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Del éter internístico, frecuencia y tentaciones... Erubí Cabrera Son las 10 de la noche, el sonido del silencio acentúa la soledad, la imagen del teléfono en la pantalla se expone como un tentador acceso al éter, un doble sonido del clic que hace el ratón, con él y un ábrete Sésamo otorgará la entrada a un universo de alias o nicks* que preguntaran ¿De dónde eres? ¿A qué te dedicas? ¿Qué edad tienes? ¿Cómo te llamas? ¿Podrías describirte? Y la conversación se inicia. Se establecen las diferencias, los encuentros; las coincidencias de nacionalidad, gustos y cosmovisión. Los dioses del Olimpo y los personajes shakespereanos, los motes sobre cantantes y deportistas y otras maneras de venderse en el espacio dan paso a los fantasmas que van cediendo a la aprobación alegre limitada por el teclado: la cabeza entonces se ladea, la oreja izquierda se pega al hombro y aparece :-) la SONRISA, o a la desconfianza ;-) la flor obsequiada @--->-->---|. Llega el chiste oportuno, la referencia a las noticias más importantes del día, el disgusto :-(, la conversación sobre otros nicks, ausentes esa noche, para luego acceder a las razones de la vida, del "chateo", las de los afectos mal resueltos, la imperiosa necesidad de comunicación y todas las limitaciones personales que pueden exponerse con la tranquilidad que otorga el anonimato y la pantalla como escudos de las lágrimas, las frustraciones y el verdadero origen de nuestros dolores. Sucede entonces una mágica mutación y las sombras del espacio, de ese universo que avanza la tecnología para descubrir la esencia sin el prejuicio de la presencia, se van convirtiendo en personajes concretos con los cuales se establecen nexos afectivos, dependencias insoslayables que nos imponen la necesidad de acceder cada noche en búsqueda de los nuevos compañeros de angustias. Entonces nos hacemos del vuelo de la Gran Gaviota y con toda libertad pasamos de Venezuela a Corea, corremos de Australia a Francia, de México a España, a Puerto Rico a Cuba, caminamos por Argentina, llegamos a La Acrópolis; para luego, de la mano de un amigo, sentarnos cómodamente, con una copa de brandy, a disfrutar el regreso de los esquiadores en una cabaña de Los Alpes Suizos. Se inicia así el intercambio de e-mails, los correos de voz, los ramos de "ciberflores", de postales y abrazos imaginados en gráficos de la Web. Nos llenamos de fotos personales, las que ilustran los lugares donde nos desenvolvemos, las que muestran orgullosamente la descendencia Y llega la música, la imagen directa con movimientos asincrónicos, la voz detenida por segundos en el espacio y se afirma la sensación de realidad-real, del conocimiento concreto. Y por un extraño fenómeno, la química, la atracción, el cariño y el calor generado en la pasión, avanza por el espacio, trasciende la pantalla y se instala en el físico, el pensamiento y el alma de los interlocutores. Los moradores de los diferentes pueblos del chat (Yahoo, ICQ, Infortchat, MIRC, Microsoft-chat, etc.) camina por sus calles en búsqueda de coincidencias y para ello desarrollan una destreza que les permite trascender las limitaciones de la palabra escrita y en un proceso de hipercodificación y el manejo de una terminología que castellaniza miles de palabras del inglés, se sientan a conversar con los amigos. Por una curiosa razón los transeúntes del ciberespacio tienen un parecido asombroso: la mayoría de las jóvenes están entre los 20 y 28 años, son de hermoso cabello negro, lacio y largo, ojos verdes, tez de porcelana y cuerpos de 90-60-90, y no menos de 1,70 mts. de estatura; los chicos, por su parte, con un margen mayor de edad (de los 18 a los 35), son de cuerpo atlético, ojos grises, cabello castaño, solteros y graduados, o por graduarse, en informática; cuando no químicos, ingenieros o arquitectos. Como en toda sociedad, en los chats existen los vicios, la homosexualidad, la prostitución "interactiva" pagada con tarjeta de crédito, las Karlas que son Carlos, el vandalismo expresado en los hackers*; también las terapias de gritos, la agresión, la xenofobia y la incomprensión, los celos y el chisme. Contaba un señor mexicano que fue abordado por una chica que decía tener 22 años, quien se identificó como bailarina de Puerto Rico y rápidamente le propuso que la viera bailar; el señor algo perplejo le dijo que no tenía la posibilidad de viajar tan lejos para verla, a lo que sin más la chica contestó que con sólo ir a una página de la Web la podría ver de inmediato. Lleno de curiosidad el mexicano fue y se encontró con una página muy bien diagramada, en donde podían seleccionarse varios items, entre ellos un currículo que exponía las preferencias y especialidades sexuales de la joven y luego de un conjunto de fotografías... el "baile", para ello tenía que colocar su identificación de la tarjeta de crédito y autorizar la cantidad de acuerdo al tipo de "danza" seleccionada, así lo hizo y comenzó un striptease (interactivo), donde el mexicano pedía lo que deseaba ver a través del teclado. Al parecer vio bastante porque según dice, aún paga las cuotas de la tarjeta por aquel encuentro. La página también presentaba una serie de sugerencias de otras semejantes, con distintas especialidades y un amplio menú de perversiones. Otro joven dominicano fue retenido en una larga conversación con una señorita que lo invitó a pasar a un "private room" (sala de conversación privada, donde sólo pueden acceder las personas que permita el "creador" de dicha sala). Estuvieron hablando de la vida largo rato, hasta que la chica comenzó con frases insinuantes de sexo, el dominicano se entusiasmó y continuó el juego, para darse cuenta, al rato y por confesión de su partenaire, que había pasado un largo tiempo con un travesti, quien aseguraba ser más lindo que cualquier mujer del chat. Entre los comentarios de la lentitud de la máquina y el modem utilizado, sobrevienen las bromas, las invitaciones para las fiestas virtuales, los matrimonios, bautizos, los brindis, las ofertas de café, comida y cigarrillos, la canción entonada y el intento por hacerlo aparecer y sentir como real concreto, sin dejar de lado la referencia al deporte en competencia, el comentario sobre los cibernovios, los ciberesposos, los ciberdivorciados y las razones del ciberolvido. Y cuando todo sugiere una broma, se escucha llorar a alguien afectado por los comentarios; entonces el room completo se hace solidario, comentan y tratan de consolar al doliente y... aparecen las ciberserenatas, los poemas declamados, la complicidad que se conecta con la dependencia directa a un universo casi tan complicado como el de todos los días, pero con la peculiaridad de la ausencia de diferencias sociales y la posibilidad de salir de línea para evadir cualquier molestia. Una chica puertorriqueña, residenciada en Alabama, narraba haberse enamorado de un joven muy moreno, coterráneo y con escasos recursos económicos. Luego de varios meses de relación, se hizo una gran fiesta de bodas en el chat, hubo quien describió el arreglo de la iglesia, se seleccionaron los padrinos, el cortejo, al que fungiría de sacerdote y se dio paso al matrimonio y luego, a la gran celebración. Había bebidas de todas partes del mundo y para todos los gustos, cigarrillo, marihuana, coca, etc. Hasta hubo quien pidiera que le condujeran el automóvil por encontrarse incapacitado para manejar de acuerdo a su reconocido estado de ebriedad. A las semanas de la boda la chica tomó unas vacaciones para ir a su tierra y hacer realidad las fantasías vividas en el chat. Abandonó a su esposo, de 6 años de casados y dejó al hijito de 3 años junto a su padre. Al mes de aquella concreción la chica regresó a Alabama y a su hogar. Hoy en día ambos dicen que esa experiencia consolidó su actual relación, que es ahora mucho grata y auténtica que antes de la situación generada en el Yahoo. Ahora aquella ciberpareja, para evitar los encuentros, cambiaron sus nicks y caminan por esas transitadas calles del Yahoo, aparentando no reconocerse. En algún momento alguien grita (usando la letra mayúscula) "hackearon la página tal" y todos corren a ver cómo los piratas del espacio cambian las imágenes y/o textos de un de un lugar específico del ciberesapcio. Hace unos meses fue hackeada la página de una conocida organización mundial de protección al menor, y en el lugar donde originalmente aparecían fotografías sensibilizadoras de niños abandonados, ahora estaban sustituidas por mujeres desnudas, o parejas en plena relación sexual. Normalmente ese tipo de cambios es rápidamente corregido, por lo cual los habitantes del éter, aún cuando critican duramente esas actitudes, literalmente vuela a verlas y divertirse un rato con esos actos de cibervandalismos . La aventura de la conversación "espacial" se convierte en un vicio, invade la intimidad y toma un puesto relevante en la cotidianidad. Y es que el chat es un recurso que ofrece el "espejo", eso de poder reconocerse en otros, el darse cuenta de que no somos tan diferentes a pesar de las distancias; que ese extremo secreto de esa única experiencia personal también forma parte de la vida de otras gentes... Y allí vienen los encuentros, las identificaciones, las sonrisas y los nexos afectivos. La supuesta frialdad y asepsia de la conversación etérea es fácilmente vencida por la necesidad de cariño, sonrisas y diversión de quienes convertidos en "taumaturgos del espacio" a través de las letras superan kilómetros, nacionalidades y límites; para ofrecernos su charla colmada de calidez y entrega. |
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