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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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De blanco a gris

Editorial del viernes 27 de noviembre de 1998
El_Nacional

Ya el último acto de la tragedia adeca se ha consumado, ya los conjurados de noviembre han impuesto sus condiciones dentro del partido y no existe una agenda sobre la cual decidir porque ya todo está decidido de antemano por los hechos y los hombres: apenas unos pequeños inconvenientes que en nada cambian el inmediato destino. Quienes imaginaron a unos gobernadores triunfantes en provincia, con sus liderazgos reforzados y sus alforjas repletas de votos, acampando en las afueras de Caracas para venir a entrevistarse con Alfaro y redefinir, desde sus cuarteles regionales, la estrategia del partido ante la próxima cita electoral, se equivocaron en un pequeño detalle: los nuevos barones políticos del partido blanco ya no aceptaban al caudillo que les dio vida y los ayudó a construir su poder.

Algunos pensarán que Alfaro criaba cuervos y no tomó las precauciones necesarias, pero esa es una regla que él, lamentablemente, conoce a la perfección porque es la esencia de la política partidista, que no respeta lealtades ni construye agradecimientos de por vida, que apenas concibe alianzas transitorias, contratos verbales que se los lleva el viento del pragmatismo. La dinámica política es cruel y acelerada, a tal punto que por muy entrenado y veterano que se sea, por bien apertrechado que se esté, por muchas horas de combate que se tengan, uno nunca estará a salvo de las emboscadas al comienzo o al final del camino. Ni siquiera ese templo sagrado de nuestra historia política moderna, el excelentísimo doctor Caldera, escapó hace pocos años (en su partido, que era una institución creada y encarnada por él) a una derrota aparatosa y humillante de parte de algunos cachorros que sacaron las garras y se creyeron tigres.

Alfaro vive ahora una historia parecida, entre conspiraciones y traiciones de quienes le rodean, pero jamás esa tragedia se repetirá de la misma forma y en sus mismos actos porque se trata de líderes completamente distintos, con destinos absolutamente diferentes y vidas regidas por pasiones contrarias en sus objetivos. Pero los dos fueron víctimas de las propias maquinarias partidistas que construyeron en torno a su particular ambición de poder. Era inútil pensar que Alfaro no «coquetearía» con la ilusión de llegar a la Presidencia. No la quería de manera abierta pero tampoco la rechazaba de plano: ese fue su error. Gravísimo, por lo demás. Su debilidad en este punto fue aprovechada por sus «allegados» en el CEN, por sus enemigos encubiertos en la directiva de AD, por sus seguidores en los gobiernos regionales. Todos entonaron disciplinadamente el coro griego, loas y alabanzas no faltaron, no hubo siquiera que consultar el oráculo sagrado: sería un gesto inútil, una pérdida de tiempo porque ¿quién más podía ser el candidato? Se impuso así la tesis del consenso.

En realidad, ese consenso como tal no significaba para nada una aceptación unánime de la candidatura de Alfaro, ni una veneración pública de su liderazgo al frente del partido, ni mucho menos un convencimiento total y pleno de que su figura complacía las expectativas de la república y que el país deseaba su conducción experimentada para los próximos años: en verdad, significaba en todo su esplendor la debilidad intrínseca de los cachorros para desalojar al Caudillo, la necesidad de que se mantuviera con vida hasta que crecieran otras alternativas (externas o internas) para luego, como es natural, medir fuerzas entre ellos luego de la debacle electoral de diciembre. La esencia del juego consistía en provocar el fin de la hegemonía de Alfaro. Pero ninguno se atrevía a lanzar la primera paletada de tierra sobre su sepultura: lo harían los electores, es decir, sólo desde afuera del partido se podía enterrar a Alfaro. La urna electoral era lo más conveniente.

Pero, como era de esperarse, los acontecimientos se precipitaron porque, luego de ser decidido en conciliábulo de medianoche el funeral político del caudillo, todos los gallos empezaron a cantar en el corral. Unos en tono de lamento y otros marcando terreno, pero la mayoría pensando en lo que vendrá después del 6 de diciembre, en el control del partido y en el largo trecho hacia las próximas elecciones presidenciales más allá del año 2000. Atrás quedaron las frases elogiosas, los discursos de presentación donde advertían sus desconocidas virtudes, las declaraciones cortesanas pronunciadas en los momentos en que Alfaro tenía poder. Ahora, como si un repentino baño de cenizas le hubiera caído encima, el Caudillo para ellos ya no es blanco sino un simple hombre gris.


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