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La globalización: en búsqueda de su «otro» Agosto 2002 En el programa de actividades del Festival Francia-Venezuela, fuimos invitados por la embajada de Francia, para moderar el foro «Reflexiones sobre la globalización». En él participaron dos connotados intelectuales franceses: el filósofo Pascal Bruckner, y el director delegado del semanario Le Nouvel Observateur, Jacques Juillard. Allí se presentaron aspectos tanto negativos como positivos de la globalización. Como consecuencia, presentamos algunas reflexiones. El término utilizado en francés es mundialización. Para Juillard, este fenómeno constituye una «tendencia natural, similar a la de la ley de expansión de los gases, con caminos a su vez crecientes: transporte, comunicaciones, redes bancarias, intercambios comerciales, aperturas aduaneras, globalización militar, en fin, una rápida movilidad de personas, productos e ideas». Juillard considera que si bien la globalización ha, en términos generales beneficiado a los países ricos, los países en desarrollo solo podrán progresar mediante su participación en la globalización. Para ello, deben reforzar las alianzas regionales, generar organizaciones, incrementar la participación y la representación en las existentes, a fin de buscar nuevos equilibrios mundiales. Por otro lado, para Bruckner, en la mundialización hay una palabra que sobra: el mundo. «Muchas partes del mundo son excluidas». A partir de la caída del muro de Berlín en 1989, el capitalismo perdió su enemigo y su cómplice. Los enfrentamientos que llegaban a niveles internacionales, tienden ahora a ser materia de accionistas. El viejo capitalismo desaparece y se acelera la creación de riqueza y el crecimiento de las diferencias: «En los Estados Unidos, llegan a existir diferencias en los salarios en una empresa de hasta 1 a 500; en Francia llegan hasta 1 a 450». Esto se extrapola al contexto mundial, y en ese sentido, Bruckner menciona la premisa de Susan George y Michael Wolf, según la cual la deuda del tercer mundo es el problema más importante de hoy. Se hace necesario civilizar al capitalismo. Aún así, en ese contexto de injusticia, los pequeños son responsables de su destino, no solo las naciones, sino también los individuos: «Debemos considerar a los individuos como responsables de sus actos, independientemente del determinismo psicológico o sociológico». La globalización se expande y parecería que no encuentra límites ni espejos donde verse, ni «otros» que la definan mediante oposiciones o coincidencias. La globalización es un proceso de expansión supranacional que se inicia en Europa con los romanos y en América con la llegada de Cristóbal Colón, principalmente con connotaciones económicas. Después de la segunda guerra mundial, se ve incrementada la tensión entre dos bloques que buscan el desarrollo industrial por dos vías enfrentadas políticamente. La caída del muro de Berlín marca el fin de esta tensión antagónica e inicia una etapa en la que el desarrollo económico del capitalismo avanza casi sin conseguir límites ni contrincante. ¿Viene acaso la globalización a resolver contradicciones sin antagonismos en una paradisíaca noción de aldea global? ¿O nos referimos más bien al desplazamiento hacia un anonimato sin sujeto, con fuerte pérdida de referencias personales, familiares y locales, en el cual hasta las mayores empresas se funden y al hacerlo se hacen más poderosas pero más anónimas? En el caso de la fusión de HP-Compaq, el hijo de uno de los fundadores hizo una fuerte campaña entre los accionistas de HP a fin de impedir la fusión. Nueva York mostró paneles de esta batalla en las calles de Broadway. Los accionistas están en las calles. El señor Hewlett perdió por un pequeño margen la decisión de los accionistas, cada vez más anónimos. El sujeto se va desvaneciendo en la globalización, queda cada vez más solo, expuesto a las contradicciones. Esto influye en el crecimiento del fascismo en Europa (preguntar a Le Pen), o en el aumento significativo de la participación en consultas de astrología (desde la mañana en nuestros televisores), o en el impresionante crecimiento del budismo en Alemania. ¿Acompaña la globalización a la muerte del sujeto, la muerte de la historia? ¿Es este sujeto el «otro» de la globalización, su enemigo? ¿Tiene este sujeto solitario más posibilidad de felicidad, o es más bien víctima de la mano invisible, la de Adam Smith, hoy más que ayer? El sujeto venido a menos, ese hombre solitario, se enfrenta a una extensa variedad de propuestas culturales y tiene el mundo en sus manos, al menos, cuando cuenta con acceso a las comunicaciones. Pero para sobrevivir, debe enfrentarse defendiendo su modo de vida: la nocturnidad en los españoles, la cocina en los franceses, la siesta en los mediterráneos, el chinchorro de los indios, las lenguas yanomami. Para defender esos estilos de vida ¿no se requiere acaso de una suerte de defensa colectiva antiglobalización? La Unesco plantea, como uno de los grandes peligros de la globalización, la homogeneización de la cultura. Cada día desaparecen no solo especies animales en el planeta, sino lenguas que dejan de hablarse. Cada manifestación cultural es una riqueza de la humanidad que asoma como entre rendijas, la inmensidad indescifrada del ser. Cada vez que muere una manifestación cultural, una tradición, se nos cierra una ventana de diversidad, de riqueza. ¿Cómo debemos luchar de una manera más eficiente para preservar esa variedad cultural sin que quede solo expuesta a la supervivencia comercial o a la jaula del museo? ¿Es la cultura y su diversidad el «otro» de la globalización? La caída del Muro deja al mercado sin enemigo. A partir del 11 de septiembre parece que apareció una nueva bestia negra que asume roles definidos en la estructura de la globalización. ¿Es el terrorismo el «otro» de la globalización? ¿Pasa la globalización a tener un carácter más cultural que económico, o el 11 de Septiembre muestra solo una contradicción interna, la búsqueda de más crecimiento económico y no un «otro»? ¿Es la lucha contra el terrorismo un fenómeno de la globalización o una de sus contradicciones, de sus deformaciones? Acompañando el acelerado y reciente desarrollo de la globalización, hemos tenido también un crecimiento importante de la pobreza y de la brecha entre los desarrollados y los no desarrollados. No olvidemos que en el mundo, al menos la mitad de la población (más de seis mil millones de habitantes) vive con menos de dos dólares diarios y nunca ha tocado un teléfono. En Venezuela, cada 24 años se duplica la población, no así los servicios, pero este problema no es exclusivamente nuestro. ¿Hasta dónde podríamos decir que los excluidos, los pobres son el «Otro» de la globalización? Y de ser así ¿son los organismos Internacionales multilaterales los que deben constituirse en espacio simbólico necesario para la búsqueda de la solución a contradicciones de la exclusión? Las telecomunicaciones juegan un rol importantísimo en el desarrollo de la globalización, para hacer llegar sus beneficios a los que están en la periferia. Pero al mismo tiempo la brecha crece cada vez más y los esfuerzos desesperados por hacer aumentar la población con acceso a estas tecnologías, no parecieran poder alcanzar a los dueños del conocimiento que se comercializa. Solo la India ha podido ponerse a la cabeza del proceso, gracias a un inmenso esfuerzo educativo sostenido durante décadas. Algunos países del sudeste asiático también han podido surgir. ¿Pero podrán los demás países en desarrollo tener esperanzas, o es esta una etapa histórica que ya se nos alejó demasiado, que nos dejó atrás, y tendremos que tratar de adivinar la nueva revolución económica para esperarla en condiciones adecuadas? Félix Rohatyn, embajador de USA en Francia mencionó: «El desempeño de la economía de los E.U. en la última década ha sido una vitrina de lo que la globalización puede crear cuando está acompañada de políticas públicas de crecimiento en la economía del mercado. Solo un esfuerzo determinante de los dueños de los negocios y del sector laboral, acompañados de políticas gubernamentales adecuadas, podrán alcanzar el éxito. Durante mis tres años como embajador de los E.U. en Francia he alabado los beneficios de un nuevo capitalismo popular en los E.U. Pero, para hacer sostenibles estos beneficios tanto en los E.U. como mundialmente, debemos convertir a los perdedores en ganadores. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de convertirnos también nosotros en perdedores.» Esto indica la necesidad de impulsar propuestas de desarrollo que incluyan esfuerzos del estado y del sector privado, a fin de establecer mecanismos posibles de crecimiento, los cuales, necesariamente, tienen que ser inclusivos, y no excluyentes. Así lo cataloga Rohatyn: «Un nuevo capitalismo popular». Juillard habla de la separación entre élites, que tienden a cerrarse en sí mismas, y mayorías, que tienden a cerrarse ante el progreso, deshaciéndose la alianza pueblo-élite, surgiendo así o el elitismo o el populismo. Si alguno de los dos se impone, se dan las condiciones para «el surgimiento de una revolución, o de un régimen fascista, o de una política totalitarista». Juillard insiste «Creo que no hay solución si no se crean los canales para que nuevas comunidades accedan a las élites». La globalización no es simétrica, la apertura de los mercados de los grandes países es selectiva. Cierran, en muchas ocasiones, el paso de los productos competitivos de los países en desarrollo a los mercados de los E.U. y de Europa. E.U. cierra el ingreso de productos metalúrgicos, nos limita la exportación de la Orimulsión, la del atún. Europa protege su productividad agrícola. Cierran la libre competencia de la mano de obra (la globalización de la mano de obra no existe). Los tratados de doble tributación, la exclusión de requisitos de desempeño y de transferencia tecnológica, corren el riesgo de perjudicar a los países débiles que en su afán de ser más competitivos para captar inversiones extranjeras, crean condiciones que dificultan su propio desarrollo. Argentina y su monumental crisis económica, es un ejemplo muy duro de los fracasos de una propuesta económica de apertura sin suficiente base ni sostenibilidad productiva. ¿Es esta posible realmente en nuestros países sin tener que acudir a una clausura de las fronteras, lo cual en fin de cuentas nos dejaría también más excluidos? ¿Hay algún «otro» por allí? ¿Cómo entender las grandes dificultades que tiene la integración regional de constituir espacios que permitan al menos hacer más humana la globalización, aportando más posibilidades para todos? ¿Por qué iniciativas como el G77 no logran conformar espacios de cooperación integrada? ¿Tiene esperanzas de integrarse cada país regionalmente, cuando su colectivo es seducido por la forma de vida del más fuerte, en especial para los países más débiles desde el punto de vista educativo? La educación, vital, primera, segunda y tercera prioridad de los planes de gobierno de Tony Blair: ¿Es la educación el «Otro» de la globalización? En el trazado y definición de colectivos internacionales y regionales requerimos participación activa de los organismos internacionales, los cuales también son un espacio de conflicto internacional, pero representan alternativas racionales. Por lo tanto, ¿debe la integración regional ser el eje fundamental de acción de los organismos multilaterales tipo ONU, Unesco, BM, BID, OMC? Podemos proponer vigilar la globalización, para en cada espacio avanzar acompañándola, sin perder sus progresos y sin dejarnos de lado por ella. Pero requerimos, como urgencia histórica definir su «otro» por sectores, y establecer inmediatamente reglas de juego más justas, participando para ello los organismos internacionales, los cuales deben vigilar y propiciar más activamente, intencionalmente, la integración regional, que resguarde espacios para lo local y para lo regional. La noción de «democratización de la globalización» va surgiendo cada vez más como necesaria, con la finalidad de construir espacios más justos de participación, que aumenten las oportunidades para todos. Las asimetrías de la globalización deben ser atacadas por los organismos multilaterales. Es vital plantearse la supervivencia y el desarrollo en un diálogo económico constante y consciente, sin llevar cepos ideológicos o históricos, sino respondiendo a las realidades sociales y económicas. Es decir, en ciertos aspectos, la globalización es indetenible, vital y hasta necesaria. Internet es el mejor ejemplo. El turismo, con su fuerza competitiva también lo es, y no podemos excluirnos. Pero por otro lado es necesario profundizar estrategias de desarrollo local e integración regional. Éstas son vitales en ciertos sectores a fin de preservar y desarrollar fortalezas que permitan resguardar espacios culturales y comerciales vitales para el desarrollo del capital social, estrategia hoy reconocida, especialmente por el Banco Mundial, como fuente de sostenibilidad para el desarrollo económico y la lucha contra la pobreza. Debemos lanzar contenidos locales y regionales en el mundo global y fortalecernos local y regionalmente frente al mundo global. |
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