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Caracas en tiempos del paro Lava el sol de diciembre las calles mejor que la lluvia. Sale uno a hacer diligencias en la ciudad como quien visita a una vieja parienta que no sabe cómo va a recibirlo. Siempre hay tantas busetas con parabrisas constelados de rótulos que parecen buhoneros de rutas. Avanzan en el tráfico con sus pausas de procesión que carga en el techo el santo milagroso de la madrugada. Allí está el gesto unánime de Cirineos de los obreros que alzan en hombros la cruz traqueteante de las santamarías. Entramos en San Agustín del Norte donde ya el señor de la gorra saca su caja con las empanadas de cazón a bolívares quinientos y el termo para el desayuno de acera que nunca termina de pasear por el cuerpo. A medida que hacemos los trasbordos progresamos en la teología peatonal de cada día. En los altares plateados de sus ventanales traseros las busetas el Ánima de Pica-Pica, el Divino Niño, el Ánima de Taguapire. El incensario del escape es salutación, elevación del espíritu que sube a los cielos entre autoperiquitos. ¿Cuándo terminará el soliloquio absorto de la mamá con la bebita sobre lo mal que se porta y el embeleso con que va adornando a la malvada con lacitos de santa? ¿Quién nos dará fuerzas para resistir al orador que deambula pidiendo colaboración para salvar a la juventud mediante la venta de un cartón de carretes de hilo, una tijera, un surtido de agujas? Va uno admirado de cómo tantas casitas con remiendos sórdidos todavía guardan la sonrisa de macetas floridas de los balcones desconchados. Allá en el puesto de frutas la muchacha rizada le pinta las uñas del pie a una Venus negra mientras la aguja de la balanza tiembla emotivamente. En las últimas cuadras del Sur de Santa Rosalía trepidan talleres mecánicos que con sus viejos tejados parecen más bien caballerizas. Con qué sapiencia contemplan los perros de las latonerías el río de metal que rueda por las calles, como diciéndole: «Ya vendrás por aquí», con lengua acezante y guiño pícaro de sepultureros. Nunca un gato ronroneó tan alegremente como las centrífugas de batidos de las areperas. No se sabe de dónde sacó su gesto de sacerdote azteca el despachador que con largo cuchillo arranca el tibio corazón de millones de arepas. No podemos dejar abandonados los recuerdos porque al revisitarlos los encontramos sembrados de edificios. Sorprende ver con qué fidelidad van siempre a las mismas torres los mismos burócratas a ver los mismos papeles. Parece que calcularan el balance de los segundos depositados en las cuentas de sus vidas los integrantes reflexivos de las colas del banco. Siempre tiene algo tierno el viejo galpón de remate de libros al que encontramos abierto como venta de útiles escolares. Así como hay viejos verdes, quedamos lectores verdes que no renunciamos al coqueteo con las ediciones caras. Si va uno por Candelaria contempla los artesanos con mandil de cuero como cirujanos que suturan la lengüeta del calzado. Enloquece pensar por dónde echarán a andar tantos zapatos que parecen querer escapar de las vidrieras. Qué ganas dan de entrar en las tiendas de las piñatas para comprar niñez en forma de cotillón. Qué falta hace inventar un cotillón para la segunda infancia, que debe conformarse con el caramelo de la nostalgia. Pero los caramelos del adulto los ofrecen solo las ferreterías. Tentaciones dan de coleccionar clavos, en la esperanza de encontrar aquel donde por fin daremos el martillazo del genio. Encontramos en cambio como si hubiera salido a buscarnos el tesoro de las rueditas que necesitábamos para componer la maleta y ya confiamos en que hallaremos las ruedas para acelerar la marcha del mundo. En Baruta dos docenas de adultos en pantalones cortos y una docena de policías armados imponen una variante del corralito argentino y me impiden entrar a un banco abierto. El que grita más alto me dice que el error del 11 de Abril fue no tener un Pinochet que matara a todo el que pensara diferente. O sea, a todo el que pensara. Extraña policía incapaz de proteger bancos pero capaz de cerrarlos. Ahora sí sabes dónde van tus impuestos.
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