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La tropelía de la República Bolivariana Caracas, martes 16 de noviembre, 1999 ¿Por qué ciudades como San Petersburgo y Santa Fe de Bogotá han recobrado sus nombres originales? Debido a que las sociedades a las cuales pertenecen, o sus élites más lúcidas, realizaron un ejercicio de memoria y un análisis de la conciencia colectiva con el objeto de preservar la esencia de lo que los identificaba en términos genéricos. La primera modificación del nombre de las urbes obedeció a motivos circunstanciales: la revolución comunista y la necesidad de encumbrar a uno de sus líderes, en un caso; la independencia de la Nueva Granada y el deseo de divorciarse del pasado virreinal, en el otro; mientras que el retorno a las denominaciones del principio, gracias a las cuales se identifica, no sólo un lugar, sino una historia completa, respondió a la intención de un retorno capaz de aglutinar sin excepciones a un conjunto de seres humanos. De allí la vuelta a unas denominaciones capaces de convertirse en expresión de una evolución entendida como una redondez, sin capítulos separados o preeminentes, sin fragmentos a los cuales se coloca en lugar de preferencia frente a los demás que forman el rompecabezas uno y único de las sociedades. Cuando los rusos recobran el nombre de San Petersburgo, ponen en el justo lugar a un partido político que se había asumido como profeta del porvenir y del pretérito. Cuando los colombianos recobran el nombre de Santa Fe de Bogotá, observan el devenir de los mayores y de los descendientes como un fenómeno que no se puede reducir a la gesta de la emancipación frente a España, por encomiable que haya sido. Debido a una exigencia del presidente Chávez, la Asamblea Nacional Constituyente ha aprobado un artículo de la Carta Magna mediante el cual se dispone que Venezuela se llamará «República Bolivariana de Venezuela». Una operación exactamente contraria a la que se viene comentando. Un despropósito, en consecuencia. Determinar oficialmente el carácter excepcional de uno solo de sus integrantes y de la época que inspiró, sin consideración de los fenómenos anteriores y posteriores, es un atentado contra la historia nacional entendida como proceso y como actividad colectiva. Identificar oficialmente a la República con la obra del Libertador, significa la creación de una clasificación errónea, falaz y perjudicial de los hechos ocurridos dentro de nuestros contornos desde el Descubrimiento, por lo menos. Conduce, en primer lugar, a la descalificación del pasado contra el cual se hizo la Independencia. Si caemos constitucionalmente rendidos ante el artífice de la guerra contra la Colonia, ¿cómo queda la Colonia? La apología oficial de los hechos sucedidos entre 1810 y 1830, obliga a mirar despectivamente los trescientos años anteriores, o a subestimarlos. No en balde estamos ante un mandato de la Carta Magna, frente al cual no podemos vacilar en cuanto ciudadanos obedientes de la regla mayor. Si Bolívar es el ungido por los redactores de la cartilla fundamental, los hombres contra los cuales reaccionó y triunfó nuestros ascendientes conquistadores, pobladores, misioneros, cabildantes, comerciantes, artesanos, hombres de trabajo partidarios del trono quedan reducidos en su papel de constructores de la sociedad. Si hay uno más importante, ellos son secundarios. Si se ha dispuesto desde las alturas que hay uno mejor, ellos son peores. Si la apología de Bolívar significa, como debe significar, la sobreestimación de lo que pensó y de lo que hizo, entonces lo que pensaron e hicieron los hombres de antes deja de importar, o importa menos. Un entendimiento de la historia que parta de una subestimación tan estentórea de su capítulo fundacional, que parta de un catálogo cuyo contenido llega al extremo de colocar en el principio y en el fin de la nómina al hombre que pretendió la ruptura con tres siglos de convivencia, patrocina una mutilación del ser nacional. Pero la mutilación no se limita a una extremidad. Así como nos predispone contra los inicios de la sociedad, nos previene en términos negativos contra la época posterior a la Independencia. Recuérdese cómo los sucesos que concluyen en la creación de la república en 1830 la república en la cual todavía vivimos y que está a punto de cambiar el nombre, surgió como una reacción contra el proyecto grancolombiano, esto es, contra el designio ambicionado por la persona cuyo nombre se pretende asociar oficialmente a la vida de los venezolanos. ¿Cómo quedan los «cosiateros» y ¿cómo queda el esclarecido Páez? ¿Cómo quedan los ilustres convencionistas de Valencia, que consideraron equivocada la obra del Libertador y se separaron de ella? ¿Dónde ubicar a los grandes pensadores y a los eximios patriotas que llegaron a la conclusión de que lo que había pasado después de Carabobo era un disparate? Dejarán de ser los fundadores de la autonomía nacional para convertirse en traidores por mandato de la Constitución de la V República. Dejarán de ser los regeneradores de un país que era un escombro después de veinte años de guerra. No serán más los fundadores de la nacionalidad, como en efecto lo fueron, para que la historiografía los presente, ahora de manera oficial e incontrovertible, como reos del pecado original de reaccionar contra El Padre. A la descalificación de la Colonia, esto es, del tramo más extenso y esforzado de nuestro desenvolvimiento, se juntará ahora la censura del período nacional. Así las cosas, la mutilación adquiere proporciones de escándalo. Pero los miembros mutilados serán reemplazados por una prótesis milagrosa: Simón Bolívar. La Constitución está dispuesta a cambiar la historia de Venezuela por la historia de Simón Bolívar. El cambalache demuestra cómo el presidente Chávez y sus tributarios de la Asamblea, carecen de nociones en torno a la historicidad de los procesos humanos y sobre el imperio de la cronología. Lo que pensó el grande hombre entre 1810 y 1830, fue pensado sólo para tal época. Si apenas sirvió a medias para el reto de su tiempo, no en balde el grande hombre terminó con las tablas en la cabeza, es evidente que no es el lenitivo de un tiempo como el actual, a cuyas contingencias sólo se hubiera aproximado el grande hombre en el caso de manejar una bola de cristal. En cuanto prisionero de su historicidad, el protagonista de la Independencia sólo pudo pensar en ella, sin la pretensión sobrehumana de trazar una línea de vida que perdurara por los siglos de los siglos. Esa historicidad a la cual estuvo atado de manera fatal, lo llevó a responder a las solicitaciones de un tiempo, sin ocuparse de aquello que las épocas posteriores requiriesen. Se trata de una imposibilidad de tipo material, de un límite obligatorio de la acción de los hombres que escogen como vehículo para el desarrollo de sus proyectos la política y la guerra ocurridas en un marco temporal. Sólo en el caso de un profeta como Mahoma, o de un legislador como Moisés, quienes se anuncian como voceros de la divinidad y quienes son recibidos como tales por sus destinatarios, puede pensarse en la alternativa de un mensaje susceptible de traspasar la barrera del tiempo para determinar la vida de las generaciones posteriores. De ellos manan disposiciones generales y pautas permanentes de origen divino, esto es, lo contrario de las ideas y de las acciones de un personaje histórico que sólo pretende, porque simplemente no puede pretender otra cosa, la atención de los problemas del entorno en el cual se desenvuelve. Una atención que demuestra su lucidez en la medida en que responde a la realidad de manera diversa, sin la atadura de una reacción uniforme, sin el apego a una sola fórmula, sin la dependencia de un juicio inalterable. Lo cual crea, por último, un problema ineludible a los inventores del disparate de la República Bolivariana. Si ciertamente el político y el guerrero producen respuestas múltiples y aun contradictorias a los asuntos de su época, ¿cómo hacemos con el paradigma escogido por la Constitución? Arduo rompecabezas, debido a que no estamos frente a Bolívar uno y único enfrentado a su realidad, sino ante muchos Bolívar en la lucha por el poder y la sobrevivencia. Los constituyentes, o el primer magistrado, deberán indicarnos cuál es el prócer que han escogido para el bautismo de la República: ¿el crítico de Cartagena?, ¿el brigadier de la Guerra a Muerte?, ¿el aristócrata de la Carta de Jamaica?, ¿el republicano de Angostura?, ¿el partidario de la Presidencia Vitalicia?, ¿el antagonista del liberalismo en las postrimerías de Colombia?, ¿el estadista?, ¿el hombre de armas?, ¿el hombre desconfiado de los militares? Son muchas las respuestas que tal vez los constituyentes y el primer magistrado no ofrezcan, debido a que niegan la existencia del grande hombre al limitarse a considerarlo como un semidiós. El cambio de los nombres de San Petersburgo y Bogotá, comentados al principio, obedeció al interés del Partido Comunista ruso y al clima de una época histórica, respectivamente. La vuelta a los nombres originales significó una benéfica toma de conciencia. La idea de la «República Bolivariana de Venezuela» es la consecuencia de un capricho personal, el deseo de un hombre que una vez quiso tener su templo y su dios particular. En la medida en que se trate de un asunto individual, de un culto que incumbe a una persona, de una lectura del pasado que no pase de alimentar la conducta de un sujeto privado y libérrimo, no hay nada que objetar. Allá él con su lectura de la historia y de la vida, con sus anacronismos y sus catecismos. Pero cuando ese hombre pretende imponer su voluntad a la sociedad en un tema de vital importancia, convoca a un negocio público que los ciudadanos conscientes y responsables no pueden eludir. Según se ha pretendido demostrar, el cambio del nombre de Venezuela no es un asunto trivial. Incumbe a nuestra personalidad colectiva, a la apreciación de la vida como un fenómeno hecho por toda la sociedad, a la estimación de un pasado en el cual podamos reconocernos todos de acuerdo con lo que corresponde en una sociedad que se ha asumido como republicana y democrática; y que ha recibido suficiente ilustración como para distinguir con propiedad entre la liebre y el gato. Pero, como no se trata de una consideración académica, de un parecer intelectual, sino de un riesgo cierto y próximo, habrá que hacer algo cuando debamos tomar una decisión frente a la tropelía de la República Bolivariana. Tenemos que detenerla con los votos.
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