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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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Los zamuros también tienen mala suerte

I

El aire a las nueve de la mañana era sólido. Había flotando en el ambiente un calor ceniciento que hacía que las cosas temblaran. En el cielo casi no se divisaban nubes; todas se fueron a echar su lluvia y sus rayos a otra parte. En Caracas sólo quedaban el calor y un Ávila que a pesar de lo seco mostraba su elegancia y su dulzura de montaña eterna. Desde siempre, todos en la ciudad sudan en la época de la blanda sequía. Sólo los zamuros parecen gozar del vaporón que se extiende a lo largo y ancho del valle iluminado por una luz penetrante y expansiva. Esos bichos son demasiado extraños, demasiado arteros; semejan cruces elegantes suspendidas en el azul infinito. Los zamuros vuelan y vuelan, y su prestancia contrasta demasiado con su inmundicia, con su sucio hediondo adquirido a fuerza de revolver muerte y basura. Es curioso: Dios debió crear al zamuro diciéndose que crearía un prototipo de animal capaz de volar a grandes alturas sin desgastarse demasiado en su físico, y que además se caracterizaría por el donaire, por el garbo y por la apostura al asumir los riesgos del vuelo. Seguramente Diosito decidió que iba a proceder a crear un animal así, pero justo antes de chasquear los dedos y hacer que el zamuro apareciera, se percató de que pondría en el mundo a un bicho que en cualquier momento se dejaría ganar por la arrogancia, y como Dios no quiso tener otro Lucifer en su reino, hizo al zamuro con todas las características que ya había decidido, sólo que lo pondría a pagar un precio por volar tan bien. Ese precio no es otro que el estar condenado a comer carroña en los basureros, en los callejones, en los montes y en los lugares donde haya carne en descomposición. Así, igualito a todos los zamuros, era el pajarraco que volaba sobre Las Mercedes y Bello Monte aquella mañana de junio. Parecía detenido en el aire, en el éter azul y encalinado del día. Más tarde fue bajando lentamente hasta que su sombra comenzó a dibujarse en el pavimento, en los techos, en los semáforos, en las ventanas de las tiendas, en los toldos de los cafés, en las espaldas de la gente, en las gorras, en los sombreros y en todas partes. El zamuro fue cayendo lentamente, dibujando primero un círculo, y luego una diagonal liviana que terminaba en una ventana del piso 15 de un edificio en cuya azotea podía leerse "Hotel Savoy" en un letrero rojo y fastuoso. El zamuro bajó y estiró sus largas garras hasta que traspasó el poyo de la ventana y entró en el apartamento.

Aquella habitación de hotel brillaba al son de la luz inclemente de una mañana que parecía inofensiva. En el cuarto no había detalles especiales. Las paredes estaban recubiertas por un papel tapiz blanco y liso que le daba al espacio una sensación de limpieza y pulcritud mucho más intensa de lo que en verdad era. De esas grandes paredes colgaban algunos cuadros. Todos representaban flores metidas en porrones transparentes y llenos de agua. En la esquina de uno de ellos había pintado un hombrecito vestido con un gabán y un bombín napolitano. Claramente se veía que esa habitación fue ocupada alguna vez por un ocioso a quien no le agradaban demasiado las flores hechas en serie y sin cariño que abundan en todos los dormideros caraqueños. Un espejo más ancho que largo reflejaba la claridad con la que el sol adornaba el ambiente. Por si fuera poco, ese mismo espejo le devolvía la imagen al zamuro que de vez en cuando aleteaba y hacía girar su propio cuello para rascarse el cuerpo con el pico. El zamuro se rascaba, y ese lento movimiento era la muerte segura de unos cuantos piojos fastidiosos. Lentamente el ave dejó su propio cuidado y se puso a caminar con cuidado por los predios verdes y alfombrados de la habitación 15-02 del Hotel Savoy.

Un leve zumbido adornaba el paseo del zamuro en el cuarto. Desde ese recinto apenas se oía el ruido del tráfico. A veces podía escucharse una sirena o un aparato de radio sintonizado en un noticiero. Sin embargo, la sensación que reinaba en la 15-02 era la de un silencio oscuro que se expandía por el baño repleto de afeitadoras, lociones, perfumes y jabones dispuestos en orden. El silencio lo curtía todo con su color de calma extraña. El cuarto de baño estaba vacío al igual que el pasillo central donde estaban los closets y un par de sillitas al lado de una nevera vieja. El zamuro continuó su viaje hasta que alzó las alas y se posó sobre una mesa de trabajo donde había un fax, un cuaderno abierto con unas breves notas y una hoja extendida escrita con letra muy pequeña. En el piso descansaba un bolígrafo libre de su tapa dibujando un círculo negro que imperceptiblemente se hacía más y más grande. Aquel punto semejaba un hueco en el que cabría la habitación entera con sus detalles.

Curioso fue para el zamuro ver que el zumbido provenía de una pequeña cocina eléctrica que aún estaba encendida y que hervía lentamente el agua de una olla puesta encima de la única hornilla. Desde su puesto de vigilancia el ave de rapiña divisó una cama blanca y revuelta sobre la que descansaba un pequeño cenicero azul. A los pies de la cama había algo raro en un cuarto tan afecto al orden: era un cuerpo que yacía desmadejado con el largo brazo derecho tratando de alcanzar una almohada. Con la mano izquierda el cuerpo se agarraba el pecho cubierto por una camisa eburnia y arrugada. Aquella mole de carne medía casi dos metros. Era una masa medianamente gorda y de color rosado que tenía el pelo canoso y las cejas tensas luciendo algo inusual que sólo denotaba dolor.

El zamuro celebró su suerte moviendo nuevamente la cabeza llena de crestas y plumas ralas como pelos. Volvió a abrir sus enormes alas y saltó con paso seguro al lugar donde dormía para siempre el cuerpo de un hombre de pelo y pijama blancos. Nadie sabe cómo ni por qué los zamuros adquirieron el raro talento de saber exactamente dónde están los muertos.

II

Eran las tres y media de la madrugada cuando las manos enguantadas de Caraota Plástica y Ramiro abrieron la puerta del cuarto 15-02. Al encender la luz se llevaron el susto del siglo al ver un trío de zamuros revoloteando con su mal olor a cuestas por todo el apartamento. Los dos hombres duros y curtidos no podían creer lo que estaban viendo, por eso salieron y cerraron nuevamente la puerta.

—Yo sólo tomé cerveza, ¿y tú? —Preguntó Ramiro.

—Yo tomé lo mismo que tú.

—Mira lo que vamos a hacer: sacamos las pistolitas que trajimos preparadas para el tonto ese que está allá adentro, les ponemos los silenciadorcitos, espantamos los zamuros, embojotamos el cadáver del hombre en una sábana y nos lo llevamos tranquilamente por el ascensor de carga que fue por donde vinimos. ¿Estás de acuerdo?

—Vamo a ve cómo ta la cosa primero y luego echamo lo tiro.

—Caraotica, ya vimos cómo está la cosa. El hombre se nos murió de un infarto, se tragó un buche de pastillas o quién sabe qué... ¿Te das cuenta de que no tenemos que cepillarlo?

—Po eso te digo. Si se murió de algo natural, quiere decí que no va a habé policía ni nada de eso. Pero si a ti te da por echale tiro a lo zamuro, noj fregamo. Van a queré averiguá qué pasó y po qué etá esa sangre ahí.

—No te preocupes, negrito. Yo no estoy tan loco como para no darte la razón.

Allí mismo, frente a la puerta de la 15-02, y con el mayor sigilo del mundo, los dos compañeros sacaron sus pistolas brillantes y les instalaron los respectivos silenciadores. Al completar esta operación, Caraota Plástica se dispuso a abrir nuevamente la puerta. Tres o cuatro segundos (en los que cupo más de un suspiro resignado) tardaron en actuar los dos matones crispados por la presencia de los zamuros en la habitación.

Al abrir la puerta, Caraota empujó involuntariamente su cuerpo hacia el interior del cuarto. Había algo en él que lo impulsaba a actuar rápido, a no pensar mucho, a no dejarse ganar por la contemplación inútil de aquellas bestias hediondas y majestuosas. Algo en él sabía que si se paraba a contemplar las plumas y las alas de los zamuros, no podría culminar su trabajo. La dentera, la grima y el asco seguramente ganarían la carrera que él mismo estaba intentando ganar. Por eso entró, miró y caminó hacia el cuerpo donde yacía el cadáver. Casi no pensó. Sus movimientos eran instintivos y se sucedieron sin titubeos. Para eso le pagaban: para no dudar, para ser limpio y contundente en sus actuaciones.

Por su parte, Ramiro se quedó petrificado con la espalda apoyada contra la hoja de la puerta recién cerrada. Veía a los zamuros girar sobre sí mismos, moverse, aletear, rascarse y medio chillar. El pobre matón sufrió mucho al sentir que su estómago se revolvía en pasmos de nervios crispados por el asco y la impaciencia, y ahí sí comenzó a sentirse mal porque pronto se vio a sí mismo como un cadáver comido por una merienda de zamuros de mirada gruesa y penetrante. Se vio como un cuerpo, que a pesar de la muerte, sentía la intensidad del dolor más fuerte y más punzante que pueda imaginarse. Vio a los zamuros de sus ensoñaciones macabras regodearse con la dulzura de su propia carne, y el asco terminó de concretársele en un vómito sordo que salió disparado por todo el piso de la pequeña cocina donde apenas y se sentía el viejo ronronear de la hornilla encendida desde hacía horas... Fue en ese momento cuando Ramiro no pudo más y blandió el arma silenciada que llevaba en las manos; apuntó hacia el zamuro erguido sobre la tabla de la cocina, disparó y lo que era un arrogante zamuro se trocó instantáneamente en una negra mancha desmadejada. Al oír el escupitajo que lanzó la boca silenciada del arma al disparar, otro zamuro lanzó un par de aletazos que iniciaron una pequeña corriente de aire mugriento dentro de la 15-02. Cuando el bicho apenas comenzó a elevarse, la pistola de Ramiro volvió a dejar oír su chasquido y el ave de rapiña también cayó muerta dejando un salpicón espeso en lo más alto de la pared lateral. Ramiro no supo si fue por venganza o por desolación.

Cuando Caraota Plástica salió del dormitorio, traía consigo el enorme cadáver envuelto en sábanas. Al ver el desastre hecho por Ramiro no pudo evitar que el rostro se le ajase y se le volviera una mueca agria.

—¿Qué pasó, Ramiro? ¿No quedamo en que eto no iba a pasá? ¿Y ahora qué hacemo con eso manchone en la pared?

—Negro, estos pajarracos son mucho para mí.

—Allá en el cuarto hay otro. Si quiere ve a matalo también. Te etá eperando, ¿oíte?

—¿Y qué, negro: le sacaron los ojos al hombre?

—No. El cuelpo no tiene ni una malquita. Etá sano... ¿Qué hacemo con la mancha?

—¿Con las manchas de sangre de zamuro? ¿Qué quieres que hagamos? Yo no quiero hacer nada con eso...

—Todo noj ha salío perfeto y ahora la vamo a cagá por culpa tuya.

—Yo no pienso limpiar sangre de zamuro. Allá tú si quieres perder el tiempo en esa tareíta.

—¿Y entonce qué hacemo, Ramiro?

—¿Que qué hacemos, negro? Muy fácil: este señor cadáver que está aquí ahora, y que por fastidiar a nuestro jefe tuvo que esconderse en este hotel de mala muerte, se despertó una mañana y se encontró con su cuarto repleto de zamuros. ¿Qué hizo? Lo que todo hombre sensato haría: coger su revólver y caerle a tiros a los monstruos mitológicos esos. Mató a dos y dejó a uno vivo para que nadie dijese que él trajo esos zamuros metidos en su equipaje. Luego agarró sus miserables pertenencias, las metió en la maleta y se fue del cochino hotel sin pagar. Así que, mi querido negrito, tú metes los peroles de este señor en su petate mientras yo tranco la ventana para que ese zamuro metiche que está en el cuarto no pueda salir de aquí.

—Tú como que piensa mejó cuando vomita...

—Así parece, negro.

Entonces Caraota Plástica y Míster Vómito pusieron manos a la obra. En un dos por tres revisaron todo el cuarto y no descubrieron en ningún rincón nada que le quitase veracidad a la trama inventada por Ramiro. Pronto cargaron con el cadáver y la maleta, luego cerraron la puerta y dejaron al último zamuro revoloteando en la habitación. Tremenda sorpresita se llevaría quien traspasara el umbral oscuro de la 15-02.


Roberto Echeto nació en Caracas en 1970. Realizó estudios de diseño en el antiguo Instituto de Diseño de la Fundación Neumann y se graduó en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello en 1995. Actualmente es Editor de Publicaciones en el Banco del Libro; además produce y escribe Macho y no mucho y el Último round, dos programas de radio que se transmiten diariamente desde la emisora 92.9 fm. En 1997 el sello editorial Ballgrub publicó Cuentos Líquidos, su primer libro de relatos. Ese mismo año co-produjo y co-dirigió Corte de pelo, otro programa de humor transmitido por 92.9 todos los domingos a las 12 del mediodía.


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