![]() |
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Fernández
Fernández responde, digamos, cuarenta y cinco minutos. Granier pregunta, que si esto que si lo otro y el entrevistado va hilando contestaciones: «Es que Marcel, tipitipín...» «Precisamente, Marcel, tacatán, tacatán». «Coincidimos, Marcel, tuputún, tuputún». «Lo has dicho estupendamente, Marcel, ruqurun, ruqurun». Y uno se pregunta, estragado de tanta armonía y tanto estar de acuerdo, por qué Fernández no entrevista a Granier, en lugar de Granier, entrevistar a Fernández. Pero si el decorado cambia, si es Rangel, en vez de Granier, si es Damelys, en lugar de Rangel, si es Impacto, en lugar de Primer Plano, Fernández continúa coincidiendo y coincidiendo, él y su imagen de vástago que entra perfectamente en la madera, Fernández, atornillado, Fernández plug entrando en un huequito Sony, Fernández diente de la caja sincrónica. Eso. Fernández, el sincrónico. ¡Es que ni Bach a la hora de resolver armonías! Precisamente, para él se escribió El clavecín bien temperado, porque en efecto, el Secretario General se atempera, se pentagramiza: esto, conduce a esto, aquí digamos fa porque do molesta, desorganiza, equivoca. Pero ahora la armonía no conduce a la verdad. Por el contrario, da grima, sacude al televidente, se hace incierta de tanto ser cierta. Sabía mucho Aristóteles cuando a la hora de hablar de dramas, expresaba que la coincidencia es la aberración del teatro. De allí que al país le ha dado por pensar que Fernández miente o en todo caso, oculta. En dos años, el hombre se ha vuelto Nixon, cuando allá por los años sesenta, y en plena campaña electoral norteamericana, el candidato republicano echó de menos a su perrita y dijo en televisión: «Si alguno de ustedes sabe de mi perrita, por favor, escríbame, llámeme, porque Patty y yo nos sentimos desolados». Y entonces, usted, televidente, se subleva por dentro y rumia una indignación y gruñe: ¿Pero cuándo carajo te importó esa perrita, desgraciado? ¿Cuándo te importó algo? Malos tiempos y peor sino, para mi buen amigo Fernández. Rumbo errático, porque en el fondo, ni siquiera es dirección, sino carril. Fernández, medalla. No hay vitrina que lo exponga a la bondad de la mayoría ni a la admiración de sus contemporáneos. No hay calor en lo que dice, y mire usted que dice y comenta y propone hasta por los codos. No hay verdad ni en sus conjunciones. Ni un solo adverbio airoso en su sitio. El partido se le ha hecho ortopedia, prótesis, como una pierna derecha atornillada capaz de funcionar por los estupendos comportamientos del plástico, pero nada que vaya más allá de una eficacia quirúrgica, nada real ni mucho menos orgánico. Hombre sin atributos, enredado en una pregunta: ¿Qué soy, aparte de jefe? ¿Cuál razón me hace dirigente? ¿Dirigente hacia qué dirección? Siente uno que el viento sopla y Fernández revolotea como una página de avisos clasificados extraviada hace seis meses, inútil ahora cuando las ofertas y las demandas no son las mismas, sin contestar otras palabras que no sean módulos, maneras de hacerse el coherente, en ocasiones, el importante, pero sobre todo, el consecuente. Alma de deudo, porque en efecto, pertenece el hombre a ese tipo de gente que visita parturientas en clínicas o tías lejanas aquejadas de arritmia. Allí estará, que nadie lo dude, el virtuoso Secretario General, precedido de un ramo de gladiolos y un telegrama de buenos deseos. Veinte en conducta. Diecinueve en aplicación. Modelo de diligencia y aseo. Pero nada que mueva nuestra lengua. Nada excitante ni mucho menos parecido a lo que nos sucede. Como un atildado vendedor de Electrolux, de esos que usan la corbata en función de la pulidora, que ofrecen día a día, cumpliendo instrucciones de la compañía, la temible gomina del Gran Patriarca, disimula hasta sus rizos. El enigma de un chico bueno: a eso se ha reducido quien hace apenas tres años acaudilló una legítima rebeldía en el seno del partido socialcristiano, que es como decir, El Cielo, escrito con mayúsculas. Luzbel, disidente, obstinado de tanto Dios. Pero ahora, no hay pregunta que el rebelde no conteste, no hay víscera que lo encuentre fuera de balance. Perfecto como el olor de la creolina, firme como el timonel de un ferry Puerto La Cruz-Pampatar, proa hacia la isla, proa a tierra firme y de nuevo proa hacia la isla, y de nuevo proa a tierra firme y de nuevo proa hacia la isla y otra vez proa a tierra firme, hasta la exasperación. ¿Cuándo hay borrasca? ¿Cuándo atracadura de corales? ¿No habrá por allí un mar picado, capaz de confundir el timón a fin de atracar, por lo menos en Bonaire e iniciar un día no programado? ¿Qué lo habrá hecho tan rol?, me pregunto a veces escuchándolo dialogar con Marcel Granier. ¿A qué se opone? ¿Por qué lucha, mención aparte de una vaga noción de eficacia y contemporaneidad que soy el primero en admitirle, pero como quien admite el contenido de Vitamina A en las zanahorias, sin hacer mayor escándalo por eso, de tanto saberlo natural? Día a día, en efecto, Fernández, se volatiliza en el tedio. Hasta su nariz, ha perdido esa coloración rojiza que de alguna manera lo acercaba al sensual Falstaff. Todo en él es Peón 4 rey, Jaque Mate y ganan las Negras. ¿Por qué tendríamos María Benita Luján o yo, que votar por un ciudadano así? ¿Qué especial suceso nos aguardaría en un gobierno, tan aburrido como una alcachofa sin sal depositada en una colonia de ostras? Un político que se ha convertido en la mimesis de sí mismo, y a quien sólo le falta el flux azul marino de pantalón corto, y la camisa blanca de cuello abierto, para asumirse como un colegial sin espinillas, un marisabidillo con diploma. ¿No es eso? Y sin embargo, la pregunta aún no está bien formulada. Mejor sería inquirir si el Secretario, quiere ser candidato. Leer una declaración de Fernández, o contemplar alguno de sus gestos, es asistir al cuerpo viviente de eso que Pérez y el ministro de la Defensa, desesperadamente y a todo trance quiere llamar con buen deseo, «la normalidad de la situación nacional». Se entiende en el Presidente, chingo por coger un avión hacia Madrid a fin de apearse en Barajas y decirle a Felipe González, «hermano, todo sigue igualito y por la casa, bien». Se entiende en el flamante general Ochoa Antich, maidenform del ancianato. Pero es que ambos, comparados con Fernández, son Bakunín y Kropotkin en materia de desestabilización gubernamental. El sistema, en efecto, es de Fernández. Pero no sólo la democracia, que sería mérito, de acuerdo a lo que piensa el ochenta por ciento de los venezolanos, sino todos los pollitos que en estos 34 años han ensuciado el gallinero. Las espaldas del Secretario General se han hecho generosas. Corrupción, no hay. Los guardaespaldas de la señora Matos, denunciados por el fiscal Escovar, no perturban esta flema. La renuncia de la señora Arismendi Melchert no le concierne al solidario. Los veintiséis prematuros que, en un mes han muerto por razones de inmundicia en las instalaciones de la Maternidad Concepción Palacios, no valen ni siquiera un comentario. ¡Fermín, Dios mío de mi vida! ¡Fermín pasa a la oposición y le contesta cuatro vainas al novísimo Fiscal de Aceras, y Fernández, más gobiernero que un cuñado de lxora Rojas, como si nada de esto fuera con él, como si nada estuviera sucediendo, como de oposición a ratitos no se vayan a olvidar los que todavía preguntan si hay algún remedio. De ninguna manera es cierto lo que dice «el second», cuando acota que el partido socialcristiano debe salirse del gobierno. ¡Es que el partido socialcristiano es el gobierno! ¿Cómo se va a salir? ¡Aquí tuvimos unas elecciones clandestinas hace un mes, y no nos hemos dado cuenta! ¡Aquí salimos de los adecos! ¡Aquí está gobernando un empleado de Sears, de esos por nueve días sin habernos enterado! ¿Por qué me preocupa Fernández, al punto de escribirle estas pesadeces a quien casi siempre me ha parecido un admirable ciudadano de buenas iniciativas? ¿Qué lo hace especial en la actual mengua donde la renuncia del Presidente es considerada una catástrofe, sin que hasta el momento nadie se haya molestado en explicarnos ese derecho divino, mediante el cual los venezolanos tenemos que soportar un zapato apretado hasta 1993, a cuenta de que metimos la pata? ¿Por qué esta desazón personal con Eduardo, para dármelas de confianzudo? Porque no puedo menos que sentir escarnio, pesadez ciudadana y en ocasiones, agobios al contemplar tamaño espectáculo de corrosión, mediante el cual un hombre en el cual hemos cifrado esperanzas, si se quiere ajenas, se desdice de sus contenidos y termina por no entender siquiera dónde está parado. Otra consideración, sería faltarle al respecto, y eso no lo hago, con un fanático de la ópera. Sabido es, y ya dicho, que a Fernández nadie le cree ni a la hora de predicar las bondades del limón. Demasiado amoldamiento al auditorio, y esto lo escribe, nada menos que un ciudadano que hace telenovelas, qué mayor amoldamiento, ustedes me dirán. Fernández, es Zellig, aquel personaje magistral de Woody Allen, capaz de sobrevivir a infinitos peligros y terribles peripecias, mediante un acomodo orgánico similar al del camaleón. ¿Aludo con esto a una falsedad consuetudinaria en la manera de comportarse del Secretario General de los socialcristianos? No. Aludo a un estado, a una impresionante ausencia de convicción en todo lo que este hombre dice u ofrece. Aludo a saber de él, en Fedecámaras, prometiéndole a los ricos un anarquismo neoliberal que jamás le he escuchado al tormentoso Emeterio Gómez. «Denme el ejército y la policía y administren ustedes el resto del país», dicho más, dicho menos. Aludo a esa capacidad mimética, culo de cerbatana haciendo las veces de hoja tierna, que empequeñece al mismísimo beato Escrivá. Hay, en efecto, un Fernández, para cada oportunidad. Un Fernández cuestionador y un Fernández más comprensivo que el psiquiatra Chirinos. Un Fernández futurista y un Fernández, añejo. Un Fernández juvenil capaz de asesinar sus símbolos y resolver el enigma, el plagio que el doctor Caldera hizo con su muchachera y un Fernández manipulador, criminal de sus propias expectativas. Un Fernández indignado, y un Fernández sonriente. Es plastilina. Se nos ha convertido en un vocero. La orquesta suena y Fernández danza. Si todo esto fuera un simple rasgo de carácter, uno se volvería palmadita y le escribiría un telegrama: Mijo, ¿qué te está pasando? Pero sucede que Fernández, representa entre otros, a esa generación de venezolanos de edad intermedia, tapado por El Todopoderoso, gente que debería escuchar al doctor Gonzalo Barrios, como quien escucha al Curandero de Taguapire: folklore y sombrero de corcho. De resto, dejémonos de y a¡nas. Fernández, mi buen amigo, no es el sistema lo que está amenazado. Creo que con tanta espalda, a usted se le ha extraviado el frente. Es el futuro lo que a un hombre que está por verse, debería importarle. Esto del 4-F, no es más que un rubor y una pena del carajo que pasó Pérez, y nadie más que Pérez: por lo tanto, ese papel funerario de consolador solícito realmente sobra. Aquí lo que hace falta, en lugar de estas agitaciones de viudas correlonas, buscando su muerto, es una proposición clara, ya y ahora, si usted quiere, para el 91 pasado, algo que comience diciendo: «A propósito, se me olvidó decirles el año pasado, que no soporto un discurso más de Tabata, ni quiero ver en mi entorno, a Ramos Allup haciendo de cuchi-cuchi». Usted mismo lo dijo, como emblema de su campaña electoral: el pueblo está bravo. Por lo visto, usted no. Usted se nos ha hecho intermitente, interanual, bravo aquí, y contento allí. Bueno: ¿qué estamos esperando para arrecharnos, Fernández? ¿Cuándo va a haber alguien que no tenga la razón? ¿O es que el pueblo, son otros?
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|