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Talión La marchita gloria de Ketín Vidal El Nacional, martes 10 de julio de 2001 Con un prisionero que no capturó él, Antonio Ketín Vidal, ministro de Interior de Perú, se bañó de gloria en su país. El hombre convocó una rueda de prensa donde detalló su hazaña, autocantó a su epopeya desde las alturas de Macchu Picchu hasta las faldas del Ávila. Por cargarla contra el Gobierno venezolano, sus palabras sonaron como música de ángel en los oídos de la despistada oposición doméstica. Los opinadores de radio y TV y los «analistas» de prensa concluyeron precipitados que el ex jefe policial inca le había asestado una estocada mortal a Hugo Chávez. Su caída era cuestión de días y lo demás, tejer y esperar. Esperar y ayudar un poco con marchas, huelgas, trancas de avenidas y arremetida mediática. «En la medida que elevemos a Ketín discurrían sesudos e ilusos, disminuimos a Chávez». Una lógica simple, elemental, pero que ha sido la misma desde 1998, sin la menor variación a pesar de siete derrotas electorales consecutivas. La alocución del presidente venezolano había que descalificarla y, sin dejar rendija de duda, darle toda credibilidad a las palabras de Ketín Vidal. El ministro peruano montó una operación en territorio venezolano, violó la soberanía nacional y arriesgó las relaciones entre su país y el nuestro, todo para capturar a su ex jefe, Vladimiro Montesinos. Capturarlo o silenciarlo. La prensa limeña aplaudió su acción pero cuestionó sus métodos. Los medios de aquí, con excepción de El Nacional, ignoraron la violación de la soberanía nacional porque el hombre se metió con Chávez. Esto era más importante. No pasaron muchos días para que los laureles de Ketín Vidal empezaran a deshojarse, a caer sin ser otoño. Los opinadores, «analistas» y la insomne oposición entraron en un vasto silencio de leones, o mejor, de venados. El video recorrió el mundo. Era 1993 y en una selectiva fiesta se celebraba el cumpleaños de Manuel Aibar, cómplice de primera fila de Montesinos. Las invitaciones fueron rigurosas y, el sarao, en la intimidad de los amigos y socios. Y allí estaba, brindando por el delincuente con aquella mafia que desangró y saqueó al Perú, el bien planchado señor Antonio Ketín Vidal Todos los presentes en el cumpleaños del capo hoy están presos o solicitados por la justicia. El sibilino y mimético Ketín Vidal cambió de bando a tiempo y se convirtió en perseguidor de sus anfitriones. Pero como subalterno de Montesinos y ex jefe policial de Fujimori le falta por explicar, no el video de una fiesta, que ya lo hizo demasiado nervioso para lo que se muestra allí, sino el encarcelamiento de inocentes; la tortura, desaparición y muerte de centenas de opositores políticos; la violación sistemática de los derechos humanos, incluso, de policías que asqueados, amenazaron con denunciar las prácticas de sus jefes (hay una oficial parapléjica y con permanentes temblores reducida a despojo por sus propios colegas). La gloria, ¿inmarcesible?, de Ketín Vidal , ensalzada por la oposición venezolana, resultó efímera porque al perseguir a su ex jefe y ex asesor de Fujimori, se perseguía a sí mismo de allí su obstinación , a su propia sombra, solo que esta se le impone, mientras más la persiga, desde un pasado sombrío, lúgubre, sórdido. Este subalterno del inefable Montesinos, para quien no se trabaja impunemente («conozco a ese cretino porque lo mantuve por mucho tiempo», espetó el reo en Maiquetía), además de violar la soberanía de Venezuela, de vaina no decidió a quiénes darles aquí el Premio Nacional de Periodismo. Hoy la histérica y decepcionada oposición recoge los laureles marchitos y manchados que colocó demasiado rápido en la frente equivocada, por decir lo menos. El pasado al lado de Montesinos y Fujimori de Antonio Ketín Vidal le reserva otras sorpresas, otras miserias y otras iniquidades, dignas de ese libro de Jorge Luis Borges, titulado La historia universal de la infamia.
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