondos de la CIA: Hannah Arendt, Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary McCarty, Sydney Hook, Irving Kristoll, Melvin Lasky, Stephen Spender. Todos eran útiles: según Saunders, «se esperaba que los individuos y las instituciones subvencionadas por la CIA actuaran como parte... de una guerra de propaganda». Ninguno era tonto. Conforme remacha el vitriólico Tom Braden, todos debían saber quién pagaba sus honorarios.

Particular devoción mostraba la CIA hacia los conversos. Quien regresaba de un país socialista o de las filas de la izquierda dándose golpes de pecho experimentaba un manipulado auge de las ediciones, las reseñas, las campañas publicitarias. Entre los así promocionados —no necesariamente compradosÒ reseña Saunders a André Gide, Ignacio Silone, Raymond Aron, Arthur Koestler, George Orwell... Nos preguntamos si mecanismos similares auspiciaron la boga de los hoy casi olvidados Jan Valtin, Boris Pasternak y Jerzy Kosinsky.

En aguda reseña sobre La CIA y la guerra cultural, James Petras destaca que aquella funcionaba como atareadísima agencia de espectáculos que promovía en Europa los fastuosos Congresos por la Libertad de la Cultura donde disertaba Czeslow Milosz, así como piezas teatrales, ballets y óperas. Se privilegiaba la presentación de artistas de color, como Louis Armstrong o Marian Anderson, para disimular la política racista estadounidense. Si la criticaban explícitamente, se los excluía, como al escritor Richard Wright. En tan congestionada agenda la agencia se reservaba tiempo para sabotear la propuesta del Nóbel para Neruda en 1964.

Entérese usted: durante las últimas cinco décadas se peleó una guerra cultural sucia con tropa de intelectuales exquisitos dirigida por oficialidad de esbirros. El hijo de este contubernio es el Pensamiento Único. La mayor de sus victorias es quizá la de que estos hechos sigan siendo tan universal e intencionadamente ignorados.


Luis Britto García
La globalización
El debate cultural en Venezuela
Central Intelligence Agency (CIA)



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